Virólogo argentino asegura que “el tratamiento científico y mediático contra el coronavirus contrajo la democracia y aumentó el autoritarismo”

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Por Infobae

Pablo Goldschmidt, el doctor radicado en Francia, que causó polémica al decir que “el coronavirus no merece que el planeta esté en un estado de parate total”, le envió a Infobae una serie de reflexiones acerca de la pandemia, la forma de terminar con el confinamiento, el impacto oculto del aislamiento, la aparición de “profetas” ante el temor a la enfermedad y la muerte, su visión sobre el número de fallecidos y el potencial riesgo de los testeos inmunológicos masivos.

“Al día de la fecha, no se pudo confirmar con certeza ni cómo ni cuándo el Covid-19 entró por primera vez en el cuerpo humano”, comienza el escrito que el doctor Pablo Goldschmidt envió a Infobae. “Las hipótesis que fecharon la difusión viral a fines de enero de 2020 quedaron caducas cuando se determinó que este virus respiratorio ya había afectado a los humanos antes del mes de diciembre de 2019, fecha en que los médicos chinos habrían registrado en la provincia central de Hubei el primer caso (China reconoció el 15 de enero el riesgo de transmisión humana)”.

La gravedad de los cuadros que pueden provocar los virus respiratorios no es un descubrimiento del año 2020, y a título de ejemplo, puede leerse en los documentos del Instituto Pasteur de París y en numerosos sitios web (2018, 2019, etc.) que los virus respiratorios pueden ser letales. Desde años, ya se había claramente comunicado que la neumonía disparada por los virus respiratorios afectaba de forma severa a personas con enfermedades cardíacas o pulmonares. Además, los documentos anteriores al 2020 ya indicaban que las neumonías estaban relacionadas con respuestas inflamatorias a veces excesivas, y que esas reacciones podían conducir a síndromes de dificultad respiratoria aguda, patología grave que pone en peligro el pronóstico vital. Indicaban también, que en dos grandes epidemias (1972-1973 y 1994-1995), más del 90% de las muertes atribuidas a las neumonías inducidas por infecciones virales, se habían observado en personas mayores de 65 años.

La información que se difundió sobre el nuevo coronavirus

Desde enero de 2020, entre terror y cifras de tasas de mortalidad sin referencias correctas, los estudios de televisión y de radio recibieron expertos sanitarios que, improvisando pronósticos poco precisos, avalaban el fondo de lo que iban a explicar, mientras hora tras hora los noticieros y los websites sumaban cifras deshumanizadas.

Por otra parte, la práctica médica fue integrando conceptos que hasta ese momento eran parte del saber biológico. Por ejemplo, la idea que las citocinas estaban implicadas en las complicaciones pulmonares de las infecciones por virus respiratorios, o que los sistemas de proteínas del Complemento fabricadas en el hígado intervenían en la agravación de ciertas personas gravemente afectadas, fue emergiendo. De este modo, el saber biológico, que había sido dejado de lado durante años, maravillaba a los colegas entrenados para repetir que la clínica era soberana. Así, la implicación de los fenómenos de microcoagulación por factores intrínsecos y el uso de antimediadores biológicos de la inflamación llegó a ser una temática aceptada y practicada en los contextos extra-mesada de los laboratorios.

La transmisibilidad del Covid-19

La infección por el Covid-19 puso de manifiesto la dinámica sorprendente del rol que jugaron los eventos de súper difusión, o sea la súper contaminación de la población y la transmisión nosocomial a los trabajadores de la salud que no disponían de barreras de protección contra los virus respiratorios. En ese orden de cosas, al analizar unos 7.324 casos fuera del foco inicial de la provincia de Hubei, se pudo determinar que la contaminación se produjo en interiores, principalmente en apartamentos, con lo que el confinamiento de personas hacinadas en espacios reducidos generaría un efecto perverso.

Cabe además señalar que los hospitales y hogares geriátricos fueron desde siempre el segundo espacio transmisor de virus respiratorios, y el Covid-19 no es excepción. En Nueva York, se señaló que el espacio confinado del subterráneo fue probablemente uno de los mayores elementos que participaron en la difusión del virus respiratorio Covid-19. Sin embargo, siguiendo recomendaciones de expertos en cálculos y previsiones epidemiológicas, más de 3.000 millones de seres humanos fueron obligados a quedar encerrados en lo que se denominó confinamiento, y por razones que iban más allá de la virulencia propia del agente infeccioso. El confinamiento no fue decidido por las características propias al agente patógeno aislado en China, sino que se impuso por los riesgos de saturación de los servicios hospitalarios y por la falta de máscaras de protección del personal y de la población expuesta a virus respiratorios. Así, de un día para otro, salir del domicilio se transformó en un delito, que en algunos países se sancionó con multas y, en otros, hasta con la prisión.

