Los años perdidos (1975-1985)

 

Por Edgar Vidaurre*

Harry Almela, en su prólogo antológico Fuera de tiesto llama al poeta Armando Rojas Guardia “El último cristiano de la modernidad”. Y no le falta razón. Ser cristiano en este momento histórico y bajo la pérdida de todos los paradigmas conocidos hasta la entrada de la posmodernidad, es un albur lleno de incerteza y de interrogantes. En un ensayo sobre la Teología de la Belleza, yo decía que, desde las reflexiones iniciales de los padres de la Iglesia sobre el acontecimiento cristiano, la humanidad ha pasado por distintos paradigmas desde el medioevo, renacimiento, humanismo, ilustración, modernidad y postmodernidad. Ya no serán pues fe, razón ni emoción los constituyentes categóricos de los paradigmas humanos. Ya no serán Dios ni el hombre, sino la tecnología quien se impondrá como elemento paradigmático, adulterando así los principios de la humanidad.

A partir de la proclamada muerte de Dios por Nietzsche, Feuerbach, Marx y Freud, la negación de la trascendencia y la deconstrucción progresiva de todos los paradigmas serán los elementos desde donde advendrá la posmodernidad. Tal vez, y por ello la aparición en el mundo actual de un ser como Armando Rojas Guardia solo tendría sentido existencial si se considera su condición de poeta (tal vez podríamos decir profeta que es lo mismo). En este sentido, el fin de la historia como la veníamos entendiendo, el Hedonismo y la “Resurrección de la carne”, la vida sin imperativo categórico, el surgimiento del pensamiento frágil, el Nihilismo, la fragmentación del individuo, la indiferencia y la desconfianza en la razón, dejará abierta la puerta a lo que se ha venido llamando El retorno de los brujos o el retorno de lo religioso indefinido y aún sin paradigmas claros sobre una tierra arrasada, o como diría Jacques Derrida: Desierto en el desierto.

Ya en términos cristianos, las opciones que tiene el hombre posmoderno de asumir su fe se debaten entre una visión de la realidad desde la perspectiva del “más acá”, el asumir en términos radicales dicha realidad, confrontarla, hacerse cargo de ella en términos de justicia social y de redención de los más desposeídos, tomando como paradigma aquel nuevo Carisma que a mediados del siglo XX se conoció como la Teología de la Liberación, o bien la otra de asumirse como profeta (o poeta de ese desierto) a través de un lenguaje capaz de llenar el vacío que se manifiesta en una realidad frágil, que lleva al hombre a re-preguntarse sobre aquello que está más allá de su individualidad fracturada y fragmentada. La trascendencia y el misterio se fundamentarán en le des-creencia, en el vacío, en la angustia desfondante que solamente podrá ser mitigada a través de ese eterno paradigma que llamamos Belleza, cuyo lenguaje no puede ser otro que el de la poesía.

Armando Rojas Guardia se debatió durante un prolongado período de silencio, que duró diez años, entre estas opciones antes de asumir con potencia su destino poético-amoroso o como él lo llama parafraseando a Nietzsche: su amor fati. Después de esa larga cuaresma existencial, como yo la llamo, ¿qué pasó entonces en el discurrir existencial de este poeta durante estos años perdidos? ¿qué puede explicar este lapso de silencio prolongado? ¿qué sucesos, qué epifanías tuvo este hombre frágil y fuerte al mismo tiempo, para que pudiera resurgir y ejecutar diez años después ese acto de resurrección espiritual que ya todos conocemos? Si revisamos con detalle su obra poética y ensayística, veremos que su primera obra literaria: el volumen que compone el tríptico cuyo título es Del mismo amor ardiendo, aunque se publica en el año 1979, fue vivenciado y escrito entre los años 1967 y 1975, período que, desde su nacimiento, marca el primer límite donde es posible verificar los hitos existenciales de este poeta, que desde muy joven asume ese nacimiento como una herida. Como una marca indeleble en su boca, le escucharíamos muchas veces a lo largo de su vida citar con hondura a la poeta y filósofa María Zambrano en su libro Descenso a los infiernos (las raíces del hombre) donde reconoce conmovedoramente la condición desvalida del ser humano: “El resentimiento de haber nacido”, premisa fundamental a ser trascendida y así poder establecer esa secuencia existencial: hombre, vida, renacimiento, transformación y creación. A lo referenciado cronológicamente, tanto en su vida como en su obra literaria, vemos cómo estas dos instancias forman un solo drama. Ese año de 1975, marca la segunda (la primera fue el nacimiento) y esta vez, la definitiva separación dolorosa de su madre quien muere justamente ese año, marcando así el inicio de este largo silencio que hoy tratamos de desentrañar y que hemos llamado los años perdidos.

