Negociar, negociar, negociar

Por Alfredo Infante s.j.

Para que cese la destrucción de nuestro país, el cambio político es justo y necesario. Para que este cambio nos introduzca en un proceso de reconstrucción democrática, con un Estado de derecho que garantice condiciones de vida digna para la ciudadanía, debe garantizarse la gobernabilidad. En este sentido, insistimos, insistimos e insistimos en que la salida negociada y concertada, que pase por una agenda electoral, es la ruta, no hay otra. Oslo-Barbados es el camino.

El deterioro de la calidad de vida del venezolano ha llegado a niveles infrahumanos insospechados. Si el parámetro internacional para medir la pobreza extrema es de 1 dólar diario como salario mínimo, es decir, 30 dólares mensuales. Los venezolanos percibimos, en medio de esta locura hiperinflacionaria, un salario mínimo de 1,50 dólares por mes y, lo peor, con tendencia a seguir reduciéndose.

Los niveles de malnutrición y desnutrición son escandalosos; el acceso a la educación y la salud son negados, el colapso de los servicios públicos tiene a la población sin acceso a agua potable, electricidad, transporte, recolección de basura y no hay data pública estatal al respecto. La información confiable con la que contamos es la de ENCOVI y las redes de ONG, que ante el blackout informativo se han convertido en la principal fuente de información del país.

La crisis es sistémica y cualquier área está signada por la destrucción. Lamentablemente, por los niveles de desconfianza y polarización, la salida negociada a esta calamidad pareciera no tener mucha simpatía entre los actores políticos decisores, quienes cada vez coquetean con el seductor demonio de la ruta violenta y caen en el juego del poder: la guerra. Recordemos que la mejor guerra es la que se evita.

El régimen de Nicolás Maduro se levantó de la mesa de negociación con la excusa de las sanciones. Ahora crea un estado de guerra en la frontera con Colombia para poner a la comunidad internacional a dirimir una negociación con el gobierno de otro país y postergar el proceso de Oslo-Barbados por una solución política interna. En este escenario seduce al extremismo opositor que juega a la guerra e invoca el TIAR.

En esta lógica distractora, lanza también la controversia por el Esequibo con Guyana y, a nivel interno, pone a los sectores de la oposición que apuestan por la solución política a pelearse entre sí sobre la disyuntiva «elecciones parlamentarias o elecciones presidenciales», «electoralistas vs abstencionistas», «negociaciones parciales vs totales». El gobierno ha lanzado carnadas seductoras a los extremistas, que sueñan con una solución violenta, y a los del centro, que apuestan por la vía electoral.

Urge un acuerdo político democrático entre los actores políticos y sociales que apuestan por una solución política a la crisis y se desmarcan del juego de la guerra. Hoy, Venezuela parece un barrio, donde los violentos son pocos, pero marcan la agenda de la convivencia, mientras la mayoría -que desea vivir en paz- no acuerda el camino. Es hora de apostar a la paz como camino, no a la guerra.

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