Cómo España alertó sobre la situación en los geriátricos

Pocos días después de que comenzara el encierro impuesto a toda la población, los miembros de las fuerzas armadas de España fueron llamados como refuerzo para desinfectar varios centros geriátricos. Los soldados hicieron descubrimientos macabros, sobre todo hallando personas de edad avanzada prácticamente abandonadas, sino muertas, en sus camas. De las cifras de personas fallecidas en España, pudo determinarse que el ¾ de los fallecidos vivían en geriátricos (residencias de ancianos), y a la fecha se han abierto no menos de 86 investigaciones judiciales por irregularidades.

Según las estadísticas, más del 70% de los aproximadamente 373.000 lugares disponibles en los hogares para personas mayores pertenecen a grupos privados de inversores europeos, y frente a esta situación inaceptable, la región de Madrid tuvo que tomar el control de 13 de estas empresas en situación crítica. Considerando lo antedicho, el rol directo de la infección por Covid-19 en los índices de mortalidad (aumento del 40% comparando periodos de años anteriores) requiere ser aclarado, sabiendo que un número importante de residentes de esas instituciones no estaban medicados de forma apropiada, y/o faltaba personal y equipos de protección. Por otra parte, persiste la duda sobre la exactitud de las causas de deceso en las personas en las que no ha habido pruebas biológicas o radiológicas que confirmen la presencia del Covid-19.

La ciencia como esperanza en vivo y en directo

La situación de pánico global que se vivió durante los primeros meses del brote del Covid-19 hizo que los resultados de trabajos fundamentales y aplicados de numerosos laboratorios fueran objeto de conferencias de prensa sin que hayan sido sometidos a las verificaciones necesarias. Fuimos testigos que, desde la secuenciación de la cepa hasta la puesta a punto de los útiles más banales para el diagnóstico, pasando por los tests inmunoenzimáticos, etc., todo fue objeto de promoción mediática, incluso antes de cumplir con los requisitos mínimos referidos a las buenas prácticas de ejecución. En ese torbellino mediático, el uso de biomoléculas para frenar el efecto de ciertos mediadores de la inflamación se difundía como un descubrimiento original, incluso con resultados preliminares que crearon altas expectativas para terminar con las llamadas tormentas destructoras de citoquinas (conocidas por ser inducidas por los virus respiratorios).

De modo continuo, la opinión pública se vio bombardeada strictu senso con descubrimientos considerados como la clave y con promesas de tratamientos, presentadas por mandarines del arte de curar. Creyendo en el poder de persuasión y sin haber realizado los ensayos clínicos como lo exigen los textos, algunos indujeron a muchos colegas a aceptar que los efectos antivirales en humanos eran fáciles de obtener con moléculas utilizadas para tratar enfermedades parasitarias. Desgraciadamente, fuera de resultados anecdóticos y no extrapolables a la salud pública, y sobre todo sin validación por sus pares, la credulidad del público y de los colegas fue abusada.

La verdadera utilidad de los test inmunológicos

Los comunicadores de la prensa no han cesado de difundir mensajes subrayando la necesidad absoluta para que la población o adquiera naturalmente los anticuerpos por exposición al agente infeccioso o acceda a una vacuna contra el Covid-19. Ambos serían los hitos indiscutibles y necesarios para calmar la ansiedad de un planeta una vez que el nivel de inmunización general supere cierto valor (por el momento desconocido).

A la fecha, los tests que se utilizan detectan en un número importante de personas la presencia de inmunoglobulinas circulantes anti Covid-19. Sin embargo, debe señalarse que existen limitaciones de estos dispositivos y persiste la duda si este tipo de útil será la piedra angular en la que se apoyarán las futuras decisiones políticas.

Entre los puntos críticos de los tests inmunológicos disponibles al día de la fecha, las performances no se han evaluado masivamente en la población general versus la población con infección documentada. Ahora, suponiendo que la sensibilidad de los tests disponibles supere el 98% y que se conozca el límite de detección de anticuerpos, deben conocerse los riesgos de reacciones cruzadas con otros coronavirus.

