Armando Rojas Guardia: «No podremos subsistir como especie sin esa compasión, solidaridad y cooperación que la situación nos invita a reconocer»

Por Juan Salvador Pérez*

Foto: El Estímulo

Continuamos este seriado de entrevistas que, en medio de la pandemia mundial, quisimos proponer desde la Revista SIC para invitar a pensar en lo más elemental y significativo de la vida. Eso que se hace presente con especial énfasis en momentos de mayor dificultad como los que hoy enfrenta la humanidad.

En esta ocasión tuvimos la oportunidad de conocer la visión del escritor, poeta, ensayista y filósofo Armando Rojas Guardia, una de las voces fundamentales de la lírica venezolana contemporánea. Entre 1967 y 1973 fue estudiante jesuita y luego integrante de la Comunidad de Solentiname (Nicaragua) dirigida por sacerdote Ernesto Cardenal. Cursó estudios de Filosofía en la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas-Venezuela), en la Universidad Javeriana (Bogotá-Colombia) y en la Universidad de Friburgo (Suiza), y se ha desempeñado como editor, investigador y profesor. Además, es individuo de número de la Academia Venezolana de la Lengua.

Principalmente, fueron tres las líneas abordadas durante esta entrevista con tono reflexivo. Primero, el tema de la oración, de rezar, tanto en el creyente como en el no-creyente. Segundo, la solidaridad. Tercero, el papel de los cristianos ante esta situación. Y, por último, aprovechando la experticia del entrevistado, se le consultó por la poesía y cómo se entiende en medio de un contexto de adversidad.

Estas situaciones borde que vive la humanidad, nos llevan a todos (de una forma u otra, creyentes o no) a encontrarnos íntimamente con nuestras preguntas más trascendentales… el Cardenal Carlo María Martini s.j. y Umberto Eco, alguna vez reflexionaron epistolarmente sobre ello, y hoy quisiera abordar este tema: ¿En qué consiste la oración del que no cree? ¿Y en qué consiste la oración del que cree?

En la Biblia no hay desarrollados, ni siquiera embrionariamente, como en el hinduismo y en el budismo, un sistema ni un método para acceder, a través de ellos, al contacto con lo divino. No existe, perfilada, una metodología meditativa. Nada hay en la Biblia algo que se parezca al yoga. En ella sólo existe, explayada hasta la exhaustividad, esta convicción: el hombre puede y debe dialogar con Dios. Cuando se encuentran y entrecruzan el hablar de Dios y el hablar humano estamos en presencia de la oración. Santa Teresa de Ávila, fiel a esta tradición, definió la plegaria de este modo:Conversación de amor con quien sabemos nos ama”. En tal conversación el hombre puede, y debe, decirle a Dios absolutamente todo lo que experimenta: su bienestar existencial, pero también su desgracia; su alegría desbordante por el hecho de vivir, pero también su desesperanza e incluso su desesperación; su gratitud, pero también su rabia, aunque esa rabia esté dirigida a Dios mismo. Puede, y debe, expresarle a Dios lo que cree, pero también lo que no cree: sus convicciones íntimas, la osatura axiológica que sostiene la vida de su conciencia, pero igualmente sus insondables preguntas, aquellas para las que no ha encontrado respuestas; sus afirmaciones radicales, pero también sus dudas, hasta las más devoradoras, agónicas y atroces.

Esta es la oración del creyente, dentro de la cual lo que cuenta y prevalece es la honestidad, una honestidad absoluta cimentada en la confianza. El creyente sabe –en eso consiste la fe- que Dios es fiel, es la lealtad misma; por eso puede decírselo todo, sin esconder ningún secreto íntimo, sin reprimirlo. A veces contra las apariencias el “Abbá” que nos reveló Jesús no le dará una piedra si le pide pan: con él, con ese misterio inefable que llamamos Dios, no se entra en una relación contabilizada, meritocrática: su acogida excede siempre nuestras demandas, las cuestiona, las relativiza, las sitúa en un marco que las sobrepasa y nos la devuelve otras, distintas, ya irreconocibles a fuerza de trascenderse a sí mismas.

En este tiempo de pandemias y calamidades colectivas, conviene recordar la oración modélica de los grandes creyentes, por ejemplo, la de Job: su agónica requisitoria, su demanda sufriente, terminan en una epifanía teofánica en la que Dios se muestra como lo que es y siempre fue: el misterio absoluto, impredecible, que está literalmente enamorado del universo que creó; y, en ese sentido, invita al hombre doliente a tomar conciencia de que justo al lado de su padecimiento el sol sigue brillando, los árboles no dejan de florecer y los pájaros continúan cantando: el dolor no desmiente la belleza del mundo, en medio del sufrimiento la hermosura cósmica permanece intacta.

Tratándose del no-creyente no podemos hablar, con propiedad, de la oración. Falta en este caso el específico talante existencial del diálogo, de la interlocución con un Tú que escucha, acoge y responde. Aunque en el no-creyente puede darse una oración implícita: esos ratos de meditación profunda, de autopresencia, de conexión reflexiva y emocional consigo mismo; esos momentos de contemplación pura, desinteresada, dentro de los cuales el psiquismo paladea otro pentagrama de música interior; instantes en los que se está radicalmente solo y se saborea el vino del espíritu sin mezcla, sin ningún tipo de aditamentos. En tales minutos el no-creyente se abre al misterio que anida en su propio corazón. Aun sin proponérselo de manera consciente, aun sin saberlo, implícitamente roza la presencia de Dios.