Importante reseñar el drama de exilio y de separación que el poeta tendrá que vivir también con el padre, lo que lo convertirá en un eterno buscador del padre real y de ese otro Gran Padre idealizado llamado Dios. Antecedente fundamental para desentrañar esos años perdidos, es la decisión de abandonar el noviciado en la compañía de Jesús, hecho que marcará la primera vivencia de exilio y de desarraigo por parte del padre, pues este lo envía fuera del país a la ciudad de Friburgo en Suiza y luego a la isla de Solentiname, en donde encontrará dos figuras paternas: Dios y el sacerdote Ernesto Cardenal. Decide en esta instancia rebelarse y separarse definitivamente de la madre iglesia y nutrirse así con el carisma de la Teología de la Liberación, en pleno hito de florecimiento. Para este sacerdote fallido y poeta herido, las figuras de Xavier Zubiri, Ignacio Ellacuría, Camilo Torres, Hélder Câmara y del mismo Ernesto Cardenal, lo inscribirán como fuerte aspirante a esa opción de sacerdocio militante. En el pensamiento filosófico y teológico que lo inducirá a considerar una praxis cristiana de contenido social, una teología política que le otorga el mandato de hacerse cargo de la realidad y transformarla, teniendo como premisa incluso la confrontación y ruptura con el Magisterio y la Doctrina de la Iglesia Católica. Ante esta disyuntiva, Armando Rojas Guardia empieza a experimentar sus primeros brotes de crisis existenciales.

Muerto el padre y disuelta la familia en este espacio de tiempo, Armando comienza una vida de peregrinaje, de habitaciones alquiladas, apartamentos prestados, refugios en casas de amigos, pero sobre todo empieza el colapso y la muerte de los paradigmas del mundo mental y anímico del poeta, que se va a traducir en un calvario de veintitrés hospitalizaciones psiquiátricas. Estas reclusiones y el contacto con el sufrimiento humano del prójimo y con lo marginal, significó para él, más que un derrumbe existencial, una epifanía luminosa que lo elevó a una realidad interior muy cercana a la experiencia mística, a la compasión, o a lo que el filósofo de la posmodernidad Emmanuel Lévinas describe como el encuentro de Dios en el rostro del otro o la cualidad inefable de la alteridad. Así las cosas, y en medio de esta crisis casi terminal, de esta muerte, Armando decide definitivamente renacer y acogerse a la segunda opción existencial cristiana: la de ser poeta o profeta de su tiempo. Descender así del cielo, despojarse de todo, de sí mismo y abandonar la búsqueda imposible del padre (del real y del ideal) para hacerse esta vez poeta militante, poeta de la madre tierra, poeta urbano, poeta de las realidades humanas sensibles, en resumidas cuentas, en Sacerdote de la Belleza. Inicia así (esa voz que clama en el desierto) la polinización de la palabra a través de los primeros talleres de literatura. A modo de movimiento activista e insurgente, influenciado por Antonia Palacios (mujer vital y de suprema importancia en la vida del poeta y con la que tal vez concreta una reconciliación poética con la madre y con lo femenino necesario, gestante y nutricio) se une al Grupo Calicanto, y junto con los poetas Yolanda Pantin, Igor Barreto, Rafael Castillo Zapata, Alberto y Miguel Márquez, funda el Grupo Tráfico, cuyo manifiesto que empieza con la paráfrasis Gerbasiana “Venimos de la noche y hacia la calle vamos”, es sin duda uno de los manifiestos más contundentes y conmovedores de movimiento literario alguno. Aquí en este manifiesto militante, Armando Rojas Guardia introduce con la fuerza de la rebeldía lo poético en la historia, en la vida misma desde lo más bajo y marginal, sintetiza y establece unos postulados, que no solo rompieron los paradigmas literarios y poéticos de su tiempo y espacio, sino que establecieron los nuevos paradigmas sobre las bases de toda una ética de vida, que él llamó El vivir poéticamente y una nueva forma integral de trascenderla: El pensamiento poético.