Además, como para cualquier otro marcador inmunológico, es necesaria la validación de los tests con muestras de personas con enfermedades autoinmunes, con muestras en las que se detecten factores reumatoides circulantes, así también como en las personas que produzcan crioglobulinas, infectadas o no con el virus de la Hepatitis C. En muchos casos, estas muestras alteran la interpretación de todos los tests serológicos, por lo que requieren pre tratamientos específicos por parte de profesionales entrenados. Además, no habiéndose establecido claramente el periodo ventana entre la infección y la síntesis de anticuerpos detectables, en el estado actual de los conocimientos, la toma de decisiones con estos tests podrá requerir determinaciones repetidas hasta que se conozca la cinética de producción de anticuerpos.

En Francia, hubo propuestas de expertos al servicio de instituciones políticas, que recomendaron la confección de un pasaporte de inmunidad. El soporte científico de ese pasaporte llevaba implícita la idea que una persona con un test que demuestre la presencia de anticuerpos había superado el proceso infeccioso, con lo cual ese resultado era sinónimo de protección contra la infección y de ausencia de riesgo de ser vector de la enfermedad. Estas propuestas volvieron a confundir al poder político, ya que la detección de anticuerpos por un test rápido no siempre es sinónimo de protección. En efecto, los anticuerpos producidos por un sujeto infectado, pueden o no inhibir la replicación de los virus que los generaron y/ o reducir la capacidad de ser portador del mismo. Dado estas circunstancias, -sin una prueba experimental que determine si los anticuerpos circulantes neutralizan la infectividad-, detectarlos no es per se garantía absoluta ni de protección del que fue estudiado ni de su entorno.

Ahora, los únicos modelos experimentales que podrían ayudar a establecer una aproximación predictiva entre los tests serológicos positivos y la protección antiviral son los estudios de inhibición del crecimiento viral por cultivo viral en presencia de sueros. Sin embargo, al día de la fecha no se han publicado estudios que hayan determinado si existen correlaciones entre los resultados de los tests inmunológicos y la inhibición de la replicación viral.

Por último, de la experiencia en virología, no debe obviarse que la presencia de anticuerpos contra ciertos virus respiratorios (por ejemplo, SARS 2003) no siempre y no en todos los casos es sinónimo de protección contra la infección. En estudios llevados a cabo con sueros de individuos expuestos repetidamente a estos virus, se observaron fenómenos inmunitarios perniciosos conocidos como facilitadores de la infección por anticuerpos. En esos casos, los anticuerpos no serían marcadores predictivos de protección contra la infección, sino, por el contrario, facilitarían la entrada del virus en las células.

En conclusión, la idea de un pasaporte inmunológico para separar a la población entre los que lo obtuvieron y no, es por el momento reveladora de los límites conceptuales de ciertas propuestas simplificadoras.

Foto: Maximiliano Luna | Infobae

La verdad sobre las máscaras y otros elementos de protección

Frente a cualquier virus o bacteria patógena a tropismo respiratorio, proporcionar máscaras a la población sana al comienzo de un brote (con prioridad indiscutible para los ancianos y para el personal en contacto con personas a riesgo de complicaciones) es la mejor recomendación para reducir el número de casos severos y de muertes.

Específicamente para el Covid-19, la mortalidad fue estadísticamente significativa menor en los estados en los que las máscaras fueron utilizadas por toda la población desde el inicio del brote, y el análisis del total de infecciones para el virus respiratorio Covid-19 mostró que las cifras por millón de habitantes, fueron por ejemplo para Hong Kong de 129.0 / millón, para Corea del Sur de 200.5 y para Singapur de 259.8. Los países que no pusieron mascaras a disposición de la población ni del personal expuesto, el número fue superior (Francia: 1152; España 2983 e Italia: 2251). Aunque este análisis haya sido retrospectivo, es decir, con un nivel de evidencia bajo, el interés de oponer barreras mecánicas de calidad certificada a la entrada de agentes infecciosos al árbol respiratorio queda puesto de manifiesto.

Protocolos y desconfinamiento

Para el desconfinamiento, el estado francés ha distribuido guías con procedimientos detallados, que según los agentes sanitarios que trabajan en el terreno, son tan completas como inaplicables.

Conceptualmente, la filosofía del desconfinamiento se basó en torno a los gobernadores y los intendentes, como entes que decidirán si desconfinan o no y cuando. Ahora, el trasfondo de este proceso inquietó en sobremanera a las autoridades locales y regionales ya que, frente a los ciudadanos y frente a cualquier juez, la responsabilidad civil y penal de los representantes locales estaría comprometida por poner en peligro la vida de otros. De ahí que la difusión de los procedimientos de desconfinamiento haya sido sujeta a innombrables críticas, y se espera que quede claro que el estado es soberano y que no dejará en manos de los representantes locales las consecuencias que se presentaren frente a los tribunales en caso que sean juzgados a posteriori, juzgados no por lo que hicieron sino por lo que deberían o no deberían haber hecho.

