Solidaridad en tiempos de pandemia

 Foto: REUTERS | Manaure Quintero

En las crisis se puede ver lo mejor y lo peor de las personas. Sin embargo, como diría el P. Vélaz, todos tenemos más de bueno que de malo; todos somos convocables, si nos levantan una bandera que vale la pena… En estos días donde “quedarse en casa” es la mejor forma de ayudarnos, la solidaridad también se ha potenciado.

Adle Hernández*

El “aislamiento social” al que nos llama la pandemia debe diferenciarse del aislamiento de las redes comunitarias y de las redes de solidaridad.

El llamado reciente a nivel mundial y nacional de promover el distanciamiento social supone que las personas no deben encontrarse físicamente; sin embargo, ese distanciamiento debe diferenciarse del aislamiento total. En un momento tan crítico y complejo como este recurrir –aunque sea en distanciamiento físico– a las redes de solidaridad entre personas es fundamental. Especialmente en aquellos sectores o comunidades en los que la realidad cotidiana ya es adversa en múltiples sentidos, y en los que la solidaridad ha sido práctica que se incrementa cada vez más para resolver las diversas crisis que se han vivido en los últimos años. La escasez en general, la violencia, la falta de servicios básicos, entre otras, han movilizado a diversos actores al encuentro mutuo, con la finalidad de generar acciones que permitan sobrellevar lo insoportable.

Es importante establecer que esa solidaridad no necesariamente se da exclusivamente entre vecinos de sectores populares, sino que por el contrario la solidaridad se ha generado en diferentes ámbitos.  La violencia estructural a la que ha estado sometido el país ha motivado diversas acciones solidarias que podrían clasificarse, por un criterio de mera observación en algunos niveles, como solidaridad a nivel técnico, comunitario y personal.

Así hemos sido testigos de cómo algunas ONG, fundaciones, empresas privadas, entre otras, han promovido el encuentro entre ellas con la finalidad de unir esfuerzos en sus distintas competencias para hacer frente a las demandas cada vez más complejas que en su ejercicio cotidiano tienen que enfrentar, para potenciarse y ser más estratégicos en sus respuestas a las exigentes situaciones reales en las que deben llevar a cabo sus propios planes de trabajo. Han tenido que reinventarse en ese encuentro y transferirse metodologías de trabajo, experiencias, conocimientos y potencialidades, para además poder llegar más y mejor a los beneficiarios de sus programas.

A nivel comunitario ha ocurrido lo mismo en algunos sectores, las diferentes organizaciones formales e informales, especialmente en sectores populares, han realizado esfuerzos para unirse y compartir formas de hacer frente a los retos de la vida cotidiana; participar en actividades para permitir que en conjunto se pueda dar respuestas a necesidades que han ido surgiendo en la crisis. Hemos visto, por ejemplo, madres de la comunidad que ahora están comprometidas con la preparación de los alimentos en su sector, o que se han preparado para apoyar a las escuelas con planificaciones escolares, o maestros que se han ingeniado la forma de atender a dos grupos a la vez, para que los niños no queden sin clases. De esta forma, poco a poco se han generado espacios en el que cada uno aporta lo que tiene y lo que puede para promover acciones o pequeñas soluciones locales a las exigencias que supone la realidad actual.

Finalmente, pero nunca menos importante, la solidaridad a nivel personal; las pequeñas decisiones que cada uno de nosotros toma para contribuir con el prójimo. Recientemente pudimos conocer el histórico discurso de la canciller alemana Angela Merkel en el marco de la COVID-191, llamando a sus conciudadanos a la responsabilidad personal, a la disciplina necesaria para respetar las medidas preventivas y la importancia de cada uno de los ciudadanos en la respuesta de ese país a la crisis, haciendo uso de la palabra solidaridad como clave para hacer frente a la pandemia; ejemplo claro de cómo la acción individual es fundamental para el resultado colectivo.

Esa solidaridad que poco a poco ha ido surgiendo en este contexto país, ha encontrado canales para conectar los diferentes niveles y cada vez es más común ver cómo organizaciones que se han aliado, se han articulado a su vez con organizaciones comunitarias para, en conjunto, poder hacer frente a la crisis. Las organizaciones ponen al servicio sus competencias técnicas o profesionales en las áreas específicas que trabajan y, por su parte, lo actores comunitarios ponen el sustrato y la organización necesaria para que todo tenga lugar. Finalmente, cada persona que participa activamente asume la responsabilidad de comprometerse con alguna parte de ese todo para que se lleven a cabo exitosamente iniciativas realmente importantes. Para citar solo un ejemplo, hemos visto médicos que se organizan porque quieren poner al servicio de poblaciones vulnerables sus competencias, pero tal vez no tienen los vínculos establecidos con aquellos lugares donde más los necesitan; alguna organización que trabaja en espacios de alta vulnerabilidad funciona como puente de conexión entre una comunidad que puede organizarse y unos médicos que desean prestar un servicio, en jornadas planificadas entre varias organizaciones y actores sociales para llevar el derecho a la salud a personas realmente vulnerables; en ese caso, todos cuentan y todo parte del deseo y compromiso individual de construir algo en colectivo…

¿Qué mueve al médico a comprometerse con esta actividad? ¿Qué mueve a la directora de un colegio a trabajar extra para hacer una jornada de salud en su escuela? ¿Qué mueve a una señora de la comunidad a involucrarse para preparar unas empanadas y un cafecito a los doctores? Es la solidaridad, es el asumir la corresponsabilidad de participar y construir en colectivo.

