Vida interior: ¿A dónde iré? ¿Qué elijo?

Por Alfredo Infante s.j. 

Estando San Ignacio convaleciente en Loyola, fue descubriendo que las ideas y pensamientos que revoloteaban en su interior, tenían un origen y una dirección; hoy diríamos un escenario existencial para la vida. Que nuestra vida interior no es unicolor, ni blanco ni negro, sino un campo de batalla donde se entrecruzan y se agitan ideas, pensamientos, sentimientos diversos, contrarios y contradictorios, y, que desde nuestra libertad nos toca elegir y decidir desde dónde vivir y hacia dónde ir.

Mientras sanaba en casa de su cuñada en Loyola, por afición pidió libros de caballería para hacer llevadera su convalecencia. La piadosa cuñada le acercó la vida de Jesús y la de los santos porque no tenía literatura de caballería en casa.

Al principio se resistió a tales lecturas, pero ante el aburrimiento decidió leer el menú ofrecido por su cuñada.

Sucedió que cada vez que leía la vida de nuestro Señor y la de los santos, le surgían ideas y pensamientos inéditos que despertaban su imaginación y encendían sus afectos por Jesucristo y su proyecto, y se imaginaba radicalmente entregado al servicio del rey eternal, predicando como santo Domingo y viviendo y sirviendo entre los pobres como San Francisco de Asís.

Mente inquieta, en otros momentos del día, también se recreaba en las hazañas de su vida de caballero y se imaginaba haciendo grandes proezas por el poder del mundo y cortejando a la dama de sus sueños, alimentando su ego de don Juan y el honor mundano de su época, centrado en conquistas y guerras a servicio del rey.

Disfrutaba Iñigo de todos estos pensamientos, los mundanos y los divinos. En todos ellos se recreaba por largo tiempo y pasaba horas imaginando.

Pero, después que cada uno de estos pensamientos se alejaban, fue descubriendo que los pensamientos que nacían de su vida pasada le dejaban el alma desazonada, fría, triste, mientras los pensamientos que nacían de contemplar la vida de Jesús y de los santos le dejaban una alegría interna y una paz jamás antes vivenciada, y lloraba de gozo con el alma inflamada de deseos de entregarse al Señor.

Así descubrió que nuestra vida interior está agitada por muchos pensamientos que tienen un origen y una dirección; que unos pensamientos vienen del espíritu del mundo, y otros vienen de Dios. Que los que vienen de la lógica del mundo, inflaman el ego, nos encierran en él y no van más allá de los honores y aplausos del mundo y nos empobrecen humanamente.

Mientras los que vienen de Dios, nos liberan de las ataduras del ego, nos sacan de nuestras zonas de confort y nos lanzan a la periferia para vivir de fe y buscar y hallar la voluntad de Dios en el servicio al prójimo. Y, estos pensamientos dejan al alma plena de gozo.

Terminada su convalecencia en Loyola, Iñigo ya no se recreaba en las hazañas de su vida pasada, sino, que sentía asco, y comenzó un camino de peregrino penitente, purgativo, y eligió seguir a Nuestro Señor Jesucristo. Fueron sus primeros pasos en el arte del discernimiento espiritual. Lanzado a la periferia dedicará su vida a caminar tras las huellas de Jesús para «buscar y hallar la voluntad de Dios».

¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!

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