Reiventarse

Foto: Archivo web

Por Gonzalo Oliveros

Cuando uno decide migrar o es empujado a ello, una de las cosas que debe tener presente es esa, reinventarse. Le tocará hacerlo. Atrás quedan afectos y propiedades. Experiencias y profesiones. Se parte de la nada.

Cualquiera sea la edad del migrante, si este llega al país de acogida pensando que es factible hacer en este lo que hacía de donde viene, seguramente se equivocará y a quien eso le pasa, pierde.

El migrante está obligado a reinventarse, mientras se ajusta. Ello implica hacer cosas que, normalmente en su país de origen no hacía. Debe aprender o repasar. No le queda otra.

Sin duda que mientras eso ocurre está obligado a mantenerse, a hacerlo con la familia que se trajo si fue el caso y a enviar dinero a su país de venida. Y lo hará, aun contraviniendo la ley pues de hambre no se va a morir.

La excusa perfecta para esa contravención (obsérvese que no digo delito) es la carencia de documentación para trabajar y ese es un gran problema que compete a ambos países, al nuestro y al que nos recibe.

Nuestro país debe ponderar con serenidad de ánimo, más faltaba, pero también con rapidez, la necesidad de sumarse de pleno derecho a un mecanismo internacional que permita la incorporación de los venezolanos al mercado de trabajo de los países de acogida. Es esa en principio una decisión unilateral venezolana, la cual de seguro contará con el respaldo de los países que forman parte del respectivo tratado.

La situación en Venezuela ciertamente que no es beneficiosa en este momento para los países que formen parte del mismo, pero al cesar la usurpación, allá tendrán mercado abierto para sus productos, en tanto y cuanto estemos integrados al acuerdo. Estaríamos entonces sembrando las bases de un ganar-ganar.

Los venezolanos no vinimos a los países que nos recibieron a incumplir la ley. No es esa nuestra característica. En el caso de trabajo, lo hacemos simplemente por necesidad.

Permítannos nuestros gobiernos incorporarnos al mercado laboral en igualdad de condiciones.            Ambos, el nuestro y el del respectivo país de acogida, tienen la palabra en tanto y cuanto lo decidan.

 

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