San Alberto Hurtado: “traducir la fe en obras” 

Foto archivo: Luis Morillo | Crónica Uno.

Constituirse como una comunidad de solidaridad ha sido la misión de la parroquia San Alberto Hurtado, ubicada en la parte alta de La Vega, desde sus orígenes; allí el significado de la fe se ha traducido en obras y gestos de agradecimiento, en palabras propias de sus feligreses y colaboradores

 Por Anderson Guerrero*

«Un fuego que enciende otro fuego». San Alberto Hurtado

Esta comunidad eclesiástica ubicada al sur-oeste de Caracas fue fundada en septiembre de 2010 por el cardenal Jorge Urosa Sabino y asignada como zona de misión a los padres jesuitas, quienes para entonces llevaban muchos años en este populoso suburbio, desarrollando una loable misión educativa. San Alberto Hurtado es aún una comunidad eclesial sin templo, por obvias razones, pues nació poco antes de que el país entrara visiblemente en emergencia humanitaria.

El plus que el nuevo escenario eclesial ha aportado en lo educativo ha sido la constitución, en 2014, de la red educativa “San Alberto Hurtado”, que tiene como fin acompañar, discernir y afrontar los desafíos educativos en esta zona excluida. María Zenaida Rosario, directora de la Escuela Canaima, uno de los centros católicos que conforman dicha red, apunta: “[…] gracias a la red sentimos que no estamos aislados ni solos en medio de tanta adversidad, más bien, en este tiempo nos sentimos más empoderados y este es el sentir de todos nuestros equipos de trabajo”.

De igual modo, en otras áreas de la pastoral social se han venido desarrollando, desde hace cinco años, una serie de alianzas con organizaciones sociales, empresariales y también con personas particulares de buena voluntad, nacionales e internacionales, que creen y apuestan por esta hermosa misión de evangelización integral.

Según Alfredo Infante, párroco jesuita:

La pastoral social, como estrategia, ha privilegiado la conformación de pequeñas comunidades y la constitución de redes de trabajo, haciendo sinergia con otros actores para afrontar la sistemática violación a los derechos humanos, expresada en violencia social y policial, el hambre, el no acceso a la salud, a la educación, el maltrato intrafamiliar, la emigración y el colapso de los servicios públicos. El camino es de largo aliento, los procesos son lentos, sin embargo, el impacto positivo de la misión entre la gente es señal clara de que se va por buen camino.

 

La parroquia San Alberto Hurtado ante la pandemia

Ante la llegada del COVID-19, Zurely Núñez directora del Colegio “Andy Aparicio” de Fe y Alegría y miembro de la Red educativa San Alberto Hurtado (SAH), comenta:

Se decidió hacer una pausa estratégica en los programas de atención humanitaria que se venían desarrollando con el fin de discernir y garantizar una respuesta solidaria responsable que tomara en cuenta los protocolos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y vía reunión WhatsApp fuimos construyendo nuestros protocolos.

Después de esta pausa se ha continuado con la respuesta humanitaria a través de diversos aliados tales como el Servicio Jesuita a Refugiado (JRS, por sus siglas en inglés), el Dividendo Voluntario para la Comunidad, Alimenta la Solidaridad, el Parque Social de la UCAB, Cofavic, Provea, Unidos en la Misión y Cáritas-Caracas. De igual modo, se ha mantenido el acompañamiento de salud vía consulta telefónica, a través de una red de voluntarios médicos cercanos a esta comunidad eclesiástica. También, con el apoyo de Cofavic, se ha dado atención psicológica y jurídica en casos de maltrato intrafamiliar y policial. Asimismo, se han interconectado puntualmente pequeñas solidaridades entre personas de clase media y familias del barrio para la compra de medicinas y alimentación en casos de alta vulnerabilidad.

En las últimas semanas, según estadísticas gubernamentales, en el municipio Libertador, La Vega se ha convertido en una de las zonas de mayor incidencia en la curva de propagación del virus, este lamentable hecho ha obligado a extremar las medidas de bioseguridad en los procesos de asistencia humanitaria.

Este servicio no solo pretende atender el hambre, la salud o cualquier otra dimensión de la vida.  Flor Fuentes, directora del Centro de Pastoral Integral SAH, quien actualmente conforma el equipo humanitario SAH, subraya que: “El criterio básico de la asistencia humanitaria ha sido ofrecer un servicio responsable y de calidad a la comunidad que permita, al mismo tiempo, ser señal de cuidado responsable, buen trato, participación comunitaria, respeto y corresponsabilidad”.

Por su parte, Yasiry Paredes, activista humanitaria del JRS-Venezuela y miembro de la comunidad eclesial enfatiza que: “Las jornadas se organizan también con el fin de ganar en organización comunitaria y para que los cristianos comprometidos fortalezcamos la vinculación fe y compromiso social, teniendo como guía a San Alberto Hurtado”. También, Ada Barrios, profesora y miembro del Consejo Parroquial SAH, nos recuerda que “[…] conocer más la comunidad y traducir la fe en obras, nos fortalece mucho”.   

La vocación y el modo de hacer las cosas es el distintivo de la pastoral social SAH. Por ello, Marta Piñango, directora de la escuela Luis María Olaso reflexiona desde su experiencia: “El acompañamiento espiritual a las personas y equipos de trabajo ha sido clave para afrontar esta situación porque, como repite nuestro párroco Alfredo Infante, no basta hacer el bien, es importante hacerlo bien, a la manera de Jesucristo”.  

