“El retorno de la moral” en el tratamiento del Covid-19: una práctica de solidaridad humana en el marco de los DDHH (II)

Por Rosa Amelia Asuaje @AmeliaAsuaje | Juan Carlos Gutiérrez @juancgutierrezc

“Admitiendo -y lo admito- que con “Las palabras y las cosas”, “La historia de Ia locura”, incluso con “Vigilar y castigar” haya practicado un estudio filosófico esencialmente fundado sobre cierto uso deI vocabulario, deI juego, de la experiencia filosófica y que me entregué a él de cuerpo entero, bien es verdad que ahora trato de desprenderme de esta forma de filosofía. Y está claro que lo hago para servirme de ello como campo de experiencia para estudiar, planificar y organizar. De tal manera que este periodo que, a ojos de algunos, puede pasar como una no-filosofía radical es, aI mismo tiempo, una manera de pensar más radicalmente la experiencia filosófica”. Michel Foucault, “El retorno de la moral” (p.382).

Hemos considerado imprescindible en esta segunda parte (ver primera parte) de nuestras reflexiones sobre “el último Foucault”, realizar una contextualización que permita ubicar a nuestros lectores en un paradigma totalmente distinto al de ese primer Foucault, marcado por una arqueología del saber de corte profundamente estructuralista, y dar paso a un estudioso de la voluntad humana visible en sus hallazgos que, desde inicios de la década de los 80 a través de sus conferencias en Berkeley y en El Colegio de Francia, abrirían un abanico de obras en torno al éthos como “estilo de vida” en las antiguas Grecia y Roma, sus prácticas ascéticas y el perfilamiento de un sujeto de verdad a partir del conocimiento de sí (gnóthi seautón), y del cuidado de sí como prácticas liberadoras, rasgos subjetivos expresamente ligados al ejercicio pleno de los derechos individuales en pos del colectivo: punto nodal de nuestra visión en el tratamiento de los DDHH en el marco de la actual pandemia por el Covid-19.

A partir de la escritura de esta segunda entrega, centrada en un texto de Foucault, apreciamos la lucidez flexible que este muestra frente la muerte inminente a causa del virus de HIV, respondiendo las preguntas que le hicieran G. Barbedette y A. Scala, el  29 de mayo de 1984 para la revista “Les Nouvelles litteraires”[1] y que llevaría el título -tal vez errático- de “El retorno de la moral” (“Le retour de la morale”). Esta sería la última entrevista que daría el filósofo, pues el 25 de junio de ese mismo año, falleció, quedando sus palabras pendiendo en el aire, haciendo su propio duelo y guardando un silencio plenamente humano.

Actualmente, tenemos acceso a ese valioso material en español, gracias al compendio que realizó la Editorial Paidós-Barcelona, bajo el título: “Estética, ética y hermenéutica”. Obras esenciales, Volumen III. (1999) bajo la introducción, traducción y notas de Ángel Gabilondo, uno de los conocedores de toda la obra de Foucault y que ha traducido con extremo cuidado y respeto sus últimas ideas, como observamos en esta otra entrevista del mismo volumen en la que el filósofo trata el tema del cuidado de sí, el conocimiento de sí y la ética del sujeto en la Antigüedad:

“No digo que la ética sea el cuidado de sí, sino que, en la Antigüedad, la ética en tanto que práctica reflexiva de la libertad, giró en torno a este imperativo fundamental: ‘Cuídate a ti mismo’”[2].

Así, hemos convenido en establecer una relación entre el tratamiento ético de la pandemia que nos azota en la actualidad y argumentar por qué es importante revisar a ese “último Foucault”, cuyo interés se centró en el “estilo de vida” del sujeto de verdad y no en la cuestión del biopoder, la biopolítica o el disciplinamiento de los cuerpos como en los sistemas penitenciarios o clínicos. Hacer eso, tomando teorías caducas y hermenéuticas sesgadas, sería un atajo intelectual poco noble, pues se estaría interpretando un problema de salud totalmente incierto en su desenlace, a partir de categorizaciones estructuralistas cerradas y ya superadas en los 80 por el mismo Michel Foucault.

