Pedir, ofrecer, buscar y hallar

Por Alfredo Infante s.j.

Ignacio fue descubriendo que la relación íntima y profunda con Jesús era su mayor alimento y, así, como pedía a la virgen: «María, ponme con tu hijo Jesús», le pedía también a Papa Dios «conocimiento interno y profundo de su hijo Jesús, para más amarle y seguirle», petición que tantas veces hacía con lágrimas votivas; y cuando sus compañeros lo encontraban llorando les decía que se trataba del «don de lágrimas».

Su pasión por Cristo fue de tal calibre que centró toda su vida en conocer y amar a nuestro Señor, y siempre mantuvo la actitud de quien se inicia, sabiendo que el camino de fe es una relación siempre abierta, nueva, y llena de posibilidades, y no una doctrina que se aprende, con principio y fin. «Los llamó para que estuvieran con Él y enviarlos» (Mc 3,13-14).

Y se dispuso, entregando toda su vida a Dios, no como un toma y dame, sino como una donación confiada, una relación mística del amado con el amante y, por eso, oraba «toma, Señor, y recibe toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo lo que soy y poseo, tú me lo diste, a ti Señor lo devuelvo, dispón de mí según tu voluntad, dame tu amor y gracia, que ésta me basta»

Y con el alma libre de quien se siente rescatado y recreado por el amante, se lanzó al mundo como testigo del amor y en las fronteras existenciales, sociales, culturales, científicas, se dedicó a «buscar y hallar la voluntad de Dios» «para más amarle y seguirle» «según persona, tiempo y lugar».

Como a Ignacio, hoy el amante, nos coloca en esta frontera llamada Venezuela, para en medio de la noche, «más amarle y seguirle» y ser testigo de la esperanza, también, con «lágrimas votivas» con la certeza de que «nos llamó para estar con Él» (Mc3,13-14).

«Sagrado corazón de Jesús, en vos confío

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