Participación juvenil en busca de reposicionamiento en el barrio

Descubrir cómo se produce el reposicionamiento juvenil en nuestras comunidades y en qué consiste, ante el desafío que representa la participación social y política juvenil para nuestra sociedad civil, pasa por comprender el comportamiento de nuestros jóvenes líderes que desde Huellas se forman para convertirse en guías comunitarios.

Por Robert Rodríguez, s.j.* | Revista SIC 825.

La participación social y política juvenil son un desafío para todas las organizaciones que creemos en los jóvenes como agentes de cambio (ENJUVE, Zúñiga, 2016)1. En Huellas incentivamos, cualificamos y acompañamos a los jóvenes asociados a replicar sus aprendizajes, interviniendo en contextos vulnerables, como evidencia de sus capacidades como “líderes para el servicio”.

E: …Y tú ¿por qué eres líder?

– C: …Yo soy líder porque ayudo a los niños y a las personas de la comunidad, porque aprendo de ellos y ellos aprenden de mí (joven de 19 años).

En el barrio La Vega, Caracas, hay jóvenes huellistas que lideran una participación socio-educativa a través de diferentes estrategias, a saber: refuerzo escolar, tareas dirigidas, clubes recreativos, catequesis, visitas a familias y eventos comunitarios, que benefician a niños, jóvenes y personas de tercera edad, mientras promocionan la convivencia pacífica y construyen tejido social.

Realizamos una investigación etnográfica crítica sobre esa participación, con la finalidad de comprender los significados profundos que entrañan las acciones juveniles, encontrando que revelan un proceso lúdico, –un juego social–. En este los jóvenes asumen roles y posiciones, implantan normas, conectan a otros, disfrutan emociones intensas, viven frustraciones, muestran sus mejores habilidades, adquieren fama e invierten más potencia personal cuando se encuentran en situación adversa, para superarla y, finalmente, ganar. Mediante ese movimiento lúdico que saca a relucir la creatividad y potencia juvenil, jóvenes excluidos del barrio intentan reposicionarse y ubicarse en el grupo de personas que, garantes de respeto, reconocimiento y autoridad, discuten y estructuran dinámicas comunitarias de convivencia y se convierten en influencia social para los vecinos.

La participación estudiada evidencia a jóvenes, en situación de riesgo y vulnerabilidad social, que se les comprende como “chamos”, es decir, como personas no bien equipadas para construir comunidad (Krauskopf, 2012)2. Por lo tanto, están fuera del grupo de vecinos que delinean trayectorias comunitarias.

– M: … esos chamos tiran la toalla ante las dificultades del barrio, […] no son tan buenos y echa’os pa’lante como los de antes […] son más achanta’os (Testimonio de una vecina adulta de la comunidad).

– G: … más que todo la gente que piensa que es mentira lo que uno está haciendo, que a veces uno hace algo bueno para la comunidad y dicen que es mentira, que es pura charla (joven del barrio de 18 años de edad).

Por lo general, en el barrio pueden surgir estereotipos negativos sobre los jóvenes alimentados por medios de comunicación y memes que circulan en las redes sociales; que conllevan a que se les excluya social y políticamente en esos contextos locales. En consecuencia, en el barrio, los vecinos adultos cuentan muy poco con los jóvenes para construir mejor comunidad, mostrando falta de conciencia crítica para demarcar lo realmente pertinente del discurso mediático. Pero los jóvenes huellistas no se dejan expulsar de la comunidad, ni se paralizan por ese estereotipo negativo; todo lo contrario, como en un juego de fútbol con marcador en contra, asumen el resultado como impulso para ir más adentro del barrio y remontar la partida, esto es, lograr el reposicionamiento.

¿Cómo se produce el reposicionamiento juvenil y en qué consiste? Con su aparecer público y hacer comunitario se igualan al resto de las personas adultas en razón de que comparten el mismo mundo de vida; estos jóvenes padecen los problemas que todos sufren y conocen la comunidad con profundidad. Los jóvenes afirman que también son vecinos que han experimentado la violencia del barrio, pero esta no los encierra en sus mundos privados y de confort como a la mayoría de los adultos, sino que los mueve a la participación social. Inspirados por su Grupo Juvenil, su aparecer es de jóvenes buenos, competentes y líderes.

De una u otra forma se distinguen en positivo como vecinos, delineando un movimiento dialéctico de igualación y distinción. Para que ese aparecer tenga consistencia y significado lideran acciones comunitarias educativas éticas en el espacio público con el objetivo de que sean vistos por la mayor cantidad de habitantes, lo que Krauskopf (Ibid.) catalogaría como una “visibilización positiva”. Con sus acciones benefician a los más vulnerables de la comunidad –niños, adolescentes, mujeres y personas de tercera edad– y eso gana respeto y admiración de la gente del barrio mientras que a los jóvenes les reporta satisfacción y disfrute personal, propio de todo comportamiento prosocial.

Pero amerita otro movimiento, el tú a tú, porque es en este intercambio que, en definitiva, la gente del barrio adquiere más confianza y otorga reconocimiento al otro. En espacios de interacción social presencial, espontáneos o planificados, se relacionan tú a tú con los vecinos –incluyendo a jóvenes de vida violenta– desde valores cristianos y democráticos, mostrando de forma honesta lo que son y hacen y las motivaciones genuinas y altruistas que los inspiran, sin intenciones ocultas.

