Pedro Trigo s.j.: “Dios quiere que en las situaciones difíciles crezcamos como personas y como sociedad”

Por Juan Salvador Pérez*.

A continuación, les presentamos la cuarta de una serie de entrevistas realizadas desde la Revista SIC a especialistas de diferentes displinas con el fin de reflexionar sobre la condición humana en tres aspectos esenciales: la muerte, la libertad y Dios, en medio de la terrible pandemia que azota al mundo actual. Esta vez contamos el aporte de Pedro Trigo s.j., jesuita venezolano de origen español, Licenciado en Filosofía y Letras, y Doctor en Teología, trabaja en el Centro Gumilla desde 1973, organización de la que ha sido director en dos ocasiones. Ha sido profesor de Pensamiento Latinoamericano en la Escuela de Filosofía de la UCAB, y actualmente es profesor ordinario de Teología y director del Departamento de Investigaciones en el Instituto de Teología para Religiosos asociado a la Pontificia Universidad Salesiana de Roma y Facultad de Teología de la Universidad Católica Andrés Bello en Caracas. Forma parte de la Comisión de Teólogos jesuitas de la Conferencia Provinciales de América Latina.

Una pandemia, nos pone cara a cara con la muerte. Por más «de gripe» que la queramos maquillar… C.S. Lewis nos aconsejaba que cuando llegase el final, dejásemos que este nos encuentre haciendo cosas sensibles y humanas (rezando, trabajando, enseñando, leyendo, escuchando música, bañando a los niños, jugando al tenis, conversando con los amigos y una cerveza en la mano), y no amontonados y muertos de miedo.  Pero hoy, sin duda estamos todos más en lo segundo que en lo primero ¿por qué?

Es cierto que por regla general han muerto sobre todo los que tenían enfermedades o estaban muy débiles por ellas o por ser mayores tenían menos vitalidad o estaban abandonados.

Es cierto, pues, que esta pandemia ha reflejado la estructura piramidal de la sociedad con la desatención a los de más abajo y a los más excluidos.

Ahora, eso no tiene mucho que ver en cómo afronta cada quien la posibilidad de la muerte. Un superatendido puede afrontarla con horror o desesperación y un abandonado la puede afrontar en paz. En primer lugar, todos estamos siempre abiertos a la muerte que nos puede llegar en cualquier momento. Otra cosa es que nos queramos ocultar esta realidad permanente, como si fuéramos a vivir siempre. Esa es la pretensión de esta globalización para la que no existe el pasado ni el futuro, sino un presente que se expande y nosotros con él. En los medios no existen enfermos ni viejos ni muertos. Obvio que si yo vivo en ese horizonte, la proximidad o al menos la posibilidad de la muerte que es la que ordena el confinamiento es una noticia desagradable que trataré de ladear inventando cómo pasar el tiempo sin pensar en mí mismo.

Pero muchos y concretamente muchos en nuestro país sí cuentan con la realidad de la muerte, incluso han ayudado bien a morir a familiares o a otros y no les parece una tragedia sino una realidad que tienen que vivir lo más humanamente posible, venga como venga. Porque nosotros no decidimos cuándo morir sino cómo vivir y morir, que ya es bastante. Esto significa que creo que la mayoría no vive este confinamiento con amargura pensando en la posibilidad de una muerte a destiempo. Trata de no aburrirse, de llenar el tiempo humanizadoramente y de conseguir comida y agua. Y la dificultad de conseguirlas, sobre todo por no tener cómo, sí causa mucho dolor. Aunque no pocos lo sobrellevan con dignidad.

Así pues, la reclusión por la pandemia ha puesto al descubierto dónde estábamos cada uno. Y es cierto que el que flotaba en el orden establecido la tiene más difícil que el que había tomado la vida en sus riendas; su vida, el sentido humano de su vida. Ahora bien, para todos es una oportunidad que se nos da para volver sobre nosotros mismos, para que no se nos tenga que decir: “¿De qué sirve ganar el mundo entero si malogramos nuestra vida?”

