La historia de María en medio del apagón

Foto: Archivo web

Por Bernardo Guinand Ayala

Es viernes y íbamos rumbo a 20 horas sin luz a nivel nacional. Un viernes particularmente atípico por circunstancias obvias, donde la única rutina respetada fue nuestra corrida mañanera en el Parque del Este, aunque literalmente éramos tres personas en la inmensidad del parque. Viene a mi mente el poema “Esos locos que corren” del uruguayo Marciano Durán, que perfectamente define ese momento de madrugada, a oscuras, mientras un empleado del parque abría la reja al constatar que aún sin luz, algunos locos saldríamos a trotar.

Más tarde, todos en casa empiezan a buscar cosas poco convencionales para hacer, aunque en otra época sería bastante normal salir al encuentro de los primos, privilegiar el balón antes que la TV o algún juego de mesa. Es increíble como la falta de energía eléctrica es capaz de afectar completamente la rutina, más aún en un mundo cargado de necesidades tecnológicas donde el celular, YouTube o Netflix marcan el día a día.

Afortunadamente, algunos encontramos refugio en la lectura y ha sido un buen día para revisar libros. Más que leer, fue de revisar textos o releer algunos fragmentos de esos libros cuyos capítulos ofrecen historias puntuales. Como es usual desde hace años, cuando me quedo observando mi biblioteca, suelo poner la mirada en un libro titulado “Red de Propósitos” el cual atesoro con verdadero cariño y reviso con cierta regularidad. Podría definirse como un libro de auto-ayuda, de esos que ofrecen reflexiones u oraciones de una sola página al estilo Anthony de Mello, Bernard Shaw, Confucio, santos o autores reconocidos, así como otros tantos anónimos.

Más allá de cada texto, que escojo al azar y suelo reflexionar algún rato sobre su moraleja, el verdadero valor del libro viene representado por quien me lo regaló. Por eso, cada vez que lo abro, lo primero que leo es la nota escrita a mano en una hoja carta anexa que dice:

“Lic. Bernardo: Reciba este regalo, escrito por el padre de nuestro querido Ricardo Márquez, en agradecimiento por todo lo que he recibido de usted. El mejor trabajo que he tenido. Gracias. Dios lo bendice” María Josefina

María es una mujer con quien compartí varios años de trabajo cuando dirigí el Centro de Salud Santa Inés de la UCAB. Enfermera de profesión y vocación y probablemente la persona de origen más humilde con quien haya trabajado en mi vida. Siempre fue agradecida con su trabajo y con las oportunidades que pudimos brindarle. María me dio una de las lecciones más contundentes cuando me habló de calidad de vida y me hizo comprender que esa situación depende de las posibilidades de crecer y prosperar, así como la actitud que tengas frente a la vida.

Mientras a mí podría preocuparme el solo hecho de pensar vivir en un barrio, María una vez se me acercó a agradecerme porque su trabajo en “Santa Inés” había incidido en su calidad de vida. Lo decía justo el día en que pudo comprar un candado para la puerta de su casa, a la cual se había mudado hacía muy poco. Dicha casa era un rancho de bloque que quedaba en una zona pobre de Antímano.

Para ella representaba una mejora, pues anteriormente su casa no se trancaba y era de latón y madera en la carretera hacia Guarenas-Guatire. Había ganado en cercanía a su trabajo – lo cual le ahorraba costos de pasaje y tiempo – así como en mejores materiales de su vivienda y seguridad. Ese día no pude quejarme de nada sino agradecer profundamente por todas las cosas recibidas.

A esa anécdota siguieron muchas más. María era una mujer muy sola que había sufrido mucho en la vida. Me llamó particularmente la atención cómo se apuntó de primera para atender el recién creado servicio amigable para adolescentes. Entonces comprendí que había sido madre adolescente y el servicio le permitía ser empática y cercana con las pacientes, pues había calzado esos mismos zapatos.

Quizás gracias a ello, así como la cercanía que tuvo con Ricardo Márquez, quien para la época dirigía el Departamento de Pastoral de la UCAB y a quien pudo conocer gracias a los talleres anuales que hacíamos con nuestros empleados, se reencontró con sus hijas de quien se había distanciado. El acompañamiento de Ricardo, el trabajo estable, la independencia económica, el deseo de autoevaluarse para avanzar más que para reprocharse, fueron dando luces para reencaminar su vida, acercarse a sus afectos y tomar decisiones importantes. Aprendí mucho de María y su humildad sigue siendo un referente en mi vida.

Además, durante muchos años, tal vez por el temor de encontrarse sola en su casa, dedicaba las vacaciones como voluntaria en algún hospital público, así como trabajada en el turno nocturno en Hogar Bambi cuidando a niños huérfanos justo después de cumplir su faena en Santa Inés. Esa mujer, se acercó un día a mi oficina, sin motivo alguno a regalarme esa “Red de Propósitos”, así que cuando lo abro y leo, no solo disfruto sus enseñanzas, sino los gestos que hacen que uno pierda el aliento y se sienta chiquitico frente a esa nobleza.

Hoy, nuevamente al azar, abrí el libro en la página 192 con un texto tomado de “La Oración de la Rana” del jesuita Anthony de Mello titulado “Confianza” y como anillo al dedo, en medio del apagón, me encuentro este texto:

En cierta ocasión, un discípulo le dijo a Confucio: “¿Cuáles son los ingredientes fundamentales de un buen gobierno?”

Le respondió Confucio: “Alimentos, servicios y la confianza del pueblo”
“Pero, si tuvieras que prescindir de uno de estos tres ingredientes” siguió preguntando el discípulo, “¿de cuál de ellos prescindirías?”

“De los servicios”

“¿Y si tuvieras que prescindir de uno de los otros dos?”

“De los alimentos”

“Pero, sin ellos la gente moriría”

“Desde tiempo inmemorial” dijo Confucio, “la muerte ha sido el destino de los seres humanos. Pero un pueblo que ya no confía en sus gobernantes, está verdaderamente perdido”

En fin, se hace obvio que este régimen que pretende atornillarse contra viento y marea, está verdaderamente perdido pues ha aniquilado no uno, ni dos, sino los tres ingredientes fundamentales para ser un buen gobierno. El apagón nos recuerda el enorme fracaso en los servicios públicos. La gente comiendo entre basura o niños muriendo por desnutrición, también nos habla de un gobierno que no es capaz de dar el sustento básico. Pero por sobre todo, Maduro y su combo, perdieron hace rato la confianza de la gente. Podrán aguantar con armas un rato, pero la historia universal ya anuncia su ocaso.

Y no es ciencia ficción, ni palabra de expertos, sino esa sabiduría popular y la sencillez, que tal como este texto y el ejemplo de María se presentan, como cosas de Dios, en nuestras vidas.

8 de marzo de 2019

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