Carolina Jiménez: «No hay pandemia que justifique el irrespeto al Estado de Derecho»

Foto: cortesía Carolina Jiménez.

Por Juan Salvador Pérez*.

Continuamos con la serie de entrevistas realizadas desde la Revista SIC a especialistas de diferentes disciplinas para reflexionar sobre la condición humana en medio de uno de los mayores desafíos que ha enfrentado la humanidad en el último siglo.

En esta oportunidad contamos con las reflexiones de Carolina Jiménez Sandoval, quien es directora adjunta de Investigación para las Américas de Amnistía Internacional. Fue directora nacional del Servicio Jesuita a Refugiados de Venezuela (SJR) y gerente de proyectos de la Fundación para las Américas de la Organización de Estados Americanos (OEA). Se desempeñó como Oficial de Programas del Open Society Foundations en el área de Derechos Humanos y Migración en Washington DC. y como Coordinadora Regional de la Red DDHH Migrantes en México. Es egresada de la Escuela de Estudios Internacionales de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Realizó una Maestría en Derecho Internacional en la Universidad de Chuo, Japón, una segunda Maestría en Filosofía de las Relaciones Internacionales en la Universidad de Cambridge, en Inglaterra y un Ph.D en Relaciones Internacionales en la Universidad de Waseda, Tokio, Japón.

Fe. Desde el inicio de esta pandemia, quizás el sentimiento más arraigado y más común – tanto en los dirigentes, como en los simples ciudadanos, en los expertos y en los legos – ha sido la duda, la incertidumbre, la confusión. Qué hacer, por qué, por cuánto tiempo, cómo hacerlo… La vacilación y la sospecha ante las medidas y sus efectos. Se pone de manifiesto una vez más esa histórica actitud del ser humano entre la certeza y la incertidumbre, entre confiar o desconfiar. Aquí es donde entra la Fe (del latín fides, confiar). ¿Qué significa ser un hombre/mujer de fe, en estos momentos?

El filósofo Zygmunt Bauman afirmaba que para los seres humanos existen dos valores sin los cuales la vida es inconcebible: la seguridad y la libertad. Por seguridad, se refería a la idea de “sentirnos a salvo”; y, por libertad, a nuestra capacidad de autoafirmarnos, de hacer lo que realmente deseamos. Según Bauman, la seguridad sin libertad es esclavitud, y la libertad sin seguridad es caos.

Bauman no vivió lo suficiente para ver la emergencia mundial generada por esta pandemia, pero es imposible no darnos cuenta que la COVID-19 nos arrebató ambos valores de forma tremendamente brusca. Por un lado, ya no tenemos la libertad de movernos, de decidir a dónde vamos, si podemos ir a nuestros lugares de trabajo o no; vivimos en una época de restricciones que, en otras circunstancias, jamás hubiésemos aceptado. Sobre la seguridad, pasa exactamente lo que mencionas y, además, a todos los niveles: la incertidumbre se ha apoderado de nuestras vidas individuales, pero también de la lógica bajo la cual nuestros gobiernos toman decisiones mientras van aprendiendo sobre cómo controlar la propagación del virus. Lamentablemente, algunos gobiernos están fallando estrepitosamente en su deber de proteger a sus ciudadanos, lo cual sólo incrementa la incertidumbre.

En un contexto como este, practicar la fides, llámese fe o confianza, puede parecer un desafío enorme y, sin embargo, es justamente este momento cuando más necesitamos confiar. El historiador Yuval Noah Harari, recientemente, comparaba las respuestas que en distintas épocas la humanidad ha dado frente a las pandemias. Cuando el mundo sufrió la “peste negra” en el siglo XIV las principales escuelas de medicina del mundo fueron incapaces de dar una respuesta, llegando incluso la de la Universidad de París a afirmar que la posible causa estaba relacionada con la posición astrológica de algunas estrellas.

