Asdrúbal Baptista o el espíritu del mundo

Foto: Roberto Mata

Destacado catedrático, investigador y, entre otros logros, uno de los economistas más ilustres e influyentes en la historia del pensamiento económico venezolano. De impecable trayectoria y vertical figura, Asdrúbal Baptista deja un legado invaluable en la mente y, más, en el corazón de quienes le conocieron en vida  

 

Por Luis Ricardo Dávila*

A pesar del estupor emocional que me embarga, escribo con gusto en memoria de nuestra vieja amistad, lleno de gratitud para con mi maestro y compañero en aventura intelectual. ¡Ah, creo que no le olvidaré nunca! Le oigo aún en nuestros días fraternales; le escucho entrando al aula de clase, haciendo sonar su profundo verbo, su infinita indagación, haciendo gala de su vertical figura, presto a dejar sus huellas en el espíritu de quienes éramos párvulos estudiantes. Corrían los maravillosos años 70, comenzaban a romperse paradigmas sobre la condición petrolera de la economía venezolana, empezaban a utilizarse nuevos instrumentos teóricos en la investigación económica. Nos sorprendía ver la importancia de los hechos económicos en el proceso histórico venezolano.

El recuerdo

Era necesario aferrarse a nuevas herramientas metodológicas y a nuevas miradas sobre cómo había transcurrido el siglo y el papel del petróleo. Una interrogante surgía: ¿por qué en el país del petróleo tan poco se sabe, tan poco se indaga, sobre nuestra condición petrolera, sobre los efectos del rentismo sobre el Estado y la sociedad, las consecuencias de aquella condición? El punto de partida era saber que no sabíamos nada, o que lo poco que sabíamos no era del todo exacto. Se le había dejado a la clase política construir su propia narrativa petrolera, sin contrapartida de las ciencias sociales que apenas se asomaban al fascinante tema. Asistimos al renacer de la economía política clásica bajo su tutela, en esta ocasión para estudiar y comprender la condición petrolera y rentista de la economía y la sociedad.

Recién regresado de su periplo británico, llegaba a su alma máter (la Universidad de Los Andes) abrasado por un afán de mirar fijamente a lo infinito de la cosa. Quizás, durante mis años de estudiante de economía, era el mejor de mis amigos y el maestro con quien no solo coincidía de manera más sensible y más humana en la comprensión de los problemas de la Venezuela moderna, sino también en la reflexión intelectual que a lo largo del tiempo cultivé bajo su cobijo.

De mirada dulce e irónica sonrisa, estaba impregnado de pensamiento y sabiduría. Pocos hombres tan profundos en su indagación he conocido. Poseía, más allá de la ciencia y de las matemáticas, una sensibilidad literaria aguda que se fue revelando en el curso de su vida madura. Para comprender la naturaleza, los mecanismos y juegos del poder, acudía a Shakespeare (“[…] la compañía de Shakespeare me ha prodigado de mil maneras, las circunstancias que la vida me regaló a lo largo de estos años”). Su verbo era particularísimo. Hablaba como si estuviese escribiendo. Con su dicción y sus gestos pudo haber imperado en las tablas; pero aquel indagador sonoro no representó sino la propia tragicomedia de su vida, de su ciencia y de su enseñanza: “[…] he sido profesor toda la vida acostumbrado por gusto personal y por decisión íntima ser académico”.

Yo le vi en mil instantes. Hombre jovial, compañero risueño, de voz pausada y parsimoniosa, sutil narrador de anécdotas, madrugador impenitente y descubridor de espejismos, pero solo para aniquilarlos. Hombre de ciencia y sabiduría a quien nada de lo humano le era ajeno. Cero imágenes invertidas o juicios acomodaticios y distantes, la realidad había que asirla intelectualmente y en lo que a la vida económica de las sociedades se refiere, realidad arisca por excelencia, había que domarla con los números, con fórmulas de donde no tendrían escape, con la perspectiva histórica (“¿cómo trasladar el tiempo homogéneo del mundo natural al terreno de lo económico, que es de suyo histórico?”). Todo lo cual practicaba ceremoniosa y escénicamente, a punto de que su simple entrada al aula era un espectáculo.

Poco amigo de hacer visible su superioridad mental, con actitudes y aspavientos. Por el contrario, era sencillo, galante con sus pares. Dejó una gran obra, pues tuvo en su espíritu una llama genial. Su originalidad consistió en convertir nuestra finitud, nuestro particularismo, en fundamento de nuevas certezas. Al poner en manos de sus lectores su Teoría económica del capitalismo rentístico, lo deja bien claro: “[…] si algo se me permite decir con relación a él es que, teniendo el caso de Venezuela como último objetivo, su dimensión es universal”. En este texto, su pensamiento daba cuenta del mundo viejo agrícola, ya condenado, así como del nuevo mundo, que apenas se enunciaba.

Se vale de lo estrictamente venezolano, de su condición petrolera, para aportar categorías y análisis a la evolución del capitalismo. De la mano de Smith (“[…] quiero reconstruir el camino que siguió para llegar a la idea del mercado”) y de Marx (“[…] la lectura del Capital de Marx me había causado una fascinación que no cesa”), nos legó una auténtica pintura de la historia del capitalismo. Sin temor a adentrarse en la metafísica de Hegel se le hizo palpable –reafirmando– la naturaleza histórica y el historicismo de la economía política:

Lo cierto es que me había emergido una idea que nunca abandoné desde entonces, y es la de que mi disciplina era una ciencia de suyo histórica. Me surgían, por consiguiente, nuevos imperativos conceptuales, así como nuevos ámbitos de indagación.