Pareciera que uno de los principales «enfermos» del COVID-19 es el Sistema de Libertades. El protocolo asumido por los países es el del confinamiento, la cuarentena general obligatoria, el sitio de las ciudades, prohibiciones, en fin… El autoritarismo ante la crisis, como única forma de manejo de la situación ¿acaso no era posible mantener el Sistema de Libertades en pleno? ¿No somos capaces de ser obedientes y libres a la vez?

Diría lo mismo que en la primera. Puede parecer algo demasiado primitivo confinarnos en casa preventivamente. Podría pensarse en unas medidas más complejas e igualmente seguras.

En nuestro país es claro que no hay alternativa, porque no existe Estado ni cuerpo social y, sobre todo, porque nosotros tenemos que extremar las medidas preventivas porque si cunde el mal no tenemos cura. Si en los hospitales no hay ni agua, cómo vamos a pensar que en ellos podremos curarnos. Lo único que podemos hacer, lo más sensato, es prevenir eficazmente. Así pues, yo estoy de acuerdo, en concreto para nosotros con las medidas.

Ahora bien, el confinamiento puede vivirse con libertad o renegando. Aunque hubiera sido injusto por lo tosco y poco matizado, yo lo puedo vivir con toda libertad o llorando mi impotencia y maldiciendo al gobierno. Así pues, esta privación de libertad yo la puedo vivir con libertad. Y como la vivo con libertad busco sacarle el mayor provecho, vivir proactivamente, vivirla como oportunidad para estar conmigo, con los que comparto la vivienda, con los compañeros y amigos (para eso están los medios digitales) y con Papadios. Y por eso, aunque el confinamiento desgasta sicológicamente, lo vivo con paz y dando lo mejor de mí.

Quisiera por último retomar aquel viejo y conocido dilema de Epicuro, ante todo este revuelo de pandemia. «O Dios no quiso o Dios no pudo evitar el mal en el mundo», en cualquiera de estas dos premisas, el ser humano se cuestiona al final la existencia de Dios, o al menos la existencia de un Dios bueno y todopoderoso, pero nosotros los creyentes insistimos en que Dios es Amor (Deus caritas est) ¿cómo nos mantenemos allí?

A esta pregunta respondo que el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, a diferencia del Dios de la mayoría de los cristianos (ojalá me equivoque) no es todopoderoso según la idea que tenemos de omnipotencia, ya que en el ambiente establecido ello significa que puede hacer todo lo que quiere y que lo hará por las buenas o por las malas, aunque él desee hacerlo siempre por las buenas. El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo es únicamente amor, luego sólo puede hacer lo que cabe en el amor, en el amor infinito. En el amor no cabe imponerse a nadie por la fuerza. En el amor no cabe sustituir a los demás.

Por eso el Dios cristiano no mete la mano en el mundo. Se relaciona personalmente con todos y cada uno. Su Espíritu constantemente nos mueve al bien, a la vida, a la humanidad. Y Jesús nos atrae siempre con el peso infinito de su humanidad; nos atrae a hacer en nuestra situación lo equivalente de lo que él hizo en la suya, a la medida del don recibido, y así nos lo posibilita. Pero somos nosotros los que tenemos que dejarnos llevar por el impulso del Espíritu y los que tenemos que seguir a Jesús. Ellos nos lo posibilitan. A todos, porque su Espíritu mueve a cada uno de los seres humanos y Jesús nos atrae a todos a ser humanos como él, aun a los que no lo conocen. Pero sólo en nosotros está comportarnos humanizadoramente.

A ellos les duele terriblemente nuestro extravío, pero no pueden sustituirnos. Se relacionan siempre con nosotros y esperan que correspondamos. Pero sólo nosotros podemos hacerlo.

La estructura de la relación de Dios con nosotros es la alianza. Él, a través de su Hijo Jesús, nos ha dicho que sí incondicionalmente. Pero no por eso estamos salvados, porque para que se realice la alianza se necesitan dos sís. La historia está para que lo demos. Pero ellos no lo pueden hacer por nosotros.

Dios quiere que en las situaciones difíciles crezcamos como personas y como sociedad. Pero somos nosotros los que tenemos que hacerlo. Que así sea.

*Abogado. Magíster en Ciencias Políticas. Miembro del Consejo de Redacción de SIC.

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