Frente a esta situación, pareciera que decidir desconfinar o decidir mantener el confinamiento sean las dos decisiones incorrectas, y muchos pensadores han considerado que el enfoque del desconfinamiento puede llevar a transformar al estado de derecho en una dictadura judicial, donde se acuse, se juzgue y se condene por un saber incompleto que en el momento de la toma de decisiones estaba en gestación. Aquí, parece retomar vigor el discurso en Harvard de 1978, en el que Solzhenitsin expresó que “la vida imbuida de relaciones legales creará una atmósfera de mediocridad moral que sofocará lo mejor de la humanidad”.

Ejemplos: La primera fase del plan francés fue del lunes 11 de mayo al lunes 1 de junio. El poder ejecutivo presentó un mapa provisional clasificando regiones en rojo o verde.

En verde son las regiones en las que sean notorios 3 puntos:

a) La tasa de nuevos casos semanales de Covid-19 es baja (en rojo las regiones en las que se detecte o sospeche en las personas que acudan a las urgencias de los hospitales, niveles de infección por Covid 19 superiores al 10%), b) los servicios de terapia intensiva presentan bajas tasas de ocupación de camas, y c) se dispone regionalmente de laboratorios que puedan identificar las nuevas contaminaciones rápidamente y proceder a aislar los casos confirmados o sospechosos.

Este es uno de los cuellos de botella ya que, según esta exigencia, se requiere realizar como mínimo 1 prueba de laboratorio cada 100 habitantes por semana, lo que para un país como Francia exigiría 700,000 pruebas de biología molecular por semana.

Por otra parte, a partir del 11 de mayo, la mayoría de las guarderías y escuelas primarias estarían abiertas, autorizándose por circular ministerial un máximo de 15 niños por clase. Para acomodar a los niños, las escuelas deberán respetar un protocolo muy estricto de lavado de manos repetido, la prohibición de juegos en las áreas de recreación y la desinfección permanente del material didáctico. Sorprendentemente, muchos intendentes se negaron a abrir las escuelas, y más de 300, incluida la intendente de París, pidieron formalmente al Presidente que pospusiera el regreso a clases. Por otra parte, varios sindicatos han manifestado su descontento frente al proyecto de desconfinamiento, denunciando que para que los trabajadores regresen a las actividades productivas, el cuidado y la seguridad sanitaria de los hijos se dejarán en manos de las escuelas.

Los mensajes son confusos, ya que por una parte los sindicatos no aceptaron que los maestros sean carne de cañón de una virtual futura contaminación viral para volver a encauzar la economía de un país, y por otro anunciaron que las muertes como consecuencia de la desocupación y empobrecimiento sumaron en el pasado 50,000/año. Además, el nivel de confusión entre los representantes de los trabajadores fue tal, que hasta hubo delegados que acusaron a los trabajadores con guardapolvo blanco de arruinar el tejido económico, la sociabilidad y las libertades individuales, y reivindicaron que la promesa de una vida desprovista de riesgos no se puede asegurar a ningún ciudadano.

Las propuestas sanitarias de Francia a las empresas

En lo que se refiere a las empresas que decidan reanudar sus actividades, se les exige respetar estrictamente las reglas que van del distanciamiento del personal hasta la desinfección de todos los espacios de trabajo y en algunos casos la obligación del suministro de máscaras para todos los empleados.

Se impuso al establecimiento con empleados un espacio mínimo de 4 m2 por cada uno de ellos, ya sea en tiendas u oficinas, incluidos los ascensores, y en caso que no se pueda implementar esta regla, las empresas se verán obligadas a proporcionar máscaras a todos sus empleados, las que deberán ser utilizadas durante los periodos establecidos por el fabricante y según las calidades de cada producto. Independientemente del tamaño y la ubicación del negocio, en caso de incumplimiento, los empleadores comprometerán su responsabilidad civil y penal. Sin embargo, tanto en las regiones calificadas en rojo o en verde, seguirán prohibidas numerosas actividades (visitar grandes museos, acceder a lugares de culto o celebrar matrimonios con fiestas) pero en las de los dos colores será autorizado el acceso a bosques, cementerios o bibliotecas, siempre usando máscaras de protección.