En efecto, los vecinos les otorgan un nuevo nombre y rol social que evidencia reconocimiento y respeto como “profesores”, “padrecitos”, “chamos buenos de Casa de los Muchachos” y se implican afectivamente con ellos, lo que los autoriza para impulsar procesos de bienestar colectivo. Esta es su satisfacción personal en el barrio, dejar de ser considerados como “chamos” para ser nombrados como jóvenes-guías.

Los jóvenes que se transforman en “jóvenes-guías”, adquieren un nombre y rol comunitario mediante el cual educan a los vecinos por medio de diferentes estrategias pedagógicas. Sus vecinos efectivamente aprenden de ellos y eso conlleva a que los acompañe una buena fama en el barrio. Es decir, los recubre y protege un juego de palabras y significados –relatos– que comunican su bondad, lugar y valor en el barrio.

En consecuencia, se mueven en la comunidad con la confianza de que a ellos no les pasará nada, que su vida está protegida en tanto que cuentan con reconocimiento y respeto comunitario. De esta manera, acontece otro movimiento que rompe con la “imagen espejo”3 que los asume como las principales víctimas-victimarios de la violencia venezolana, mostrándose como jóvenes que actúan en el barrio no para matar ni que los maten; sino para educar a otros en función de que haya mejor convivencia en la comunidad en ejercicio de la conciencia ciudadana que desarrollan.

La conciencia ciudadana la configuran a partir de la matriz de la ética cristiana y no del marco político institucional, porque rechazan algunas instituciones, organizaciones y figuras políticas. Por esa razón se reposicionan frente a ellas desde una perspectiva crítica y protestan contra el Estado, partidos y líderes políticos, generadores de conflictividad y violencia, concibiéndose a sí mismos como jóvenes ciudadanos cristianos que educan para la paz, lejanos a esas fuentes de violencia en el país.

– R: … somos líderes formados cristianamente, que llevan ese símbolo de paz o esa palabra paz escrita en la frente (joven de 21 años).

– F: … el mensaje de amar al prójimo como a ti mismo […] esa es la misión, ese es el ser y hay que seguir luchando por eso, por cambiar una Venezuela desde abajo (joven de 19 años).

En todo ese itinerario dinámico y experiencial, viven íntimamente una reposición en la comprensión que tienen de sí mismos. Reconfiguran su identidad que se mueve desde: a) sentirse “chamos” excluidos hasta auto-comprenderse como jóvenes líderes; b) asumirse como hermanos de los demás y un “nosotros” que subsume empáticamente la situación de los rostros vulnerables del barrio (niños, mujeres, personas de tercera edad); c) concientizar su condición ciudadana y, finalmente, acto seguido; d) ejercerla asumiéndose como tejedores de lazos sociales y políticos entre la diversidad de vecinos y organizaciones del barrio por medio de eventos comunitarios inclusivos, como “Vamos a llevarla en paz”.

Entonces, la participación juvenil estudiada evidencia un proceso de reposicionamiento psicosocial. Este consiste en un movimiento lúdico (apuesta) que permite a los jóvenes superar la situación de exclusión social y política e incluirse por medio de un nombre, rol y fama social en la dinámica constructiva de la comunidad. A nivel psicosocial, en el desarrollo de ese movimiento los jóvenes reconfiguran la identidad personal (soy líder), social (hermano-nosotros) y política (ciudadano), que los mueve a intervenir en el barrio para girar trayectorias personales y relacionales a través de acciones educativas éticas.

Una característica fundamental que resalta de esa identidad juvenil reconfigurada es su actitud de réplica, ya que a partir de su experiencia personal los jóvenes pretenden reposicionar a otros por medio de su ejemplo y praxis educativa (mímesis), en la cual no hay discursos ni sermones, sino testimonio personal y grupal para que los vecinos del barrio vean y actúen en la cotidianidad del modo cristiano y democrático como ellos lo hacen.

En coherencia con el mensaje cristiano pretenden fraguar identidades pacíficas y no meramente transmitir tips, técnicas, habilidades y procedimientos, como hacen los nativos digitales. Con ese modelamiento identitario, los jóvenes educadores convocan a otros a entrar en el juego comunitario que está en desarrollo con el objetivo de que, primero, se reconecten afectivamente con el barrio, dejando de lado ese alejamiento de los asuntos comunitarios; segundo, que se articulen fraternalmente con los vecinos con los que se entrecruzan en la cotidianidad y ceda el miedo y la desconfianza hacia ellos y, tercero, que se reencuentren consigo mismos y su condición ciudadana capaz de transformar realidades, nunca solos, sino en correlación con otros.


*Director del Movimiento Juvenil Huellas.

Nota del autor:

Extracto del trabajo de grado del autor del apartado para optar al título de Magister en Psicología Social, en la Universidad Central de Venezuela: Jóvenes, participación social y convivencia pacífica. Caso Asociación Civil Huellas, La Vega, Caracas. (2019).

Notas:

  1. ZÚÑIGA, G. (2016). Perspectivas de la juventud venezolana. Una mirada a sus oportunidades. Caracas: Friedrich Ebert Stiftung.
  2. KRAUSKOPF, D. (2012): “Dimensiones críticas en la participación social de las juventudes”. En: Balardini, S. (comp.), La participación social y política de los jóvenes en el horizonte del nuevo milenio (pp. 137-154). Buenos Aires: CLACSO.
  3. Observatorio Venezolano de Violencia- Laboratorio de Ciencias Sociales (2018). Informe anual de Juventud- 2017: Un país sin juventud. Caracas, Venezuela. Disponible en: https://institutolacso.org/wp-content/uploads/2019/10/Informe-Anual-de-Juventud-2017.pdf

Fuente: Revista SIC 825.

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