Raúl González Fabre: “La vida entera ha de entenderse mirando a su origen y a su destino”

Por Juan Salvador Pérez*

A continuación, les presentamos la primera de una serie de entrevistas realizadas desde la Revista SIC a especialistas de diferentes displinas con el fin de reflexionar sobre la condición humana en tres aspectos esenciales: la muerte, la libertad y Dios, en medio de la terrible pandemia que azota al mundo actual. Iniciamos la primera de las disertaciones con Raúl González Fabre s.j., Ingeniero civil por la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB – Caracas), doctor en Filosofía por la Universidad Simón Bolívar (Caracas), fue miembro del Consejo de Redacción de la Revista SIC y actualmente es docente de Ética en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid).

Una pandemia, nos pone cara a cara con la muerte. Por más «de gripe» que la queramos maquillar… C.S. Lewis nos aconsejaba que cuando llegase el final, dejásemos que este nos encuentre haciendo cosas sensibles y humanas (rezando, trabajando, enseñando, leyendo, escuchando música, bañando a los niños, jugando al tenis, conversando con los amigos y una cerveza en la mano), y no amontonados y muertos de miedo. Pero hoy, sin duda estamos todos más en lo segundo que en lo primero ¿por qué?

No creo que estemos todos aterrorizados, ni que haya razones para estarlo. Se trata sin duda de una enfermedad peligrosa, pero no son de temer «los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma» (Mt 10,28). La vida entera ha de entenderse mirando a su origen y a su destino: cada uno ha sido creado por el Amor de Dios, y es esperado tras la muerte para vivir por siempre en ese Amor. Todo lo que nos ocurre en medio adquiere valor sólido en cuanto reflejamos el Amor de Dios para otros y experimentamos a nuestra vez ese reflejo en personas y cosas. Atravesarán con nosotros el río de la muerte solo el amor que hemos dado y el que hemos recibido.

Ni la muerte es inusual, ni la experiencia del Amor lo es. Al contrario, ambas son universales en la existencia humana: todos vamos a morir; y todos somos creados, sostenidos en la vida y destinados a vivir definitivamente en el Amor. Como la luz (pues es la Luz), todos experimentamos el Amor en algunos de los multiformes reflejos con que se expresa en el mundo, mostrando con colores distintos un mismo significado último: que el Amor de Dios, más fuerte que la Muerte, nos constituye de raíz.

Lo único inusual de la situación actual es que, tratándose de un virus muy contagioso, algunas de nuestras formas más obvias de reflejar el Amor de Dios, las que requieren cercanía física, deben reducirse al mínimo por un tiempo. El tiempo preciso para que se encuentre un tratamiento que evite que el contagio suponga la muerte para algunas personas más vulnerables o atacadas por cepas muy agresivas del virus. No más, no menos.

Lo que el virus nos revela no es nuestra mortalidad, que solo un necio (en el sentido de la parábola: Mt 25,13) podría haber ignorado. Lo que nos revela es la importancia de la corporalidad, de la cercanía física, tanto para las relaciones interpersonales como para las más estructurales, por ejemplo las económicas y políticas.

Quienes no tienen más remedio que mantener el contacto físico directo (los sanitarios, cuidadores, en general quienes se ocupan del cuerpo de otros) o indirecto (porque sostienen los servicios básicos de los que dependemos todos en sociedades complejas), saben que se exponen al virus y no piden dejar de exponerse sino que se les dote de los medios posibles para reducir el riesgo. No han desertado; no están aterrorizados. Sea cual sea su conciencia de ello, estas personas reflejan el Amor de Dios de una manera más patente en esta circunstancia difícil, y merecen nuestra admiración por ello.

Los demás intentamos aprovechar todos los medios a nuestro alcance para seguir reflejando el Amor, tanto de manera interpersonal como estructural, sin contacto físico. Usando la tecnología disponible, las familias se están comunicando como nunca antes en nuestras generaciones; todo el que puede está teletrabajando para seguir produciendo bienes y servicios útiles a los demás; mil iniciativas de apoyo y solidaridad están apareciendo conforme se supera la perplejidad de condiciones inusuales. Así pues, los demás tampoco hemos desertado ni estamos aterrorizados. Solo estábamos perplejos pero cada vez lo estamos menos y encontramos mejor qué podemos hacer por los demás sin cercanía física.

Pareciera que uno de los principales «enfermos» del COVID19 es el Sistema de Libertades. El protocolo asumido por los países es el del confinamiento, la cuarentena general obligatoria, el sitio de las ciudades, prohibiciones, en fin… El  autoritarismo ante la crisis, como única forma de manejo de la situación ¿acaso no era posible mantener el Sistema de Libertades en pleno? ¿No somos capaces de ser obedientes y libres a la vez?

Las estrategias nacionales para frenar el contagio han sido variadas, dependiendo de los recursos tecno-sanitarios disponibles y de la capacidad de gestión de los gobernantes. La realización masiva de pruebas y el confinamiento limitado han producido los mejores resultados, en lugares como Taiwán y Corea del Sur. China recurrió al confinamiento de una provincia entera y a un despliegue sanitario masivo, y también parece haberle salido bien. Otros lugares están en más problemas, fundamentalmente por no haber preparado a tiempo los recursos sanitarios precisos para una crisis de salud sobre la que tuvieron semanas de preaviso. Europa y Estados Unidos pertenecen a este grupo. Son muy de temer los efectos sobre las poblaciones de países que ni prepararon ni hubieran llegado lejos preparándose para la crisis, porque sus sistemas sanitarios ya eran muy débiles de antemano. Venezuela o Irán son ejemplos de esto.

