Venezuela: naufragio y supervivencia

Foto: archivo WEB.

Por Francisco Ibarra

Avanza noviembre y con él la necesidad de tratar de proyectar lo que será el año siguiente. Es una rutina. Quizás el hecho de hacernos la idea de cómo será el año que viene nos permita la calma para poder descansar en las fiestas de diciembre. O quizás no.

Si nos hubiésemos propuesto hacer el peor de los escenarios hace seis años, aun así, nos habríamos quedado cortos. La realidad ha sobrepasado con creces las visiones más pesimistas. El naufragio ha sido total. Es importante entender su magnitud. No podemos seguir engañándonos con un futuro que no llega, y que probablemente no acabe de llegar.

Desde 2014, cada año que ha transcurrido ha sido peor que el anterior. Cuando pensábamos que nada podría ser peor que 2019, llegó el Covid-19 para recordarnos que no sabemos nada. A nadie puede sorprender que los venezolanos muestren una resignación total frente a lo que puede traer 2021. Después de todo, siempre podemos estar peor. No se trata de ser pesimistas crónicos, sino de tratar de anticipar lo que viene.

La economía venezolana es hoy alrededor de un cuarto de lo que era a finales de 2013. En pocos casos se puede resumir tanto drama en una sola oración. Es la mayor destrucción de riqueza de nuestra historia; probablemente incluyendo calamidades fratricidas como la Guerra de Independencia y la Guerra Federal. No hay registros históricos de una recesión tan prolongada y profunda en nuestra historia; incluso fuera de nuestras fronteras, circunstancias como esta son poco frecuentes. La destrucción de una economía en estos órdenes de magnitud, por lo general, ha estado asociada a conflictos bélicos. La destrucción económica en Venezuela no ha tenido su origen en una guerra, sino en un conjunto nefasto de políticas económicas llevadas a cabo durante gran cantidad de años.

Para poner esto en perspectiva, cuando Chávez tomó el poder en 1999, el tamaño de la economía venezolana era de alrededor de US$ 100.000 millones. En dólares actuales serían alrededor de US$ 150.000 millones. En aquel momento éramos alrededor de 24 millones de habitantes. Esto nos daría a valor de hoy un PIB per cápita alrededor de US$ 6.250. Hubo gente, incluso organismos internacionales, que llegaron a decir que el PIB en el pico petrolero de 2008 llegó a ser de más de US$ 400.000 millones. Siempre pensé que esa cifra era inflada, pero puedo aceptar que, en el pico petrolero, el PIB venezolano pudo llegar a alcanzar US$ 230.000 millones, más o menos la misma cifra que a finales de 2013. Hoy el tamaño de la economía venezolana es de alrededor de US$ 60.000 y nos coloca como uno de los países más pobres del hemisferio.

No es de extrañarse que, dado este colapso económico, millones de venezolanos hayan sido arrojados a la pobreza y millones hayan tenido que emigrar. Bajo cualquier indicador que se mire, la pobreza es hoy en Venezuela mucho mayor que cuando el chavismo tomo el poder. Los avances temporales en materia de pobreza resultaron ser solo eso. Hoy los hogares venezolanos no solo enfrentan penurias para poder acceder a una canasta básica de consumo que puede rondar los US$ 200 para un hogar de 4 al mes, sino que deben enfrentarse a un colapso en los servicios e infraestructura pública. El gobierno es incapaz de poder siquiera revertir el colapso de la infraestructura, claramente no tiene ni el interés ni la capacidad de hacerlo, mucho menos poder atenuar los elevados niveles de pobreza existentes.  Si hace algunos años el gran reto que teníamos como sociedad era lograr alcanzar un nuevo acuerdo de convivencia, hoy el reto es mucho más básico: cómo sacar a la mayoría de los hogares venezolanos de la pobreza.

Pero las malas noticias no terminan ahí. Es importante que entendamos que el daño económico es perdurable, no transitorio. Durante años hemos estado esperando el rebote prometido que no llega, y todo apunta que no va a llegar. Es impensable que una economía que se contrae más de 70%, no sufra daños permanentes en su tejido productivo. Quizás el ejemplo más emblemático sea el de la industria petrolera. A finales de 2013, el país producía alrededor de 2,4 millones de barriles diarios, hoy no llega a los 400 mil. Esta historia se repite en cualquier sector productivo que se mire. Es la historia de una infraestructura derruida y del capital humano emigrado.