En estos momentos en el que nuestro país se enfrenta a la pandemia por el COVID-19, la solidaridad debe fortalecerse. En el informe de Naciones Unidas sobre Venezuela2, presentado por Michelle Bachelet en 2019, se lee textualmente “[..] la situación sanitaria del país es grave: los hospitales carecen de personal, suministros, medicamentos y electricidad para mantener en funcionamiento los equipos” (párrafo 19). En estas condiciones debemos enfrentar una pandemia que ha puesto en crisis a sistemas de salud bastante más robustos.

¿Estamos planteando aquí que la solidaridad es la solución a la pandemia?, definitivamente no.  En nuestro país deberíamos tener un sistema de salud responsable que diera respuestas especializadas y competentes a la situación. Enfrentamos el COVID-19 con un sistema de salud en estado de gravedad, pero además con un alto porcentaje de la población en situación de pobreza, con posibilidades mínimas de cumplir las recomendaciones para prevenir el contagio, con condiciones de vida que los ponen aún en mayor riesgo, ya sea porque necesariamente tienen que salir a conseguir el ingreso diario para su alimentación, o porque los servicios básicos más fundamentales como el agua no funcionan correctamente. Sin embargo, en medio de ese contexto, no podemos sentarnos y pensar que no hay nada que hacer; si bien el panorama es preocupante, dejar de hacer algo porque la situación nos sobrecoge no es una alternativa, por lo menos no una que las instituciones y organizaciones vinculadas por años al trabajo comunitario podamos asumir.

Ante esta situación es necesario apelar a la solidaridad, pero no la solidaridad reactiva, espasmódica y mediática. Es momento de recurrir a la solidaridad serena, sencillamente humana y responsable.

Retomar el compartir de experiencias y conocimientos entre organizaciones, generar opciones de respuesta que tengan sentido en los contextos de mayor vulnerabilidad. Promover que las comunidades se vinculen en la distancia. Lamentablemente conocemos las dificultades en el acceso a Internet e incluso a la telefonía tradicional que dificultan que esa comunicación sea masiva, pero siempre existe algún canal, alguien que puede conectarse y puede multiplicar información a otros para comunicar, por ejemplo, protocolos adaptados a la realidad venezolana elaborados por los equipos técnicos, informar a actores claves comunitarios en la distancia, usar la tecnología de manera inteligente cuando esto sea posible, comunicar de manera estratégica, sensibilizar sobre la importancia de cuidarse y de cuidar a otros, alertar sobre los riesgos de algunas prácticas, ayudar a pensar alternativas, todos juntos pensar y apoyar; usualmente las comunidades organizadas tienen alto potencial creativo y con la información adecuada pueden generar sus propios caminos. Recurrir a la solidaridad como factor de protección para tratar de afrontar algo que, definitivamente, en aislamiento absoluto será muy difícil.

La solidaridad es una forma de encontrarnos, de reconstruir, de fortalecernos, de reconocer la humanidad de unos y otros en medio de una realidad que día a día trata de desvanecer al sujeto: porque violenta su existencia de todas las formas posibles; porque no hay agua, no hay luz, no hay transporte, no hay acceso a la salud, el sueldo no alcanza para comer porque la alimentación dejó de ser un derecho para convertirse en un beneficio; porque el sujeto no puede estar seguro de poder cubrir las necesidades más básicas trabajando… Y en esa realidad la solidaridad es una forma de poder encontrarse con otro que siente lo que él, que vive lo que él o más aún, aunque no necesariamente viva esas circunstancias, simplemente puede sentir su dolor y valorarlo para darle sentido a la existencia.

Si bien la solidaridad es alternativa cuando las condiciones básicas de vida ya no están dadas, no queremos ver la solidaridad, como la respuesta última cuando no hay más opción, no queremos aproximarnos a ella como el dicho que coloquialmente dice La esperanza es lo último que se pierde. Así como la esperanza es fuente de vida, la solidaridad es también principio reconciliador.

La solidaridad en momentos de profunda adversidad nos permite ver en los ojos del otro, reconociéndolo como persona humana, sujeto de dignidad irrenunciable, y por lo tanto no es final sino principio; esperamos principio del nuevo tejido social que necesitamos promover, un tejido que empiece a fortalecerse y a impulsar una verdadera transformación, en la que cada sujeto es corresponsable de la ciudadanía que esperamos ver pronto en nuestro país, una ciudadanía que comprenda que es imposible lograr el bienestar individual a costa del bienestar colectivo y que pueda contagiar esta visión de país al resto de sus ciudadanos y juntos exigir este horizonte a sus instituciones y a sus gobernantes.

*Directora de Proyección y Relaciones Comunitarias, UCAB.

Notas:

Fuente: Revista SIC N° 823

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