Vivir nuestra fe en cuarentena

Foto de Portada: Daniel Hernández | @danielimagengrafica IG | @danielimagen TW

 

Editorial Revista SIC n° 823.

La fe es una relación. Tener fe no es asentir a doctrinas. La fe es la única relación que se da entre personas. Toda otra relación cosifica a aquel con quien se tiene. La primera relación de fe que hemos tenido casi todos es la relación con nuestra mamá, como respuesta a su relación con nosotros. La criatura humana es la más desvalida de las crías de los mamíferos. Por eso el autocentramiento absoluto del niño. Pero si su mamá tiene amor constante, antes de que pueda hacer ningún concepto, capta intuitivamente lo que el otro conoce y satisface sus necesidades, por eso se pone en sus manos. La entrega confiada del niño a su mamá es la respuesta a la entrega de esta a él. Es el modelo de la relación de fe: una entrega de sí horizontal, gratuita y abierta. Es la que se tiene muchas veces también con el papá, con los hermanos, parientes y amigos y con tantos otros que con su relación nos han puesto a la altura del tiempo.

Si esa mamá a los dos años le habla al niño de Dios y él saca la conclusión de que es como su mamá, pero mejor todavía, se entrega a él confiadamente.

Así pues, la fe no es un asunto solo religioso. Es la única relación que personaliza al que la entabla y al que corresponde. También se ve que tener fe en Dios no tiene nada que ver con saber que existe. Se tiene fe en él cuando se recibe su entrega, que es horizontal y gratuita, y se responde con la propia entrega en las mismas condiciones.

¿Tenemos relaciones de fe?

En este tiempo de cuarentena obligada no tienen lugar muchas ocupaciones, también nos ahorramos el tiempo de los desplazamientos. Tenemos, pues, mucho tiempo. Si vivíamos en los quehaceres, de buenas a primeras nos sentiremos desazonados, sin saber qué hacer, no solo con nuestro tiempo, que se nos aparece como vacío, sino con nosotros mismos. Porque los quehaceres pueden servir de excusa para no vivir centrados, que no es lo mismo que autocentrados, sino dispersos. Vivir centrados es vivir desde lo más genuino de nosotros mismos. Para nosotros los cristianos lo que somos como individuos es lo que Dios ha puesto en nosotros como talentos para que con ellos produzcamos vida y humanidad. Eso que somos es la manera concreta como somos hijos de Dios, este hijo concreto, único, y hermanos de los demás, este hermano irrepetible que somos cada uno.

Pues bien, si queremos ejercitar la fe que nos constituye en personas, nos tenemos que preguntar ¿confío en Papadios? ¿Creo que él quiere y busca mi bien, más todavía que yo? ¿O creo que es el Mandamás y que por eso hay que estar a bien con él? ¿Confío tanto en que él me quiere, que me pongo en sus manos para que me aconseje cómo vivir de la mejor manera, recibiendo la entrega generosa de tantos y dando lo mejor de mí mismo? Como tenemos tiempo, tenemos que aprovechar, no tanto para rezar oraciones sino para hablar con él con toda confianza y para llegar a ponernos realmente en sus manos.

Desde este asumirnos como hijos de Papadios viene el preguntarnos por nuestras relaciones con los demás. ¿Damos lo mejor de nosotros mismos de modo gratuito, horizontal y abierto? ¿O nos buscamos a nosotros mismos… nuestra complacencia, nuestra utilidad y así utilizamos a los demás y nos despersonalizamos y excluimos? ¿Amamos solo a los que nos aman, a los que consideramos nuestros, de nuestro entorno, de nuestro bando? Eso, dice, Jesús, no tiene mérito (Mt 5,46-47), peor aún, no tiene gracia (Lc 6,32-34). Al que le preguntó quién es mi prójimo, es decir, mi próximo, para amarlo, él le contó una parábola y le repreguntó: ¿quién se aproj(x)imó al que había caído en manos de los ladrones? (Lc 10,36). Nos tenemos que preguntar si nos hacemos prójimos de los necesitados.

Aunque a lo mejor nos tenemos que preguntar más elementalmente si amamos a alguien, si tenemos alguna relación gratuita, horizontal y abierta. Y, más elementalmente aún, si queremos tenerlas.

Los que han tenido fe en nosotros

Para responder a esta pregunta tenemos que desandar nuestra vida hasta nuestra mamá y hacer presentes a quienes nos han dado de sí porque nos han querido, porque han querido que crezcamos, porque han querido nuestro bien. Y sería bueno que hagamos conciencia también de que Papadios ha estado siempre discretamente presente queriéndonos sin pausa, dándonos la vida y más todavía su compañía gratuita. No ha estado vigilándonos, sino dándose gratuitamente.

Estas semanas de cuarentena pueden ser cruciales para hacernos cargo de quiénes se han relacionado con fe en nosotros, no porque la mereciéramos sino para que algún día fuéramos dignos de fe y diéramos a otros esa entrega de nosotros a la que tanto debemos. Pueden ser unos días decisivos para decidirnos ser personas fidedignas porque nos entregamos gratuitamente y de modo abierto y recibimos con agradecimiento la entrega de otros.

Pueden ser semanas cruciales en nuestras vidas si consideramos a aquellos con los que convivimos en la casa, en el trabajo, en otros grupos de referencia y decidimos relacionarnos con ellos con fe, adelantarnos a tener esa relación, que es siempre gratuita, no haciendo con cada uno de ellos como ellos hacen con nosotros, sino como quisiéramos que hicieran. Como Papadios hace siempre conmigo y también con ellos.

Jesús se entregó por mí y se sigue entregando

Desde este ejercicio denodado de fe estaremos bien dispuestos a recibir la entrega de Jesús que mientras lo crucificaban pedía a su Padre perdón por los que lo habían condenado y lo estaban torturando.

Desde ese ejercicio de fe comprenderemos mejor la Cena del Señor: él nos entrega su cuerpo, es decir, su persona, y su sangre, es decir, su vida, para que, recibiéndolas y viviendo de ellas, podamos hacer lo mismo, es decir entregar a otros esa vida que él nos da. Por eso decimos que este es el sacramento de nuestra fe: recibimos la entrega de Jesús, para que, viviendo de ella, podamos entregar también nosotros nuestra persona, nuestra vida.

Desde este ejercicio de fe podremos agradecer a Jesús porque, recreado en el seno de su Padre, está en el cielo como Hermano nuestro: llevándonos realmente en su corazón. Podemos contar siempre con su fe en nosotros y eso nos habilita para responderle con nuestra fe: con nuestro seguimiento discipular para hacer en nuestra situación lo equivalente de lo que él hizo en la suya, claro que a la medida del don recibido. Así podremos vivir como hijos y como hermanos de todos sin excluir a nadie de nuestro corazón y privilegiando a los que tienen más necesidad.

Aprovechar la cuarentena

Si aprovechamos esta cuarentena para agradecer a tantos que han tenido fe en nosotros y para corresponder entregándonos a los demás horizontalmente y de modo gratuito y abierto habremos vencido al mal a fuerza de bien y podremos decir: no hay mal que por bien no venga.

Una concreción de esta fe puede ser ayudar al que sé que no tiene comida y llamar a quien sé que se siente demasiado solo y, por supuesto, tratar con la mayor humanidad a aquellos con los que convivo.

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Fuente: Revista SIC n° 823 | Abril 2020.

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