Boccaccio comienza su novela Decameron (publicada en 1352 precisamente saliendo de la Peste Bubónica que asoló Italia) con esta frase: «Humano es apiadarse de los afligidos». ¿Luego de esta pandemia, la humanidad será más solidaria? ¿Habremos aprendido la lección?

Casi 2.500 millones de seres humanos se han encerrado en sus casas para evitar el contagio. Hay 2.000 millones que carecen de agua potable y 4.200 millones sin servicios sanitarios. Son 1.600 millones los que habitan en espacios insuficientes y precarios; de éstos, 1000 millones malviven en la calle o en cubículos improvisados. No es posible para ellos lavarse las manos y mantener la distancia social. Las dos terceras partes de la humanidad no están confinadas y serán las últimas en recibir medicamentos y vacunas, cuando existan. La pandemia, y sus terribles secuelas sanitarias y, sobre todo económicas,  afectan y afectarán de manera radical a los más necesitados y vulnerables. Algunos afirman que se trata de una crisis civilizatoria y que el modelo mercantilista y capitalista está siendo cuestionado por los hechos; otros, por el contrario, postulan que lo que prevalecerá será un centralismo autoritario, cuyo control acérrimo de las vidas individuales se llevará a cabo con refinamientos tecnológicos nunca vistos antes. Lo que parece cierto es que estamos ante una interpelación fáctica, con toda la connotación moral que encierra la palabra interpelación.

Siendo cristiano, apuesto por un realismo esperanzado. El corazón del hombre puede ser, y lo es muchas veces, tenebroso, capaz de malignidad y de acciones perversas y oprobiosas. Pero, si, como lo escribió lapidariamente Pascal, “el hombre supera infinitamente al hombre”, la condición humana esconde tesoros inagotables de bondad, de altruismo y de autodonación amorosa. El Espíritu de Dios, que “ha sido derramado sobre toda carne” desde la Resurrrección de Cristo, trabaja desde adentro esa condición suscitando compasión, solidaridad y cooperación. Contra toda apariencia, lo que cifra el acontecimiento personal encarnado en  Jesús de Nazareth viene a decirnos que el hombre es capaz de Dios. Nada menos. Por eso, aunque no dejo de tener presente la casi increíble fatalidad inercial que nos hace acostumbrarnos al mal, y a lo peor de nosotros, mi fe religiosa me convoca a confiar en la posibilidad cierta de que, asumiendo hasta el fondo la interpelación que la pandemia significa, caigamos en la cuenta de que no podremos subsistir como especie sin esa compasión, solidaridad y cooperación que la situación nos invita a reconocer, no sólo como necesarias, sino también como plausibles.

No pocas han sido las pestes que han azotado a la humanidad y han cambiado el rostro de la vida de los seres humanos, su comportamiento social… Pero sobre todo destaca la conducta de los cristianos ante estas circunstancias. En 1591, Luis de Gonzaga se echa encima a aquel enfermo gravísimo que se encuentra tirado en la calle y lo lleva hasta el hospital, contagiándose del tifo que lo mataría. ¿Qué significa para el cristiano de hoy echarnos al hombro a ese enfermo?

Ni el templo ni el culto son los lugares de acceso a la Divinidad. El templo como “casa de Dios” no es una noción cristiana, como ya lo sabía Lutero en el siglo XVI. Para el cristianismo, a Dios se lo encuentra de verdad en los espacios periféricos y marginales, aquellos que más incisivamente nos interpelan y descentran, aquellos que más nos obligan a salir, en auténtico éxodo, hacia las afueras del Yo, hacia la intemperie ética que significa la acogida radical del Otro: el pobre, la víctima, el pecador, el hereje (es decir, el que no comparte mi léxico mental), el impuro, el desheredado, el huérfano, el enemigo… Nadie celebra un ágape cristiano si no invita a él, simbólica y realmente, al excluido,  al que vive en el extrarradio de la tópica convencional. Es la heterotopía evangélica. De manera que “cargar al enfermo”, como hizo Luis Gonzaga,  es el gesto cristiano químicamente puro. “Defendió la causa del pobre y del indigente: ¿no es eso conocerme?, dice Yahvé” (Jer 22, 16).

¿Cómo se entiende todo este revuelo desde la poesía?

La poesía es pensamiento analógico y simbólico estructurado rítmicamente. Es pensamiento analógico porque su principal vehículo expresivo lo constituye la metáfora. Y el postulado ontológico que está detrás de la analogía metafórica es que el Todo del universo viene a ser esencialmente orgánico: todo está entrelazado, todo lo que existe, tanto en el macrocosmos como en el microcosmos, en el reino mineral, vegetal, animal y humano, en lo supraceleste y en el abismo, está vinculado entre sí de un modo radical. Por eso mismo la poesía nos devuelve el sentido cósmico de la existencia. Esta pandemia que padecemos nos hace vislumbrar el espanto, y también, por momentos, el gozo, de sabernos integrados a magnitudes que existen más allá de nuestro parcelamiento individual, del confinamiento privado donde usualmente se desarrolla nuestra vida mental. De pronto, nuestra suficiencia hipertrofiadamente autoconsciente de hombres y mujeres occidentales tiembla ante el roce físico, inesperado, de un orden natural que nos sobrepasa, nos ignora y nos amenaza.

*Magister en Estudios Políticos y de Gobierno. Miembro del Consejo de Redacción de SIC.

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