Pandemia y cotidianidad

La cotidianidad de la gente del barrio era ya de por sí agónica, pero la pandemia trastocó aún más el ritmo de vida de los habitantes de los Altos de la Vega.  ¿Cómo vivir la cuarentena sin agua, alimentos, gas…? ¿Cómo estar encerrados en casa si se vive del día a día? ¿Cómo sobrevivir sin la convivialidad, si en la cultura del barrio ese es el alimento espiritual y psicológico que hace posible la sobrevivencia diaria?

Todo ha sido un proceso. A principio de la cuarentena, hubo un respeto por la normativa de resguardo social, gran parte del comercio se encontraba a medio turno, el desabastecimiento de los locales hacía cuesta arriba la compra de alimentos, además, la falta de dinero –en efectivo– jugaba un papel importante. Todas las semanas se anunciaba el ascenso de la curva, pero era como el anuncio de allí viene el lobo, los números que se ofrecían eran ajustados a conveniencia y así la gente fue perdiendo confianza en la información.

En consecuencia, la situación de hambre y quiebre de servicios públicos obligó a las personas a romper la cuarentena. Muchos tenían que salir en busca del sustento diario, agua, alimento, gas, entre otros. Además, el Gobierno anunció la flexibilización y esto destapó las compuertas, se hizo incontrolable, ingobernable, pues la gente pensó que todo era un cuento y comenzó a salir cada vez más, así fue como las calles se llenaron nuevamente. Recalca el padre Alfredo Infante:

La situación se ha puesto más difícil para la gente. En el barrio los productos de la cesta básica siempre han sido más costosos que en la ciudad, más aún si el transporte está restringido y escasea la gasolina. Todo esto conspira contra la golpeada economía familiar, generando hambre y obligando, por necesidad, a romper la cuarentena; a la gente la mata el virus o el hambre. En el barrio vivimos de milagros. Cuando la gente dice gracias a Dios, no es un cumplido, es literal, se vive por gracia de Dios.

La voz de los beneficiarios

En esta zona, la mayoría de las personas están en condiciones de vulnerabilidad, sin embargo, en cada jornada es necesario identificar los casos más críticos: personas con discapacidades físicas, enfermos crónicos, mujeres embarazadas, adultos mayores, familias numerosas que viven hacinadas en espacios reducidos, otras que viven en lugares de difícil acceso, entre otros. De igual modo, al tratarse de un espacio geográfico extenso y demográficamente denso, hay sectores más periféricos y vulnerables que requieren especial atención. No es fácil responder a tanta necesidad, la pobreza es un problema de Estado, la solidaridad de la Iglesia es subsidiaria, la solución real está en un cambio en las políticas económicas.

Aun así, en medio de tanto desamparo, la acción de la Iglesia es una pequeña luz. Dejemos que sea la misma gente que exprese su sentir:

“Muchas gracias; la Iglesia, en nombre de Dios, no se olvida de nosotros”.

“Gracias, no solo por la ayuda, sino por el trato tan respetuoso y amable”.

“No esperaba que esta ayuda fuese tan grande”.

“Me llena de orgullo saber que todavía hay personas que están prestas a ayudar a otros”.

“Cuenten ustedes también con nuestra ayuda y oración”.

“Qué bonito llegar a un lugar tan bien organizado y limpio”.

“Ya se me había olvidado lo que era un verdadero mercado; gracias, no sé qué decir”.

Además de estos y muchos otros testimonios, el equipo humanitario constató, a través de algunos líderes comunitarios, que varias de las personas beneficiarias al llegar a su comunidad compartieron con sus vecinos más necesitados parte de lo recibido, porque la solidaridad es el milagro más grande que Dios obra cada día en el barrio. Otros muchos, no comentaron nada, la alegría transformada en lágrimas fue su palabra.

Hacia una red humanitaria

La buena noticia es que en la comunidad eclesial San Alberto Hurtado, las personas han comenzado a descubrir que trabajando en redes de confianza al servicio de los demás, se puede hacer mucho bien, y ese bien le da sentido a la vida en medio de tanta adversidad, tal como lo expresa Franyelyn Cardozo, líder de la comunidad de Araguaney:

Para construir el país que queremos es parte esencial ser partícipe de este tipo de actividades […] Es desde las pequeñas cosas que podemos lograr grandes objetivos. Las muestras de agradecimiento por parte de los beneficiados son una motivación para decir ¡Sí se puede! No hay impedimento alguno; está en ti, en querer hacer lo que te propongas y hacerlo bien. Este es un modo de fortalecimiento personal que se vive en cada jornada humanitaria.

Flor Fuentes, quien ha estado coordinando algunas de las jornadas, revela:

Cuando veo tanta necesidad en las personas y veo que Dios toca los corazones de aquellos que quieren ayudar, es lo que me impulsa a seguir contribuyendo por esta bonita labor, seguir sirviendo a los demás sin distinción de religión o condición política.

 

También, subrayó que: “Los líderes comunitarios son los puentes que nos llevan a aquellas personas que están pasando una situación crítica, siendo así un factor fundamental para la consolidación de la red humanitaria”.

“Un fuego que enciende otro fuego”, un bien que llama a otro bien, más voluntades que se suman a esta gran solidaridad humanitaria y que son transformadas por este gran fuego de servicio hacia los demás, que pone en sintonía el corazón de la comunidad con el grito de San Alberto Hurtado:

¡Contento, Señor, contento!


*Politólogo.   

Fuente: Revista SIC 826

Artículos relacionados:

email

Compartir