Durante la epidemia de influenza de 1918 (la llamada “gripe española”) tampoco logró descubrirse al virus exacto que la ocasionaba en el transcurso de la pandemia. Este siglo XXI ha marcado una diferencia sustancial: en sólo dos semanas, la comunidad científica logró identificar el virus específico que ocasiona la COVID-19, realizar la secuenciación de su genoma y desarrollar tests de diagnóstico. Por lo anterior, el historiador considera que estamos en una posición privilegiada en comparación con pandemias anteriores. La mayoría de las personas tal vez nunca llegaremos a comprender todos los datos y detalles científicos que hay detrás de este virus, y tampoco conoceremos las vidas y las historias de muchos de las y los científicos que trabajan en combatirlo y que algún día conseguirán una vacuna, pero confiamos en ellos y en su trabajo.

Obviamente, ante la pérdida de seguridad, de certezas, y de muchas de nuestras libertades mas básicas, cada persona vive su fe en la medida y manera que logre generarle tranquilidad en estos tiempos de turbulencia. La forma en la que esa fe se manifieste, ya sea en una práctica religiosa, en el trabajo comunitario, en el apoyo a la ciencia, en la meditación individual -cualquiera que sea su expresión- es un derecho protegido y que, como tal, debe ser respetado.

Aunque sea difícil aceptarlo, en el fondo, estamos conscientes de que esta crisis no será la última gran crisis de nuestro siglo. Tener fe hoy día, en este momento histórico que se siente definitorio y al mismo tiempo es difuso y ambiguo, es aferrarnos a la idea de que este complejo instante dentro de nuestro paso por el planeta se va a superar y lo que viene -sea lo que sea- también se superará. Creo que la bióloga argentina, Guadalupe Nogués, ya lo ha dicho mejor que muchos: “Nunca sabremos todo, pero eso no quiere decir que no sepamos nada”. Seguiremos confiando.

La otredad. Hace algún tiempo leí, en una entrevista realizada a Savater, que el jurista italiano Norberto Bobbio llamaba la atención sobre tres conductas que atentaban contra la aspiración de los Derechos Humanos: el descuido, la indolencia y el escepticismo. ¿Acaso esta circunstancia que vive hoy la Humanidad nos permitirá un actitud diferente y más comprometida con y hacia los otros?

En tiempos de emergencia y confusión a escala global todos esperamos respuestas de quienes nos gobiernan. Si bien se están viendo buenas prácticas en algunos países que han logrado combatir la pandemia, lo que respecta a nuestro rincón del mundo – las Américas- deja mucho que desear. La represión contra quienes protestan por alimentos, el uso de la fuerza y las humillaciones contra muchos de quienes se han visto obligados a salir de sus casas ante la imposibilidad económica de respetar la cuarentena, y la falta de empatía y de asistencia para con los millones de personas que son migrantes y refugiados, e incluso con los propios ciudadanos que retornan a sus países (todas acciones que se han documentado con especial preocupación en Venezuela), muestran la incapacidad de nuestros líderes políticos de estar a la altura de las circunstancias. Que en el momento cuando más sentimos necesidad de protección, nos toque vivir represión y profundización de muchas formas de desigualdades es un duro recordatorio del trabajo que aun tenemos por delante frente a nuestros gobiernos indolentes.

Las conductas que Bobbio definía como un ataque a la realización de esa gran aspiración universal que son los derechos humanos (y que afortunadamente se han codificado en tratados y leyes en muchas partes del mundo) me hicieron recordar el discurso que el papa Francisco diera en Lampedusa en el 2013, durante el primer viaje que hizo fuera de Roma. En aquella ocasión, Francisco denunció el maltrato que sufren las personas migrantes y señaló que ese sufrimiento ya parecía no afectarnos en un mundo que se había acostumbrado a la “globalización de la indiferencia”.

Para quienes hemos trabajado durante años a favor de los derechos de las personas migrantes y refugiadas, el mensaje sobre “la globalización de la indiferencia” fue un golpe al oído. Sabemos, por experiencia, que una población que no tiene derecho al voto y que en muchos lugares vive al margen de sus sociedades receptoras, es una población cuyos derechos no sólo no son respetados, sino que con frecuencia tampoco son defendidos. La expresión de Francisco también es extensible a muchos otros grupos vulnerables que se encuentran en situación de desprotección dentro de sus propios países ante la mirada indiferente de sus conciudadanos y de sus propios gobiernos.

