Entre el desespero y la fantasía

Foto: Archivo Web

Por Javier Contreras

Ante el peso de una crisis que afecta todas las esferas de la vida cotidiana a nivel personal y por tanto a nivel social, de grupo humano, dos de las reacciones casi instintivas suelen ser las que conforman el título de este artículo. Por instintivas entendamos, en esta ocasión, que comportan un elevado grado de legitimidad, pero eso no las convierte ni el más deseable ni el más sensato de los caminos a tomar.

Vale hacer una precisión que, aunque raye en la obviedad, no deja de ser útil. El hecho de que la crisis sea multifactorial y abarque las distintas áreas del acontecer nacional, es la comprobación de lo diseñada que ha estado desde el principio por sus ejecutores; primero Chávez y ahora Maduro. La pretensión totalitaria de sus gobiernos, devenida en dictadura, necesitaba esta situación para poder hacer más débil a la organización social, destruir la institucionalidad, atentar contra los derechos humanos y generar dependencia hacia ellos.

Dicho lo anterior, hay que volver sobre la idea principal. Un mes ha pasado desde  el renacimiento de una esperanza que parecía haberse extinguido; un mes ha pasado desde que se pudo articular la tan invocada presión internacional con la cohesión de los dirigentes políticos internos (esto en cuanto sea posible, las brechas y distancias siempre existen, pero hubo acuerdo en la conveniencia de cerrar filas en torno a Guaidó y lo que él estaba por representar); un mes ha pasado desde que Maduro y su círculo, tan reducido como violento, acusaron recibo de un momentum desfavorable que, como pocas veces, los hizo reaccionar y no proponer su juego. Sí, solo pasó un mes.

Cuando el 23 de febrero sucedió lo ya sabido, que no es otra cosa que la expresión de la violencia de Estado más grotesca de la que se pueda tener memoria en Venezuela, descrita con asesinatos cometidos por cuerpos de seguridad y los civiles armados, llamados colectivos pero que en realidad son paramilitares bolivarianos, como país presenciamos un gran quiebre cuyo estruendo ahora se interpreta de distintas maneras. Para Maduro y los cómplices de la abyección que encarna, fue un triunfo, una pequeña muestra de lo que son capaces de hacer (coincidiendo con la desafortunada pero honesta frase de Delcy Rodríguez); para el resto del país y la comunidad internacional, lo presenciado fue motivo de preocupación creciente, dolor y profunda tristeza.

Aludiendo a las interpretaciones, resulta llamativo cómo en un importante sector de los que adversan al régimen que delinque por oficio, la valoración del 23 de febrero los sume en desesperanza, en esa suerte de atmósfera en la que todo está perdido y parece obligar a cuestionamientos automáticos en contra de Guaidó y sus estrategias, las mismas que hasta el 22 de febrero apoyaban y vitoreaban. Este movimiento pendular tiene una buena explicación: no se internalizó el mensaje y no se apropió la naturaleza de lo que se está viviendo, por tal motivo, las expectativas para ese nuevo diá D, eran sobredimensionadas.

También, y quizá como resultado de la desesperanza señalada, renació la fantasía, esa que tanto daño ha causado y seguirá causando porque, como todas las de su género, o no se cumplen, o si se cumplen el resultado no coincide con lo que se ha idealizado. La fantasía en cuestión es la invasión o intervención armada extranjera.

Independientemente del lenguaje ambiguo de ciertos actores, locales y foráneos, la realidad indica que no se va a dar, y menos en las condiciones que parecen estar esperando algunos, es decir, precedida de un acto protocolar que indique, públicamente, las características y modos que traería consigo. La fantasía tiene otro rasgo, es compartida por quienes rechazan y quienes apoyan a Maduro y su desastre. Para los primeros es una vía expresa, para los segundos es el fantasma conveniente, el enemigo omnipresente que da consistencia a su relato de soberanía.

El momento demanda calma, aplomo y estatura política, que de ninguna manera debe confundirse con ingenuidad, pasividad o debilidad, eso es distinto. Calma para entender que si en un mes se ha logrado mucho, ante un contratiempo (previsible, además) no hay que desechar lo obtenido; aplomo para que Guaidó y sus cercanos colaboradores no sean presa de voces de sirena; estatura política para reconducir, sin demagogia ni personalismo, la ruta que guie hasta el primer paso propuesto: cese de la usurpación.

Esta ruta tiene muchos caminos, pero que el desespero no represente una calle ciega, y la fantasía no se imponga como atajo.

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