Marisabel Reyna: «Es tiempo para conocernos íntimamente y hacernos mejores amigos»

Por Juan Salvador Pérez*

Continuamos con la serie de entrevistas realizadas desde la Revista SIC a especialistas de diferentes disciplinas para reflexionar sobre la condición humana. Esta vez tocamos tres aspectos: primero, el saber escuchar; segundo, cómo sobrellevar el silencio; y, por último, la paciencia ante la adversidad, en medio de la pandemia que azota al mundo.

En esta oportunidad contamos con los aportes de Marisabel Reyna. Abogada, egresada de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) y licenciada docente en matemáticas de la Universidad Simón Bolívar (USB). Ha cursado estudios de Teología y Filosofía a nivel de maestría en el Instituto de Teología para Religiosos (ITER). Y es magíster en Administración del Instituto Estudios Superiores de Administración (IESA).

Para entender el éxito de los países asiáticos ante la pandemia, el filósofo coreano Byung-Chul da especial relevancia a la cultura de los orientales. Según éste, son menos renuentes y más obedientes que los occidentales. “Obedecer” (ob audire) tiene, en su origen etimológico, más que ver con saber escuchar que con cumplir mandatos. ¿Sabemos o no sabemos escuchar?

Es interesante esa comparación entre oriente y occidente. En estos momentos tal vez se hace más pertinente el origen etimológico de obedecer. Es escuchar y poner en práctica, por el bien de la colectividad, de la comunidad que nos rodea, lo que se nos pide. Entender que todos en el mundo nos estamos jugando un futuro tenebroso y que habría que hacer lo que la razón y la ciencia aconsejan para que el precio a pagar sea menos grave. Y esto hay que tenerlo en cuenta.

Sin embargo, en relación con la obediencia, es importante destacar justamente la característica que está presente al tener la posibilidad de escuchar. Y es la de la libertad. Sin libertad no hay posibilidad de obediencia. Se obedece libremente. Porque se comprende y se acepta qué es lo que se debe hacer en el momento. No es como borregos, sino deliberadamente y con responsabilidad. Y esto presenta hoy en día un serio problema en relación a lo que se entiende por libertad. La libertad no es para hacer lo que yo quiera porque lo quiero, sino para decidir libremente recorrer el camino que debo recorrer porque es bueno, es justo, ayuda y colabora con los otros, protege mi dignidad y la de los demás…

Pero la libertad es fundamental y no se puede renunciar a ella, ni por miedo, o conveniencia, o intereses. Es el don que nos ha dado Dios y que Él respeta absolutamente. Nos lo ha dado porque cree en nosotros y confía en que sabremos con su ayuda encontrar y recorrer caminos de humanidad que nos hagan crecer y desarrollarnos como podemos y debemos hacer.

Estas cosas suenan muy teóricas y, en general, les pasamos por encima. Pero no lo son, si tenemos tiempo y voluntad de reflexionar, de ahondar dentro de nosotros mismos con verdadera deliberación. En ese caso me descubro como una persona que se está construyendo permanentemente y en cuya construcción puedo y quiero intervenir. Esa es justamente la gracia de ser humano y de tener libertad y a ella en ningún caso puedo renunciar.

Sin embargo, seguramente en occidente en los últimos siglos se ha exacerbado el sentido del individuo en detrimento de la colectividad. En todas las áreas, en lo económico, en lo político, en lo social, en el tema de la libertad y los derechos individuales… Y la cultura se va llevando todo a su paso. Ha llevado al cristianismo también en este camino de privilegiar al individuo en relación a la comunidad. Y nos ha hecho perder de vista a la inmensa cantidad de gente que vive en condiciones que no son compatibles con el respeto que debemos a la persona humana.

Se ha establecido una estructura, una organización en el mundo terriblemente injusta contra la cual no se oye nuestra voz como tendría que oírse si realmente fuéramos seguidores de Jesús. Porque ese seguimiento es muy exigente en relación con los hermanos (que son todos los hombres) a quienes debemos nuestro interés, nuestro esfuerzo, nuestro trabajo, nuestro amor.

