Pedro Trigo s.j.: «Tenemos que sentirnos agraciados y tenemos que vivir agradecidos»

Por Pedro Trigo s.j. 

Foto: archivo WEB

Este encierro obligado tenemos que convertirlo en una oportunidad para ejercer nuestra condición de persona. Trascendentalmente somos personas por nuestra condición de creados. Pero que seamos creados no significa que Dios nos ha hecho como un carpintero hace una mesa; un acto en el tiempo, obra de la capacidad técnica y de la fuerza. No. Dios nos crea con su relación de amor constante. Por eso la creación y la conservación no son acciones distintas. Dios nos crea porque nos ama. Por eso somos hijos de amor. Si nos aceptamos como fruto de una relación constante de amor nos tenemos que ver como valiosos y tenemos que tener una confianza fundamental en el amor que nos funda. Tenemos que sentirnos agraciados y tenemos que vivir agradecidos. Y si confiamos absolutamente, estaremos abiertos a lo que él quiera de nosotros.

Ahora bien, este amor creador no agobia ni siquiera anda reclamando nada. Por el contrario, es discretísimo. Porque es amor verdadero. Sólo mira nuestro bien. El amor es el único poder que puede poner fuera de sí a seres distintos de sí y mantenerlos frente a sí libres de sí. Cualquier otro poder crea para sí, para tener súbditos y alabadores. Él quiere nuestro bien, pero quiere que lo queramos también nosotros y que salga de nosotros mismos. Si respondemos a nuestro ser trascendente nos constituimos plenamente como personas.

Esta misma es la relación de Jesús con nosotros. La clave está en su bautismo. El bautismo de Juan era de conversión de los pecados. El Bautista estaba en un río que cubría bastante. La gente esperaba en fila. Al que le tocaba el turno bajaba, se ponía a su lado, confesaba sus pecados, él lo sumergía en el agua y luego lo sacaba. Se “ahogaba” el pecador y resurgía el regenerado. Cuando le tocó el turno a Jesús se confesó. No pudo decir perdóname; pero pudo decir y dijo: perdónanos. Se pudo confesar en primera persona de plural porque nos había metido a todos en su corazón y pudo confesar los pecados con más dolor que todos los pecadores juntos de la historia, porque tenía el corazón desgarrado: en el centro estaba su Padre, pero también estábamos los que no le hacíamos caso. Al subir del río vio que el cielo se rasgó: su Padre había aceptado su confesión.

Mientras Jesús no nos saque de su corazón, estamos salvados por Dios. Pero no lo estamos todavía porque la salvación es alianza y para establecerla se necesitan dos sís. Falta nuestro sí.

Por eso, en adelante, Jesús se dedicó a que lo que había sucedido entre él y su Padre aconteciera entre él y nosotros para que así aconteciera entre nosotros y su Padre. Él es así, el mediador. Como se ve, todo son relaciones. La de Jesús es relación de amor horizontal y gratuita: se ha hecho nuestro Hermano irrevocable, nos lleva en su corazón. Pero porque nos quiere, nos respeta y por eso espera nuestro sí. No nos sustituye. Todo lo que hizo fue suscitar la fe que salva, para que la salvación, que empieza en su Padre y en él, salga también de nosotros. Como su Padre, nos da completa libertad. Somos nosotros los que tenemos que elegirnos como hermanos suyos e hijos de su Padre. Si respondemos, nos constituimos plenamente como personas.

¿Y qué es corresponder? Ellos no nos piden nada. Sólo esa confianza filial y fraterna y que tratemos a los demás como ellos nos tratan a nosotros. Que nos entreguemos con esa misma disponibilidad y discreción, tratando de que los otros crezcan, que también recibamos con agradecimiento y que no borremos a nadie de nuestro corazón.

Jesús es nuestro Hermano incondicional. Por eso su Padre es nuestro Padre y sus demás hermanos son nuestros hermanos: hermanos papás, hermanos hermanos, hermanos esposos, hermanos hijos, hermanos compañeros y amigos, hermanos desconocidos y hermanos enemigos. Con sus matices, muy grandes obviamente, pero todos hermanos.

Esa es su propuesta. ¡Qué bueno sería que la contemplemos con agradecimiento, con alegría y que respondamos con lo mejor de nosotros mismos! Siempre podremos hacerlo, incluso a pesar de nuestros sentimientos. Porque ellos siempre dan lo que piden. Su amor en nosotros nos habilita.

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