En susurros: una (breve) mirada a la narrativa de Yoko Ogawa

Foto archivo WEB

Por José Miguel López*

Yoko Ogawa irrumpe en la escena literaria japonesa en 1989, al año siguiente de que Banana Yoshimoto, quizá la más conocida de ese grupo de autoras que debutan durante los años del ilusorio fin de la Historia, publica Kitchen, un libro que gozó de enorme popularidad entre lectores de mi generación. A diferencia de la primera novela de Yoshimoto, publicada en español en 1991, el primer libro de Ogawa no aparece en nuestro idioma sino hasta 2002. Yo, lector goloso pero común y corriente, tuve la buena ventura de toparme con su trabajo hace dos años, cuando me regalaron de cumpleaños The Penguin Book of Japanese Short Stories, donde venía un cuento suyo que me conmovió profundamente.

Lo narra un editor que el día que se jubila enumera lo que ha publicado y reflexiona sobre su credo como partero de libros: ser un facilitador invisible que anima con susurros a los autores que buscan a tientas su camino. El carácter de los autores —de tan inútil visibilidad en la era de las redes sociales— no es la materia con la que trabaja un editor. Es el libro el que hace al autor, no lo contrario. De allí que todos merezcan su plegaria de despedida cuando prescinden de sus servicios, sin importar las corazas que vistan para ocultar su fragilidad y soportar el peso del oficio. La ética que se expone en esas primeras líneas, cuya elegante claridad temo empañar con mi parafraseo, reblandece el corazón del lector y lo prepara para el relato sobre su primer libro, un título que anota al principio de la lista ya concluida: The Tale of the House of Physics.

Oficina para la Administración de Información del Instituto de Estudios Avanzados de la Física de Partículas. Tal es el nombre del edificio abandonado donde se desarrolla el relato. En su descripción destacan los adjetivos occidental y colonial. Quizá por las chicharras que le ponen música al relato, pienso en las ruinas del Hotel Miramar, escondido bajo una vegetación desbordada y habitado por criaturas silvestres. Es allí donde juegan el narrador y su pandilla, en un templo de la razón tomado por la naturaleza donde todo está permitido. Lo habita también una mujer misteriosa, una indigente a la que solo los niños entienden y que se jacta de ser una gran escritora. Ellos, inocentes en su crueldad, exigen pruebas, pero ella dice que todo ardió en la guerra y tolera sus burlas sin molestarse.

Es costumbre en la fiesta de Tabanata escribir deseos y colgarlos en ramas de bambú. Al leer los deseos de la mujer que han caído al suelo, el niño comprende la profundidad de su anhelo por escribir y publicar un libro. Hasta el ideograma para libro, presente en cada uno, parecía un dibujo de ella misma. Ya en otoño, cuando todos han dejado de visitar el lugar, el niño descubre que la mujer se ha envenenado al ingerir unas setas que brotaron donde ellos habían enterrado una comadreja muerta —un guiño a Rikitikitavi— y con ayuda de los vecinos logra salvarla. El niño, sintiéndose culpable, decide cuidarla. Descubre así que el susurro ininteligible que la mujer emite en sueños no es más que un relato que recita cíclicamente. Se propone entonces tomar el tenue dictado, y ya en su casa, después de pasarlo en limpio, cose las páginas y anota en la portada de cartulina el título que encabezará su lista en el futuro. Más tarde, aprovechando la ausencia de la mujer, deja el libro en un lugar donde sabía que ella lo encontraría.

Nada más se supo de ella después de eso. Solo que se había ido con el libro que el aprendiz de editor había extraído de su voz casi imperceptible. Sus palabras, escritas y encuadernadas, se habían convertido en ese carácter mágico que delinea su humanidad recuperada. La compasión, verdadera vocación, había hecho el milagro, y el viejo editor, al recordarlo, junta las manos para rezar mientras la ve alejarse en su memoria.


*Escritor y corrector

 

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