La capacidad productiva del país está severamente limitada y es improbable que esas limitaciones puedan ser revertidas en el corto y mediano plazo. Sigamos con el ejemplo petrolero, volver a producir los mismos 2,4 millones de barriles diarios requieren inversiones mil millonarias en capital, atraer de nuevo parte del capital humano emigrado y comenzar de nuevo a formar profesionales. Para ello, se requieren cambios profundos en la legislación y el clima de inversión en general. Estos cambios no parecen viables en el corto y mediano plazo. El país ha condenado a su principal motor de prosperidad desde el gomecismo a ser una industria marginal. Si esto lo hizo con la joya de la corona, solo podemos imaginarnos el estado del resto del aparato productivo. El rebote económico es una quimera, seguirlo vendiendo equivale ya a una estafa.

El naufragio nos deja solo con los enseres más básicos. No podemos diseñar la estrategia de supervivencia creyendo que contamos con más de lo que realmente contamos. Durante muchos años hemos estado naufragando, pensando que luego del naufragio se abriría finalmente un futuro de prosperidad, que de alguna forma regresaríamos a lo que tuvimos y que todo esto solo acabaría siendo un mal recuerdo. Si algo hemos aprendido estos años, con la más absoluta brutalidad, es que el pasado no regresará, aquello que añoramos no volverá. Además, se nos han ido muchos años de vida productiva acechando una presa que no aparece y que por lo visto no va a aparecer. Lo primero es aceptarlo, lo segundo es entender el entorno donde nos toca sobrevivir.

En resumen, el naufragio nos deja una economía postrada, sin posibilidades reales de retomar una senda vigorosa de crecimiento y con gran parte de la población empobrecida. Incluso en el mejor de los casos, con una transición política favorable, la recuperación será ardua, costosa y tomará tiempo. El daño al tejido productivo es permanente, hay industrias enteras que jamás volverán a ser lo que fueron. Además, hay un proceso de dolarización indetenible, la hostilidad de los venezolanos hacia su propia moneda también será permanente. El inusualmente largo período inflacionario ha sido la última piedra en la tumba del bolívar. Hay una generación completa de venezolanos que jamás ahorrará en moneda local. Esto restringe enormemente las posibilidades de política económica. Hay colegas que todavía parecen no entender esto. La realidad es que hay pocos mimbres y con ellos toca hacer la tarea, o por lo menos intentarlo.

La supervivencia implica siempre adaptarse al entorno, ser flexibles y resistentes (me voy a ahorrar la manoseada palabra resiliente). El tamaño de la economía venezolana es y continuará siendo pequeño. Los negocios y las actividades productivas deben orientarse hacia esta nueva realidad. Los niveles de gasto del venezolano son y continuarán siendo bajos. Además, estarán focalizados fundamentalmente en los rubros más básicos. El abandono del bolívar como instrumento de planificación debe ser absoluto. Es entendible que mientras que el fisco siga cobrando sus impuestos en moneda nacional, el bolívar tendrá relevancia desde el punto de vista contable y administrativo, pero no desde el punto de vista de planificación y manejo de inventarios. Noviembre puede volver a recordarnos que continuamos en hiperinflación.

Finalmente, es posible que el gobierno logre estabilizar la economía. Es importante recordar que no solo la economía se ha reducido, sino que continúa haciéndolo. La dolarización de facto ha permitido que el sistema de precios y los mercados vuelvan a operar de forma medianamente normal, esto no es poca cosa, teniendo en cuenta lo ocurrido en años recientes. De igual forma, el gobierno parece querer avanzar en un acuerdo tácito con el sector privado, este acuerdo permitiría dar cierto grado de seguridad a la empresa privada. Este acuerdo es insuficiente para generar el dinamismo que necesitamos para crecer vigorosamente, pero puede ser suficiente para, junto con la dolarización de facto, estabilizar la economía. Esto quiere decir parar la caída. La recuperación… eso ya es otra cosa.

 

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