Un católico en la Presidencia

Foto: worldnewsday.com

Por Germán Briceño Colmenares*

No soy político, no creo saber mucho de política, y cada día me abruman más las dudas sobre si tan siquiera soy un buen católico. Pero cuando un buen amigo, que acaba de ser investido con la grave responsabilidad de dirigir esta prestigiosa y octogenaria revista, me pidió escribir unas líneas sobre la probable llegada de Joe Biden a la presidencia de los Estados Unidos, apenas el segundo católico entre los cuarenta y seis hombres que han pasado por la Casa Blanca en dos siglos y medio, yo sencillamente no tuve el coraje ni el corazón para decirle que no. De manera que, a riesgo de fracasar en el intento, aquí estoy intentando sobreponerme a mis dudas para tratar de cumplir brevemente con ese delicado y sensible encargo.

No hace falta que explique por qué el asunto es delicado y sensible, pues todavía estamos todos sumidos en mil escaramuzas verbales sobre los comicios más polémicos y enconados que se hayan celebrado en el gran país del norte, al menos desde que tengo memoria. Tampoco está claro, mientras escribo estas líneas -aunque ya las cifras apuntarían hacia un triunfo incontestable de Biden en el Colegio Electoral-, en qué momento preciso tendremos una confirmación oficial de su victoria y un reconocimiento de la misma por parte del presidente derrotado, pero aún en ejercicio, si es que esto último se produce alguna vez.

Reconozco que yo mismo estuve lleno de dudas a la hora de decidirme por alguno de los candidatos en liza pues, aunque he tendido históricamente a comulgar con el Partido Repúblicano, algo me decía que quizás esta vez no debía hacerlo. Mi muy elemental discernimiento me iba alejando de las despóticas maneras y procederes de Donald Trump y me inclinaba ligeramente hacia el más sereno Joe Biden, en lo que fue más un ejercicio de razón que de entusiasmo. Intenté enfocar el asunto como creyente y procuré ver en cuál de esos dos hombres podía ver reflejados con más nitidez los rasgos de Cristo: su sencillez, su humildad, su compasión, su capacidad de dialogar con los que piensan distinto, su empatía hacia los sufrientes y necesitados, su voluntad de unir y no de dividir, su búsqueda de la paz y la reconciliación. No quiero decir con esto que hubiera una opción correcta y otra equivocada, pues en democracia hay libertad para votar según la conciencia, sólo pretendo ilustrar el proceso de reflexión por el que tuve que pasar, no sin dudas ni dificultades.

No puedo negar que mis afectos se fueron decantando hacia un hombre que, entre otras muchas cosas, había experimentado lo que C.S. Lewis llamaba el problema del dolor, que había sido templado en la misteriosa fragua del sufrimiento casi insufrible. Esa con la que se dice que la Providencia toca a sus preferidos. Esa de la que sólo las almas nobles salen renovadas en lo espiritual y fortalecidas en lo humano. Un hombre que habiendo perdido a su joven primera esposa Neilia y a su pequeña hija Naomi en un trágico accidente automovilístico, y que años después pierde también a su joven y prometedor hijo mayor Beau, y que a pesar de todo eso es capaz no sólo de mantener la cordura sino de labrarse una vida plena y fecunda de servicio público y de hombre de familia, es un ejemplo de resiliencia y humanidad con el cual resulta muy difícil no sentirse identificado. Seguramente tiene muchos defectos (¿y quién no?), pero tiendo a creer que un buen líder es aquel que, en el ejercicio de sus funciones, es capaz de luchar para que sus virtudes prevalezcan sobre sus defectos.

Los acontecimientos posteriores a la elección, paradójicamente, han hecho más por trazar un fiel retrato de ambos contendientes que dos años de intensa campaña. Biden se ha mostrado sereno, paciente, conciliador, respetuoso de la sagrada voluntad popular expresada en las urnas y obediente a las reglas de juego. Trump, por su parte, podría haber sido un gobernante polémico que perdiera dignamente una elección, como tantos lo han sabido hacer, pero con su reprobable conducta de querer enlodar el proceso democrático se encamina a perder la autoridad y el respeto, también de los suyos. Todos deseamos que encuentre la reciedumbre, el coraje y la grandeza que sacan a relucir los grandes hombres en los momentos cruciales. Que se inspire en ese gran político que fue John McCain (también lo han hecho Bush padre, Carter y tantos otros cuando les tocó), cuya estatura de estadista se agigantó de forma imperecedera cuando aceptó, con prontitud, gallardía y decoro, su derrota ante Obama.

John F. Kennedy, tratando con ingenio y gracia de ampliar su base electoral, decía en su campaña que él no sería un presidente católico, sino un católico que llegaría a ser presidente. Yo no espero de Biden que gobierne para los católicos, nadie debería pedirle semejante despropósito, pero sí me gustaría que como presidente intentara gobernar como un buen católico: que proteja la vida -todas las vidas, desde el no nacido hasta el condenado a muerte- y la familia, que ayude de forma especial a los menos favorecidos, que respete una libertad responsable, que estimule el emprendimiento y el trabajo, que cuide el medioambiente, que no mienta, odie ni haga daño a nadie y que busque la reconciliación y la paz. Pienso que, si hiciera estas cosas, y seguramente sus cualidades le permitirán hacer muchas más, ya habrá hecho mucho. No me queda sino pedir que el Espíritu Santo lo ilumine, para que ese gran faro de la libertad y la democracia que son los Estados Unidos pueda consolidar el camino hacia la paz, la concordia y el progreso, y así puedan además ayudarnos a nosotros los venezolanos a reencontrar también el camino hacia la paz, la concordia y el progreso.


*germanbricenoc@gmail.com

 

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