¿Esta situación será distinta en un mundo post-Covid? Tal vez todavía es demasiado temprano para elaborar grandes predicciones sobre el futuro después de esta epidemia global, pero sí podemos expresar nuestras esperanzas y aspiraciones sobre lo que está aún por definirse. La escritora india Arundathi Roy señaló, en el mes de abril, que las pandemias a lo largo de la historia han “obligado a los seres humanos a romper con el pasado e imaginar su mundo de nuevo. Esta no es diferente. Es un portal, una puerta entre un mundo y el siguiente”. Si estamos frente a un portal, como dice Roy, quiero pensar que lo cruzaremos para transformar la globalización de la indiferencia en la globalización de la solidaridad. Para ponerlo en forma de aforismo: el siglo XXI será el siglo de la solidaridad. O no será.

Las acciones individuales. Hemos visto una cantidad enorme de testimonios conmovedores sobre actuaciones de personas durante esta epidemia. Tomás de Aquino, en su Suma Teológica, enseña que los sermones morales universales resultan menos útiles que las acciones individuales (“sermones enim morales universales sunt minus utiles, eo quod actiones in particularibus sunt”). ¿Qué nos exige esta situación a cada uno de nosotros en particular?

Trabajar para una organización internacional de activismo en derechos humanos me ha enseñado que el poder detrás de la acción de cada persona, de cada individuo, es inconmensurable. A pesar de esto, he notado que muchas personas no se sienten empoderadas para promover cambios porque piensan que el poder de una sola persona “no cuenta”, y que el único poder real es el del “poder formal”, el de las autoridades, las grandes corporaciones, etc.  Aun aquellos que sí aceptan que ha habido “grandes figuras” históricas fuera de las élites políticas, la mayoría tiende a pensar que tales personas tienen talentos especiales diferentes de otros.

Me gusta pensar en el caso de Martin Luther King como un ejemplo de la importancia de nuestras acciones individuales. No hay duda sobre el legado e influencia de este gran líder, no sólo en la lucha mundial contra el racismo sino en cambios políticos y legales en su comunidad y en su país. Tal vez menos conocida es Rosa Parks, la mujer afroamericana que rehusó levantarse de su asiento en un autobús para que pudiera sentarse un hombre blanco en Montgomery (Alabama, 1955), y cuya acción inauguró un boicot contra las leyes de segregación que duró más de 13 meses, y que terminó en la implementación de una sentencia de la Corte Suprema de Estados Unidos que declaraba la ley de segregación racial en el transporte público como inconstitucional.

Antes del arresto de Rosa Parks, hay registro de al menos otras dos mujeres afroamericanas (Claudette Colvin y Mary Louise Smith) que también sufrieron arrestos por acciones pacíficas de desobediencia civil frente a leyes arbitrarias. Rosa, Claudette y Mary Louise son ejemplos de acciones individuales que sumadas promovieron un movimiento social que transformó un status quo injusto. Vale decir que estas mujeres no eran parte de la élite política de su estado, ni de otras instituciones de “poder formal” y, sin embargo, no pueden ser separadas del legado de Luther King.

Como bien dices, los testimonios conmovedores que escuchamos a diario muestran que, afortunadamente, hay mucha disposición a prestar apoyo a quienes más lo necesitan en estos tiempos adversos. Frente a la ausencia e inacción de nuestros gobiernos, por suerte contamos con la presencia y acción de nuestra gente. Creo que, ahora más que nunca, se vuelve imperativo que esa presencia y acción incluya exigir que los líderes políticos sean responsables por sus acciones y rindan cuentas. No hay pandemia que justifique el irrespeto al Estado de Derecho y estas circunstancias exigen que permanezcamos vigilantes y dispuestos a defender nuestros derechos, mientras cultivamos una cultura de solidaridad que nos lleve a un mejor lugar en el futuro cercano.

*Abogado. Magister en Estudios Políticos y de Gobierno. Miembro del Consejo de Redacción SIC.

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