«Querida Amazonía»: el desafío de una nueva hora para las Iglesias locales

Foto: Religión Digital

Por Rafael Luciani*

«Una armoniosa, creativa y fructífera recepción de todo el camino sinodal» (QA 2)

La lógica de los procesos ha definido el estilo del actual pontificado (AL 261). Según Francisco, cada proceso lleva a un «nuevo eslabón» (EG 223), «duro y prolongado» (Evangelii Gaudium 24), «inacabado y llamado a crecer» (Amoris Laetitia 218) durante un «camino largo» (EG 225). El Papa sitúa la Exhortación Post-Sinodal «Querida Amazonía» en el marco de todo el proceso sinodal, generando así una hermenéutica circular entre el Documento Final del Sínodo (DF) y la Exhortación. Francisco afirma que el texto de la Exhortación no sustituye al Documento Final del Sínodo (Querida Aamazonía 2), sino que lo asume (QA 3); y no sólo invita a leerlo íntegramente (QA 3), sino a aplicarlo (QA 4). Esto supone hacer una lectura interconectada entre el Sínodo para la Amazonía (pre-en-post), el Documento Final del Sínodo y la nueva Exhortación Pastoral «Querida Amazonía» para comprender lo que ha sucedido.

Esta hermenéutica representa una novedad en el magisterio universal, que, asumiendo un Documento Final de un Sínodo regional, pide aplicarlo en el marco de una «armoniosa, creativa y fructífera recepción de todo el camino sinodal» (QA 2). Por ello, el Sínodo no terminó con la Exhortación ni la Exhortación manifiesta una posición unidireccional ante todo lo discutido y aprobado en el Sínodo. No podemos confundir la sinodalidad con el Sínodo. Avanzar o no, requerirá de un involucramiento de «todo el Pueblo de Dios» en los caminos abiertos. De ahí que Francisco diga, enfáticamente: «Dios quiera que toda la Iglesia se deje enriquecer e interpelar por ese trabajo, que los pastores, consagrados, consagradas y fieles laicos de la Amazonia se empeñen en su aplicación» (QA 4).

«Una nueva pastoral de conjunto con prioridades diferenciadas» (QA 97)

La Iglesia de América Latina tiene ahora el reto de hacer avanzar o no este proceso sinodal. Se nos ha invitado a iniciar la recepción de todo el proceso sinodal (QA 2), y no sólo de la Exhortación. Estamos ante una etapa crucial que medirá si nuestra Iglesia regional está a la altura de asumir este desafío y dejarse inspirar por el llamado a “desbordarse” que hiciera el Papa durante el Sínodo.

La novedad latinoamericana, como Iglesia fuente, ha sido el haber traducido la opción por los pobres en eclesiología: una Iglesia pobre y para los pobres. Este mismo reto se presenta hoy: la conversión ecológica integral debe aún traducirse en una nueva eclesiología, de una Iglesia Sinodal (Cf. Francisco, Discurso en la Conmemoración del 50 Aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos, 17 de octubre de 2015) llamada a repensar la ministerialidad a la luz del modelo eclesial Pueblo de Dios. Este es el horizonte teológico-pastoral que marca el inicio de una nueva fase en la Iglesia latinoamericana después del Sínodo para la Amazonía y que será decisivo en la recepción del proceso sinodal.

Lo complejo de esta fase es que aún no está el nuevo modelo, porque nos encontramos en una fase eclesial de transición. Francisco habla de lo «aún no imaginado» (QA 104). Vivimos en una tensión entre el viejo modelo basado en una cultural eclesial clerical que ha fracasado, y otro modelo, apenas emergente, llamado a construir una cultura eclesial laical (QA 94), que aún no encuentra el modo y la forma de responder ante los nuevos retos pastorales de la Iglesia hoy. En este sentido, la Exhortación invita a crear lo que puede ser un nuevo organismo eclesial regional (QA 97), cuya finalidad no puede concentrarse sólo en lo socio-ambiental per se, sino en articular e implementar «una pastoral de conjunto con prioridades diferenciadas» (QA 97). Los procesos de discernimiento que se faciliten en este organismo, permitirán, o no, el discernimiento y la implementación de «nuevos ministerios» y «ritos propios» (QA 82) que respondan a los desafíos pastorales de la región.

Podemos afirmar que estamos ante el inicio de una nueva hora de la Iglesia en América Latina, que se presenta como oportunidad y reto. Nada ha sido «cerrado». «El camino de recepción de todo el proceso sinodal continúa» (QA 2-4) pero se resitúa ahora —con gran novedad— bajo la responsabilidad y la parresia que tengan las Iglesias locales de la región.