El input de las últimas investigaciones del filósofo se centró en hallar una suerte de conocimiento del cuerpo en su “Historia de la sexualidad III (la inquietud de sí)”; topándose con la riqueza de la historia del deseo en la Antigüedad griega y romana. Entonces, comenzó su salto hacia atrás en el tiempo, llegando al período arcaico griego, momento en que la cultura oracular bajo la figura de Apolo fue crucial en su “conócete a ti mismo” (gnóthi seautón) y lo vinculó con el problema de la verdad del discurso y la “parresía” como: 1) decir la verdad; 2) decirla toda y 3) decirla francamente[3]. Como vemos, esta es una noción vinculada con la valentía de decir la verdad ante el statu quo a expensas de la propia vida. Pues para ser un parresiasta o sujeto de verdad, había que conocerse a sí mismo lo suficiente como para tener la voluntad de saber lo que se iba a decir, siempre en correspondencia con el hacer.

Esa visión del parresiastés plantea un éthos novedoso para Foucault, así como para nosotros, en medio de tantas verdades enmascaradas sobre el origen de un virus letal que ha cobrado la vida de cientos de miles de personas en el mundo y de un ambiguo tratamiento en cuanto al derecho que tenemos todos los ciudadanos al acceso a la información sobre lo que podría pasar en nuestros cuerpos y en el de nuestros seres queridos si, sufriendo la enfermedad, vamos a ser sometidos a tratamientos para salvarnos.

Esto, sin duda, entraña un problema central en el derecho al cuidado de sí y del otro con honestidad, materializado igualmente, en la data que se maneja sobre la enfermedad y en los métodos médicos, test que se aplican a la población, en la compra de insumos, en el manejo de la crisis y hasta en el derecho a una muerte digna sin el estigma de haber sido un infectado. El derecho a saber la verdad, a estar informados, a conocer cómo se originó el virus y si hubo ocultamiento de datos en sus inicios, es tema central de debate actual en todos los países afectados y cuyos habitantes exigen tener acceso a todo lo atinente a un problema de salud pública que los atañe, pues son sus vidas las que están en peligro.

Resulta profundamente interesante poder plantearnos una ética del sujeto en medio de tantas interrogantes sobre un virus que parece estar dictándonos oráculos indescifrables. La herramienta que descodifique esto no puede ser una tabla periódica para la ética necesaria en estos tiempos. Es preciso darle fuego al hombre, como hizo Prometeo con los suyos y mostrar que la luz no solo quema, sino que permite dar de comer al otro, cuidar al otro, calentar al otro, preservar al otro y conocer al otro desde una sentida propiedad del conocimiento de sí.

Esta ética de la equidad y la solidaridad, esta mirada al sujeto como centro de reflexión, como sujeto de verdad, como el responsable de ejercer la parresía en el hablar franco sobre los orígenes del Covid-19, como el que da vida al cuidado de sí y de los otros al evitar el contagio masivo, como el que demanda un tratamiento digno y honesto de su enfermedad, sin ocultamientos y sin ambigüedades, debe exigir la verdad a los organismos internacionales que manejan la data y la etiología del virus. Esto es un derecho humano, es un acto de dignidad, es una imperiosa necesidad y un aporte a esa humanidad que nos reviste, lastimada y asustada. Esa humanidad demanda un digno derecho a la información. Morir sin saber por qué se muere, es como vivir sin saber para qué se vive.

Referencias:

[1] N° 2.937, 28 de junio-5 de julio de 1984, p. 36-41.

[2] “La ética del cuidado de sí como práctica de la libertad”, p.397.

[3] Cf. Foucault Michel (2017) Discurso y verdad. (Conferencias sobre el coraje de decirlo todo. Grenoble, 1982. Berkeley, 1983).

Fuente: https://forpeaceandfreedom.org/2020/04/20/el-retorno-de-la-moral-en-el-tratamiento-del-covid-19-una-practica-de-solidaridad-humana-en-el-marco-de-los-derechos-humanos/

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