De la Antropología pragmática de Kant se le hizo claro que “el más importante objeto en el mundo es el hombre”. De los griegos, de los Sofistas, de los Epicúreos, de Parménides, de Aristóteles, aprendió que pensar y ser son lo mismo. Todo esto lo trajo generosamente a sus cátedras.

No permitió que la ideología todo lo borrase, como había ocurrido con el pensamiento económico anterior, cuando la teoría de la dependencia y el subdesarrollo servían de comodín para ocultar todas nuestras debilidades y para endosarle nuestros atavismos históricos a circunstancias externas, ajenas a nuestra propia naturaleza. A quienes recibimos sus enseñanzas nos hizo dejar de ver las cosas de manera inexacta y distorsionada. Difícil seguir echando mano a un funcionalismo o a la adecuación imperialista, para examinar la cosa.

¿Con qué objeto escribir libros de economía o de historia, que bien pueden ser manuales de moral, y que no lo son de teoría económica? Pues porque un saber es un poder. El saber de AB se impone y se nos impone; posee, sin embargo, su límite: cada valorización de la voluntad de saber, o cada práctica discursiva es prisionera de sí misma, y la historia universal no se teje sino con estos hilos. Si el individuo es hijo de su tiempo, con mayor razón también lo es el pensador. No es posible escapar a la propia época, desear hacerlo es como pretender saltar sobre su propia sombra: “Historia y futuro en mi pensamiento las intercambio con total fluidez”. No podría ser de otra manera porque la filosofía o la ciencia no son sino el pensamiento de su época, son su propio tiempo escrutado y dilucidado.

Vaya cadena de enlaces y consecuencias. El presente lleva el porvenir en su seno; el futuro podría leerse en el pasado; lo remoto está presente en lo próximo. AB lo pone en estos términos: “[…] no albergo dudas de que los hechos adquieren su carácter de históricos únicamente cuando demuestran que han cargado el futuro de planes, de fines y propósitos”. La prudencia antigua se le había vuelto hábito personal. Sus libros iban apareados con notas de lecturas filosóficas. Toda esta disciplina cumplía a cabalidad una función: la de una labor de sí sobre sí mismo, la de un estilo que no permitía dejar cabos sueltos. Sus libros no son libros de historiador, pero sí tienen por segundo programa y responden a ser un completo inventario en el tiempo. ¿Qué son sus Bases cuantitativas de la economía venezolana sino eso? El placer de escribir, de enseñar bastaban para acotar toda clase de desbordamiento. Intuyó, adivinó, proclamó lo que faltaba. Vio en las señales de crisis de un mundo viejo, pobre y atrasado, los signos de ese mundo nuevo que desde 1914 pugnaba por abrirse espacio.

Este personaje elegante, dotado de clarividencia, era valiente, tan cortante como irónico. Era consciente de la hostilidad y de los celos que inspiraba a su alrededor, psicólogo lúcido de las personalidades mediocres. Era un interlocutor rápido cuya presencia se imponía sin ambages ni dobleces. Cortés y educado con todos, no pontificaba ni se mostraba condescendiente con falsedades o con posturas intelectuales fatuas. Fue siempre y en todo momento él mismo, auténtico como ningún otro, modelado desde dentro, prescindiendo de las convenciones propias de cada círculo intelectual, lo cual no dejaba de incomodar a sus interlocutores quienes a veces intimidados se preguntaban con quién estaban tratando. Toda esta cotidianidad surgía con naturalidad. Fue un maestro del pensamiento, maestro de la palabra. Acuñaba lacónicamente frases aún no completamente asimiladas, con toda la intensidad y ánimo del caso: “La renta del petróleo no es el futuro del país, pero sin la renta del petróleo no tenemos futuro”.

Más que una despedida

Pensar que después de un breve instante, el instante de una vida, siempre tan imperceptible para nuestros sentidos, comenzamos a cambiar la conjugación de los verbos. Nuestros afectos se alteran frente a esta ausencia. ¿Acaso lo único que puede quedar después de una despedida es el recuerdo? Se me hace que no. Por eso estas páginas no son realmente una despedida, sirven más bien como punto de partida para lo que hasta ahora fue su proyecto de pensamiento: devolverle a la Economía política venezolana la capacidad de pensar concretamente; pero también sirven de afecto, de amistad y agradecimiento para quien supo compartir uno de los tesoros más preciados por los seres humanos: el conocimiento y sus formas de producirlo.

La partida hacia la noche de las noches no se reduce a un escrito. La experiencia de este viaje es ante todo un acontecimiento que irrumpe en el pensamiento y en la vida misma. A estas alturas de mi despedida siento que se inicia el proceso de una conversación silenciosa. El tiempo compartido con AB siempre será parte de mi propia experiencia de vida y de mi incurable memoria doliente. Siendo un hombre de ilustre y rica amistad, estoy seguro está cabalgando en estos momentos hacia la tranquilidad del alma. Me ordeno no estar triste, solo retendré los momentos dichosos compartidos y le sonreiré donde quiera que haya ido. Allá nos encontraremos en un lugar donde nunca estuve. Ahora que ha dado el paso culminante: del ser viviente a la memoria inmortal, qué mejor que despedirle con Dante quien puso en su Paraíso a Siger de Brabante, quien oponía verdades filosóficas a las verdades de la fe, encendiendo vivas polémicas, diciendo de él:

Esa es la luz eterna de Sigiero /

que, enseñando en el barrio de la Paja, /

silogismos y verdades envidiadas.


*Economista e historiador. Profesor universitario (ULA).

 

Fuente: Revista SIC 827 

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