«Una forma encarnada de llevar adelante la organización eclesial y la ministerialidad» (QA 85)

Querida Amazonía representa un magisterio abierto y en proceso, con el fin de buscar nuevos caminos «aún no imaginados» (QA 104), que deben ser pensados a la luz de la relación entre inculturación y ministerialidad:

«la inculturación también debe desarrollarse y reflejarse en una forma encarnada de llevar adelante la organización eclesial y la ministerialidad. Si se incultura la espiritualidad, si se incultura la santidad, si se incultura el Evangelio mismo, ¿cómo evitar pensar en una inculturación del modo como se estructuran y se viven los ministerios eclesiales?» (QA 85).

Esto significa que «no se trata sólo de facilitar una mayor presencia de ministros ordenados que puedan celebrar la Eucaristía» (QA 93), lo cual sería replicar el esquema clerical. «Este sería un objetivo muy limitado si no intentamos también provocar una nueva vida en las comunidades» (QA 93). La unidad entre inculturación y ministerialidad es clave porque «una Iglesia con rostros amazónicos requiere la presencia estable de líderes laicos maduros y dotados de autoridad, que conozcan las lenguas, las culturas, la experiencia espiritual y el modo de vivir en comunidad de cada lugar (…) concretamente para permitir el desarrollo de una cultura eclesial propia, marcadamente laical» (QA 94). Poco avanzaríamos hacia la reforma de una Iglesia que sea sinodal y ministerial si nuestros esquemas pastorales siguen proponiendo formas clericales de atención y acompañamiento a las comunidades. Dos claves para buscar modelos nuevos se pueden encontrar en la tradición latinoamericana. Medellín pidió pasar de una pastoral de sacramentalización a otra de evangelización; y Aparecida de una pastoral de conservación centrada en parroquias y sacramentos, a un proceso de conversión pastoral y misionera.

A la hora de crear nuevos ministerios, el Papa pide que deben tener formas “institucionales”, dotados de “estabilidad», con «reconocimiento público» y bajo el «envío por parte del obispo” (QA 103). Aún más, la finalidad que se establece para estos nuevos ministerios es incidir “en la organización y en las decisiones de las comunidades”. Otra de las formas que propone es «pensar en equipos misioneros itinerantes» (QA 98). Sin embargo, a la par de estos criterios, encontramos a largo del capítulo 4 un choque de eclesiologías que no permite avanzar en la reforma o conversión ministerial. Este capítulo no logra superar la cultura eclesial clerical. Cosa que sí hizo el Documento Final del Sínodo. De ahí que la Exhortación, si es leída como texto aislado, es un texto eclesiológicamente fallo, incluso preconciliar en sus afirmaciones sobre el ministerio ordenado.

Al referirse a la figura del presbítero, la Exhortación presenta una involución en relación al Decreto Presbyterorum Ordinis (PO 4) del Concilio Vaticano II. Este Decreto señala que «los presbíteros, como cooperadores de los obispos, tienen como obligación principal el anunciar a todos el Evangelio de Cristo, para constituir e incrementar el Pueblo de Dios, cumpliendo el mandato del Señor: Id por todo el mundo y predicar el Evangelio a toda criatura (Mc 16,15)». Lo que da primacía a la identidad del ministerio presbiteral, según el Concilio, es «primum habent officium Evangelium Dei omnibus evangelizandi» (PO 4), es decir, que su identidad está «principalmente» en la «Palabra». Por el contrario, la Exhortación usa la palabra sacerdote más que presbítero.

La palabra presbítero sólo aparece una vez (QA 90). El texto habla más del “sacerdocio jerárquico” (QA 87) que “derrama gracia” (QA 88) y cuya “gran potestad” (QA 88) se centra en los “sacramentos de la eucaristía y el perdón” (culto). Es esto lo que, según la Exhortación, da su “identidad exclusiva” (QA 88), quasi ontológica, más no, como estableció el Concilio, primum —primero y ante todo—la Palabra, el anuncio del Evangelio (PO 4). Si esta visión de la figura del presbítero, entendido desde lo sacerdotal y sagrado es la que domina realmente y se asume, entonces se pierde toda la novedad que puede representar la sinodalidad en la actual etapa eclesial. No puede ser realizada una Iglesia sinodal junto a esta visión del ministerio ordenado.

Otro aspecto que aparece contradictorio es, cuando, por una parte, se insiste en la necesidad de la celebración de la «Eucaristía» en lugares donde hay ausencia de presbíteros, pero, por otra, no se ofrece ninguna solución pastoral. ¿Cómo hacer si los laicos son los encargados de liderar las comunidades cuando todos sabemos que no hay presbíteros disponibles en la región para presidir los sacramentos de la eucaristía y la reconciliación? Sabiendo que este fue el argumento presentado por los padres sinodales, la Exhortación no prevé solución alguna. Aún cuando está consciente de que una comunidad auténtica se construye en torno a la Eucaristía y la Palabra (QA 84), pone de lado cualquier solución pastoral.