El verdadero impacto del aislamiento

Tanto en los países confinados como en los no confinados, numerosas discusiones siguen abiertas para conocer el real impacto del encierro obligatorio o cuarentena, como única respuesta a la improvisación de las administraciones sanitarias (falta de máscaras y camas en los servicios de terapia intensiva), sobre todo por las consecuencias en la clase trabajadora. De ahí que el interés del confinamiento como defensa contra la infección por un virus respiratorio fue contrastado con los riesgos de desempleo masivo, el aumento de la violencia doméstica, el desencadenamiento o la agravación de trastornos mentales, el abuso infantil, y el empeoramiento y las muertes que puede haber provocado el retraso en el diagnóstico y el tratamiento de numerosas patologías.

Desde ya que nadie ha negado la necesidad de proteger a la ciudadanía contra los riesgos de las infecciones respiratorias, sobre todo con elementos de probada eficacia, pero en la vorágine del pánico, no hubo espacio para delimitar el riesgo a la enfermedad, frente a la duda de cuántos cánceres y cuántas patologías sensibles a tratamientos no pudieron ser detectadas ni tratadas oportunamente durante el período en que todos los recursos de salud se concentraron en esperar la llegada de personas infectadas por el Covid-19. De todas maneras, la confrontación de datos entre territorios confinados y no confinados no ha permitido a la fecha establecer claramente la validez de una u otra actitud.

Según datos de algunos países en los que el impacto de la infección por Covid-19 ha sido muy estudiado (Corea del Sur, Islandia, Alemania y Dinamarca), la mortalidad en la población general provocada por el Covid-19 se sitúa en el rango inferior al 1 por mil, es decir unas veinte veces menor que la letalidad supuesta al inicio por la OMS. Por otra parte, en 50 a 80% de las personas infectadas con tests positivos no se observaron síntomas y en las personas de 70 a 79 años estudiadas, aproximadamente el 60% no presentó síntomas, y muchas solo síntomas leves. Además, del total de personas fallecidas, solamente el 1% no se habían visto afectadas por enfermedades pre existentes, lo que demuestra que la edad y el perfil de riesgo de fallecimiento para el Covid-19 corresponden a los perfiles de mortalidad ya conocidos para las otras infecciones severas por virus respiratorios. Ahora, más allá de la biología molecular y de la clínica médica, hay fenómenos infecciosos que requieren un análisis sereno, sobre todo eliminando la culpa a la persona y la represión ciudadana.

Los “profetas” del mañana

No puede dejarse de lado, que en la historia de todos los brotes epidémicos se despertaron temores y se buscaron culpables fáciles de señalar, y la infección por el virus respiratorio Covid-19 no ha sido la excepción.

En los primeros meses de 2020, un número importante de autoproclamados científicos y pensadores, atribuyeron la enfermedad provocada por este virus respiratorio a un culpable putativo fácilmente identificable: la globalización. Sin embargo, no hubo pruebas de ningún orden que hayan determinado que el brote por Covid-19 fuera generado en la globalización, sabiendo que hubo epidemias cientos de veces más mortíferas en espacios en los que la libre circulación de personas estaba restringida. Al contrario, se estima que la circulación de bienes, de ideas, de descubrimientos y de personas pertenecientes a pueblos que eligen gobiernos democráticos en los que hay cierta transparencia en la toma de decisiones, hicieron posible los avances científicos, compartiendo información y soluciones en apenas semanas o meses. En ciertos casos, la profesionalidad de muchos científicos ayudó a comprender y hasta a solucionar situaciones que en nichos intelectuales aislados habrían requerido decenas de años de trabajo.

Dejando de lado las teorías simplificadoras, debe tenerse en cuenta, por otra parte, que el pánico a la enfermedad y el miedo a la muerte favorecieron desde siempre la aparición de los que se sienten profetas. En todas las épocas, aparecieron individuos que sostuvieron que mañana ya nada será como antes, y en 2020, repitieron para el Covid-19 como lo hicieron en los 80 con el VIH, que de las crisis sanitarias aparecerán revoluciones asociadas a la muerte del sistema de producción en el que viven.

Las teorías de complots secretos no nos ayudaron a tratar a las personas con síndromes respiratorios severos, en general, se limitaron a difundir odio a la tecnología, poniendo la decadencia de la civilización como estandarte, con elogios al populismo y al retorno a fronteras difíciles de franquear. Frente a las dudas de los científicos, los visionarios del futuro se conformaron con anunciar intereses ocultos y el advenimiento de un nuevo mundo. Aunque muchos estén autoconvencidos de las calidades de un futuro promisorio, en realidad ninguno ha visto el mañana.