Cada cultura ha tenido en los escritores sus hitos vitales, esos fenómenos literarios que refundan el alma y el espíritu de su tiempo. Armando Rojas Guardia (para la suerte de todos nosotros) vivió lo suficiente para mostrar el desarrollo anímico, vivencial y espiritual de un poeta como paradigma de lo que debe ser el hombre posmoderno. Después de una katabasis total, de tocar el fondo de los fondos, de esa muerte circunstancial, del despojo voluntario de todo aquello artificial (no precisamente en términos simbólicos), este poeta ejecuta una impresionante resurrección espiritual con una voz que eclosiona y cierra la parábola de los años perdidos en el año 1985 con tres obras maestras: Poemas de la quebrada de la Virgen, El Dios de la intemperie y Yo que supe de la vieja herida: la integración, el perdón y la fusión con la madre, con Dios y consigo mismo. Esta resurrección, en todo caso, es abarcante, secuencial, alquímica y trinitaria: corpus somaticum, corpus psiquicum y corpus pneumaticum; cuerpo material, cuerpo anímico y cuerpo espiritual. Para ello, además del elemento gestante femenino que lo contuvo en la mujer que fue Antonia Palacios, advienen en la vida de Armando para constituir otra trinidad, dos padres fundamentales que lo condujeron a concretar esa asombrosa resurrección: el gran psicoanalista junguiano Rafael López-Pedraza y el escritor Juan Liscano. El primero (y al decir de esa otra gran mujer psiquiatra, poeta, amiga y confidente Ana María Hurtado) le dio consistencia nutricia y concreta al cuerpo abandonado por el propio poeta. El solo hecho de establecer como elemento terapéutico el compartir la comida, no solo le sustituye y le da sentido a ese elemento materno de nutrir y darle relevancia al cuerpo, sino que será un acto simbólico y eucarístico del padre que nos provee el alimento o el pan de la vida. Y será ese gran intelectual Juan Liscano (padre espiritual e intelectual de tantos escritores y poetas) quien se ocupará de elevar el alma de Armando a la condición de cuerpo espiritual en estado de resurrección.

No tengo ninguna duda de que, en la literatura hispanoamericana, ese hito del que hablábamos se produce con la obra trinitaria referida, pero de un modo muy especial con el centro de ella, pues en términos histórico-literarios tampoco hay duda de que esa historia se puede dividir en un antes y un después de El Dios de la intemperie. Que estos años que he llamado los años perdidos, en realidad fueron el germen, la semilla que gestó la eclosión y la resurrección de un poeta que, siendo el último cristiano de la modernidad, (continuando el dicho del poeta Harry Almela) y a modo de profeta de su tiempo, pudo atravesar todos los desiertos de la existencia para constituirse desde el centro de su plena soledad, en el primer cristiano y en el paradigma humano de la posmodernidad.


*Escritor, pianista, filósofo, abogado. Presidente del Círculo de Escritores de Venezuela.

Fuente: Revista SIC N° 828

 

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