El sentido cósmico de la existencia

Por Armando Rojas Guardia.

La pandemia nos devuelve, aun sin nosotros voluntariamente pretenderlo, al sentido cósmico de la existencia. El mismo que aprendí a captar y paladear, a mis diecisiete años de edad, leyendo a Teilhard de Chardin: la conciencia vital de pertenecer a «ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo», según lo define, confesando que lo hace «con vértigo y llanto», Jorge Luis Borges en «El Aleph».

Un minúsculo microbio, un virus diminuto, presente en el aire que todos respiramos y que provoca en nosotros la inminencia del contagio, la enfermedad e incluso la muerte, nos ha hecho vislumbrar el espanto, y también por momentos el gozo, de sabernos integrados a magnitudes que existen más allá de nuestro parcelamiento individual, del confinamiento privado donde se desarrollaba nuestra vida mental. En el Occidente moderno todo gira en torno a la hipertrofia de la conciencia individual. Ni Edipo, ni Electra, ni Orestes, ni Medea son personajes autoconscientes en la media en que lo es, por ejemplo, Hamlet. Por eso mismo Hamlet es, con el Quijote, Don Juan y Fausto, uno de los cuatro grandes mitos del Occidente moderno. Es esa hipertrofia de la autoconciencia, que nos veta e impide el contacto directo, espontáneo y elemental con la materialidad del universo, lo que ahora salta en pedazos por obra y gracia del virus.

De pronto nuestra suficiencia autoconsciente tiembla ante el roce físico, inesperado, de un orden natural que nos sobrepasa, nos ignora y nos amenaza.

La ocasión es propicia para devolvernos también al «amor fati», practicado y vivido por los estoicos, en especial Marco Aurelio. «El amor por la ciudad del universo, tierra natal, patria bien amada de toda alma, querida por su belleza, en la total integridad del orden y la necesidad que constituyen su sustancia, con todos los acontecimientos que en ella se producen» (Simone Weil). El amor hacia el Todo orgánico del que formamos parte, dentro del cual absolutamente cuanto existe está entrelazado en cualquier área o nivel que podamos concebir, y que incluye la dirección de los sucesos emanados de él: esa configuración fáctica, teleológica, denominada «destino»: el conjunto de lo que sucede y que no puede no suceder: el «destino» como lo real mismo: no una causa más, sino el conjunto de todas.

Este es precisamente el «amor fati», a través del cual comulgamos nupcialmente con la orientación cósmica, aun cuando ella por instantes nos lacere: los dramaturgos griegos nos enseñan cómo se alcanza la estatura trágica haciendo que entren en comunión, en el espesor mismo de nuestro psiquismo, la libertad y el destino. Este vasto y palpitante Todo universal, gobernado por la mecánica de la Necesidad, es el objeto del enamoramiento explícito de Dios. Dios está enamorado del universo que creó, como lo testimonia el Libro de Job, el cual, para G. K. Chesterton, es «una especie de salmo o rapsodia del sentido del asombro. El hacedor de todas las cosas se muestra sorprendido ante las cosas que él mismo hizo». El hecho súbito de que una pandemia, globalizada en medio de nosotros como nunca antes, nos conecte con ese asombro metafísico constituye una lección moral desde ahora y para siempre inolvidable.

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