¿El saber científico es indiscutible?

El mundo contemporáneo ha sido puesto en la órbita de un valor supremo: confiar en la ciencia médica, incluso cuando no dispone de elementos de certeza ni de datos confiables. A la ciencia se le atribuyeron las cualidades de los dogmas religiosos, incluyendo para algunos, el evitamiento de la muerte.

Por otra parte, en el ámbito ciudadano, aunque las ciencias médicas no sean idóneas para ocupar todo el espacio de la política, ni de la ética ni de la espiritualidad, se les ha delegado el manejo no solo de las enfermedades, -lo cual no es cuestionable-, sino también de cómo enfrentar la vida y cómo organizar las sociedades.

La amalgama de un saber parcial no cuestionado con decisiones políticas llevó a que miles de millones de humanos fueran marcados a fuego para proteger la salud de los débiles, y como entes peligrosos capaces de contaminar a sus semejantes. El temor de ser contaminado, el peligro de contaminar, el miedo de enfermar, la angustia por transmitir el virus y la falta de recursos para tratar a las víctimas de infecciones virales severas, justificaron el confinamiento obligatorio. Este brote de Covid-19 hizo que las sociedades avanzadas, estuvieran dispuestas a sacrificar la libertad en el altar de la salud, invadidas por una corriente sanitarista que ocupó todo el espacio del orden ético, con sumisión a peritos epidemiólogos y siempre con un trasfondo moralizador y culpógeno, que de forma involuntaria sugería el miedo permanente a la muerte, sin aceptar la incertidumbre del real impacto de este virus respiratorio.

Numerosos estudios han determinado que, en los 4 primeros meses del 2020, el número total de fallecidos fue superior al 2019, probablemente debido a complicaciones severas provocadas por el Covid-19, sobre todo en hogares de ancianos. Sin embargo, el número de personas fallecidas es significativamente inferior al de brotes anteriores de enfermedades virales a tropismo respiratorio y no difiere de sobremanera de las de 2018.

En otro ámbito de cosas, el tratamiento científico y mediático de la infección por Covid 19 provocó una neta contracción de la democracia y un aumento cualitativo del autoritarismo, sobre todo en los estados que aprovecharon para poner en práctica leyes liberticidas. Son varios los ejemplos de gobiernos que, aprovechándose del miedo a morir, atacaron a los defensores de derechos humanos en nombre de la seguridad sanitaria.

Este y otro sinnúmero de insultos a la libertad, hicieron que muchos pensadores hayan manifestado que el planeta entró en un estado de sopor y emergencia con el consentimiento de una gran parte de la población, probablemente por un contrato imaginario, en el que el estado los protegerá al que no tenga en cuenta la pérdida de las libertades públicas. Por la ilusión de ser curados por un estado que reprime, no fueron raros los casos de aceptación social de actos de violencia institucional poco cuestionados.

El pánico a la enfermedad

En los últimos 3 meses, los televisores y las radios do inundaron día y noche las almas de la población mundial, anunciando recuentos de muertes provocadas o imputadas a veces sin pruebas de la implicación directa del Covid-19. Todo sucedió como si los medios descubrieran y recordaran durante las 24 horas del día, que los seres humanos somos mortales. Poco a poco, el monopolio sanitarista llegó al clímax de la información en continuo durante varias semanas, haciéndonos entrar en una era de salud responsable, era geológica en la que el supremo y único valor es la fantasía de la eternidad vital.

En el planeta sumido en la obediencia absoluta a predicciones de epidemiólogos, se anestesiaron las ideologías, desaparecieron las injusticias, se esfumaron los sueños de un futuro mejor y hasta callaron los defensores de la presencia de un Creador del Universo. En este 2020, la humanidad fue llevada a aceptar que lo único necesario, vital e importante es asegurarse del acceso a buenos centros de salud con buenos profesionales y bien equipados, con buenos sistemas de protección social, pero con la ilusión oculta que sin un pensamiento crítico se puede hasta esconder el miedo a la muerte.

Fuente: https://www.infobae.com/coronavirus/2020/05/11/el-virologo-argentino-pablo-goldschmidt-asegura-que-el-tratamiento-cientifico-y-mediatico-contra-el-coronavirus-contrajo-la-democracia-y-aumento-el-autoritarismo/

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