Sólo ante Dios, rodilla en tierra

Por P. Andrés Bravo

En la Eucaristía de este domingo 18 octubre, se propone para nuestra reflexión el momento cuando unos mensajeros de los fariseos, representantes del poder religioso, y unos herodianos, representantes del poder político, se acercan para ponerle a Jesús una trampa, con una pregunta sobre uno de los temas más sensibles del pueblo de Jesús, el tributo al César (Mt 22,15-22; Mc 12,13-17).

Las intenciones son claras, al fingir ser gente de bien y adular a Jesús tratándolo de sincero, no encontraron obstáculos para acercarse y dirigirse a Jesús con el fin de lanzarle una peligrosa pregunta: ¿Es lícito pagar tributo al César o no? Jesús no es nada tonto, les hizo saber a ellos y a los que estaban con él que están poniéndolo a prueba.

En el tiempo de Jesús el imperio romano era el más poderoso del mundo, y su emperador, César, exigía ser tratado como un dios, todopoderoso. Uno de los signos de su poder abusivo era cobrar los tributos a los pueblos pobres oprimidos por él y sus secuaces. El pueblo de Jesús es muy pobre y, para colmo, tanto el poder religioso con sus diezmos, como el poder político con los tributos, los empobrecían más.

Existía un grupo ultrareligioso que no aceptaba esta situación y se revelaban con la lucha armada. Por su celo a la ley, lo llamaban zelotes. No faltaron quienes querían involucrar a Jesús como uno de ellos. Los zelotes le decían al pueblo que no pagaran el tributo porque hacerlo era impuro, faltaba a La Torá.

Jesús, pues, se encuentra en un dilema. Si respondía que sí, sus seguidores no le escucharían más y le acusarían de estar con el opresor y sería considerado como impuro. Si decía que no, sería acusado de zelote y puesto prisionero con el pueblo como testigo.

Ahí viene la respuesta cargada de una de las mayores enseñanzas de la historia de la humanidad: dar al César lo que le pertenece como poder político, no más. Ningún gobernante debe recibir los honores de un dios.

Nunca jamás, ni aquí ni en ninguna parte, se debe doblar las rodillas ante un ser humano. Doblar rodilla es signo de adoración. Ya basta de tratar como absoluto a cualquier gobierno o, peor, gobernante. Ningún sistema político, ninguna ideología política o económica tiene sentido sino para el servicio de la persona humana, para su dignidad y sus derechos.

Nos hacemos eco de las enseñanzas del Papa Francisco en su encíclica sobre la fraternidad y la amistad social. Basta de sistemas opresores que humillan a las personas humanas. Crear una sociedad fraterna es darle a Dios el tributo de la caridad cristiana de su voluntad: amarnos como hermanos. Dar al pueblo lo que Dios quiere: libertad, paz, justicia, verdad y amor. Que ninguno entre nosotros tenga pretensión de grandeza y poderío. Sólo Dios es Dios, quien en Jesús se hizo pequeño para vivir entre nosotros.

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