¿Qué hacer, entonces, mientras surge un nuevo modelo marcadamente laical y centrado en las comunidades que supere la pastoral de sacramentalización por la de evangelización? ¿cómo entender, entonces, lo que pidió el Documento Final sobre la necesidad de ordenar viri probati?

Viri probati ¿una solución provisional, pero necesaria?

Muchas expectativas fueron generadas en torno a los viri probati, ya que dos tercios de los padres sinodales votaron a su favor. Aún cuando el aporte de Querida Amazonía no pueda reducirse a la aprobación o no de los viri probati, tampoco podemos mirar hacia otro lado ante la necesidad pastoral de dar este paso en la Iglesia, pues planteado el problema como se ha hecho, no hay otra solución, por los momentos, que la institucionalización de los viri probati. Sin embargo, el tema no ha sido cerrado. Por el contrario, está abierto. El Papa asumió íntegramente el Documento Final y lo mandó a aplicar (QA 2-4), pero requerirá de un proceso de discernimiento pastoral de las Iglesias locales que lleve a la evolución de la doctrina sacramental y a la reforma del ministerio ordenado.

A la luz de esta hermenéutica circular que hemos explicado se han abierto las puertas para que las Iglesias locales inicien procesos de “discernimiento y toma de decisiones” pastorales a partir de lo que ya establece el código de derecho canónico. Vale la pena preguntarnos si los dos tercios de padres sinodales que votaron a favor de la aprobación de los viri probati, son capaces de implementar estos procesos en sus respectivas diócesis. La misma Exhortación pone este reto al decir que

«en las circunstancias especificas de la Amazonia, de manera especial en sus selvas y lugares más remotos, hay que encontrar un modo de asegurar ese ministerio sacerdotal. Los laicos podrán anunciar la Palabra, enseñar, organizar sus comunidades, celebrar algunos sacramentos, buscar distintos cauces para la piedad popular y desarrollar la multitud de dones que el Espíritu derrama en ellos. Pero necesitan la celebración de la Eucaristía porque ella «hace la Iglesia» y llegamos a decir que «no se edifica ninguna comunidad cristiana si esta no tiene su raíz y centro en la celebración de la sagrada Eucaristía»» (QA 89).

Este texto sitúa a quienes no querían la figura de los viri probati en una triste contradicción respecto de la misión de la Iglesia y el derecho de los fieles, porque, al final, están afirmando que, en la mayoría de las comunidades de la región, incluso en otros países y regiones donde exista ausencia de clero, no hay comunidades cristianas, porque no hay celebración de la Eucaristía.

La solución abierta por Francisco es recurrir al Código de Derecho Canónico que ofrece el procedimiento para que los obispos, luego de discernir las necesidades de las comunidades, puedan pedir la posibilidad de ordenar a hombres casados, así como implementar el diaconado, en función de las necesidades sacramentales de las comunidades. La Iglesia, a través de sus regulaciones canónicas, entiende que «ser varón casado» constituye un impedimento para ser ordenado. Pero esto no es una irregularidad, sino un «impedimento de derecho eclesiástico» y no «divino». Por tanto, no toca al dogma ni a la doctrina, sino a la disciplina eclesiástica.

Ante los impedimentos, el código de derecho canónico de la Iglesia latina provee la posibilidad de otorgar la concesión de una «dispensa» que puede ser confirmada por la Sede Apostólica, una vez que un obispo local la pida. Para conceder dicha dispensa, el código establece que debe haber una «causa justa y razonable». En tal sentido, los sacramentos no son una concesión de la Institución eclesiástica a un grupo de fieles, sino un derecho que tienen y deben recibir todos los fieles y miembros del Pueblo de Dios. Al ser derecho, las autoridades eclesiásticas tienen el deber de escuchar a los fieles y proveerles sus derechos o, de otro modo, caerían en un incumplimiento de la misión de la misma Iglesia, en la que sirven, y aún más, estarían negando, intencionalmente, que las comunidades de fieles ya existentes, no sean reconocidas como auténticamente cristianas.

A la luz de este balance, creemos que el reciente proceso sinodal puede ser una oportunidad para emprender un proceso de reforma de los ministerios en clave sinodal. La necesidad de pensar nuevos caminos para la Iglesia ha sido manifestada por los padres sinodales. Ahora dependerá de la parresía que tengan las Iglesias locales de la región.


*Experto del CELAM y miembro del Equipo Teológico de la CLAR

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