El espacio de las libertades individuales ha de ser el máximo compatible con el bien común. Los gobernantes autoritarios se inventan ‘guerras’ ficticias y otras patrañas, a fin de sacrificar las libertades a una sensación de inseguridad generada por ellos mismos.

Una peste altamente contagiosa y sin buen tratamiento, sin embargo, no constituye ninguna patraña: las acciones de cada uno afectan inmediata y claramente al bien común. Las libertades, precisamente por serlo, admiten que cada cual las emplee como considere conveniente. Han de tener, por tanto, un límite de ejercicio: cuando afecten al bien común de manera muy negativa y muy obvia, no puede correrse el riesgo de un mal uso de ellas. Deben hacerse cumplir algunas reglas para intentar detener el contagio.

En ello no hay nada raro, y las poblaciones están aceptando bien esas reglas provenientes de sus gobiernos. Somos conscientes de que el contagio no solo afecta a cada cual, sino también a todos aquellos con quienes un portador entre en contacto, directo o indirecto. Entonces sí, estamos siendo masivamente obedientes y libres a la vez. Y como siempre habrá algunos que no serán tan obedientes, se precisan recursos, del Estado y de presión social, para mantener las reglas comunes que limitan el contagio.

Ahora, lo que las poblaciones no tienen por qué perdonar es la incapacidad de sus gobernantes. Hacemos sacrificios (temporales: hasta que el virus se controle) muy significativos, para que sean efectivos. La efectividad en el control del virus no depende solo de la obediencia por parte de la población, sino de un funcionamiento adecuado del sistema de salud, tanto preventivo como en la detección y el tratamiento de la enfermedad. Esto es responsabilidad básica del gobierno.

Quisiera por último retomar aquel viejo y conocido dilema de Epicuro, ante todo este revuelo de pandemia. «O Dios no quiso o Dios no pudo evitar el mal en el mundo», en cualquiera de estas dos premisas, el ser humano se cuestiona al final la existencia de Dios, o al menos la existencia de un Dios bueno y todopoderoso, pero nosotros los creyentes insistimos en que Dios es Amor (Deus caritas est) ¿cómo nos mantenemos allí?

Siempre me ha llamado la atención que el maremoto de Lisboa de 1755, un desastre natural que mató quizás a 100 mil personas, no afectó la fe del pueblo portugués. Ellos entendieron de qué lado estaba Dios ante la catástrofe, y siguieron creyendo y haciendo lo mejor que sabían. Curiosamente, sí pareció afectar a Voltaire, que no vivía en Lisboa sino en Suiza. Claro que Voltaire ya no creía gran cosa para entonces, de manera que aunque usara el argumento contra la existencia de Dios (un argumento tan viejo como el libro de Job, por cierto), tampoco le quitó mucha fe.

El mundo es básicamente tarea nuestra. Igual que se desarrollan los músculos haciéndolos trabajar contra resistencias (los astronautas pierden rápidamente masa muscular en ambientes de gravedad cero), el ser persona y el ser sociedad se desarrollan de hecho contra las resistencias del mundo. Acabar la guerra, erradicar la pobreza, cuidar, cultivar y a la vez controlar la naturaleza, y arrinconar la enfermedad, nos corresponde a nosotros, a cada uno y coordinadamente, o siendo más preciso, a cada uno conjuntado con los demás.

Salvo casos muy excepcionales, la acción de Dios en el mundo ocurre desde dentro de las personas, inspirándonos y moviéndonos. Por tanto, depende de la voluntad humana (incluso la Encarnación de Cristo necesitó la aceptación de María, Lc 1,38), y se concreta en acción humana que refleja el Amor de Dios.

La pasión de Dios también se nos hace clara en la Pasión de Jesús: «Tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos… hasta someterse incluso a la muerte» (Flp 2,7-8). Y como uno de tantos, como tantos en la Humanidad, sufre la guerra, la pobreza, las catástrofes y la enfermedad.

Sean cuales sean nuestros éxitos y fracasos en dominar esas fuerzas destructivas, de todo ello nos rescatará Dios finalmente en la Vida Eterna, tras la muerte. Y contra todo ello actuamos ahora, con la fuerza de su Espíritu, en esta vida.

Nuestra generación no es la primera que sufre una epidemia contagiosísima y sin buen tratamiento. Al contrario, hace un siglo hubo otra, y antes otras muchas. Incluso dentro de nuestro tiempo de vida, hemos visto el SARS, el ébola, el SIDA, las vacas locas… En todas, Dios sufrió con los que sufrían y la acción humana controló finalmente la epidemia. Esa acción era a la vez acción de Dios que movía a las personas a reflejar su Amor.

En este caso es lo mismo que en todos los anteriores. No se trata de una circunstancia nunca vista en la historia de la Humanidad ni del Cristianismo. Igual que los creyentes del siglo VII, los del siglo XIV o los del siglo XX, la fe viva por el Espíritu nos comunica la pasión de Dios en esta epidemia y nos inspira para actuar reflejando su Amor, en vez de atascarnos en la perplejidad, el egoísmo o el miedo.

*Abogado. Magíster en Ciencias Políticas. Miembro del Consejo de Redacción de SIC.

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