Pero todo eso se ha vuelto lejano: “son estructuras con las cuales no puedo luchar, es gente que vive lejos y que no sé cómo ayudar, que no tienen que ver conmigo y que a lo mejor son flojos o no hacen lo que deben o quién sabe por qué se encuentran así…” Y mientras tanto, sigo mi vida tranquilamente -sin darme cuenta de que mi responsabilidad es inmensa- porque no hay mucho que pueda hacer, pero viviendo inmersa(o) y participando en esta “civilización” de consumo desenfrenado, que va destruyendo cada vez más aceleradamente el mundo que Dios ha creado para el disfrute de todos.

Los cristianos hemos tenido siempre una inmensa responsabilidad en el sentido de hacer a la humanidad caminar por derroteros de paz, de justicia, de amor y fraternidad y, aunque ha habido muchos que lo han hecho ejemplarmente, como comunidad global, como catolicidad nos hemos quedado muy cortos.

Es muy importante saber escuchar (ob audire) para seguir el camino que Dios me asigna y escuchar de verdad, a pesar de la gritería en contra que es casi lo único que hoy se puede oír: “todas esas cosas son utópicas, están puestas en los evangelios como algo que debería ser en otro mundo y otra vida, pero que son imposibles en ésta, son ideales inalcanzables para el hombre que es pecador, egoísta, vanidoso, orgulloso, peleón, agresivo, acaparador…y no va a dejar de serlo aunque trate”. Y así no hay que esforzarse, porque es un imposible lo que se nos pide. Ni siquiera somos capaces de pensar que por nuestra propia iniciativa y esfuerzo no será posible, pero tenemos al Espíritu que nos fue prometido y con él es posible cumplir el mandato del Señor: “Sean, pues, ustedes perfectos, como su Padre que está en el cielo es perfecto”. Debe ser posible si Él lo mandó.

El papa Francisco, en estos días, comentando sobre Hechos 4 que habla de cómo los creyentes pensaban y sentían de la misma manera y no había necesidad entre ellos, decía que era un modelo para nuestra actuación y que era cierto que muy pronto se presentaron las discordias entre ellos, como suele ocurrir, pero esas discordias tenían entre sus causas tres muy fundamentales: el dinero, la vanidad y las murmuraciones. Cosas que, por supuesto, podríamos fácilmente evitar, si realmente lo quisiéramos. Como siempre, nos dejamos ofuscar, distraer, desviar por lo trivial de lo que es verdaderamente importante.

El confinamiento, el distanciamiento – aún en casa con los nuestros – nos lleva casi inexorablemente al silencio. Teresa de Calcuta decía que para ella el silencio era el inicio de la oración. Pero el silencio también aturde. ¿Cómo debemos llevar el silencio en estos días?

El silencio es casi un desconocido en nuestros tiempos, por lo menos en occidente. Los padres del desierto cultivaban la meditación que justamente lleva al silencio y nos permite conectarnos con lo más profundo de nosotros mismos, donde está Dios. La quietud, la introspección, la meditación y el silencio casi que han desaparecido en este mundo de perpetuo movimiento, de estar siempre buscando hacer algo, conseguir cosas, alcanzar logros y victorias, la mayoría de las cuales se las lleva el viento.

El silencio nos aturde cuando no estamos acostumbrados a él, cuando no es nuestro amigo y compañero habitual. Porque es un hecho real, aunque no queramos aceptarlo, que somos capaces de adaptarnos a cualquier cosa, que las circunstancias nos van moldeando sin que nos demos cuenta y nos vamos acostumbrando a cómo son las cosas que conocemos y nos convencemos de que así tienen que ser; y eso no es verdad. El medio nos va construyendo si no estamos muy pendientes y eso se produce mucho más rápido en estos tiempos de medios electrónicos y redes que nos bombardean y no nos dan espacio para ser. Pero creo que es muy importante que entendamos que con el cambio de nuestra manera de pensar cambiamos el mundo que nos rodea.

Es importante decidir por nosotros mismos que es lo que vamos a aceptar y lo que vamos a rechazar. Y en esto el silencio es fundamental. En silencio me encuentro conmigo. Y esa es una compañía que hay que valorar. ¿Lo hago? ¿O en las múltiples actividades en que me involucro lo que estoy haciendo es huyendo de mí? ¿Será que no me gusta, no aprecio lo que veo cuando me contemplo? Lo primero que tengo que hacer para lograr algo de mí mismo(a) es verme como soy sin adornos ni agregados y aceptarme. Es demasiado importante aceptarme tal cual soy. Valorar todo lo positivo y valioso que hay en mí; y es mucho lo que hay así. Luego agradecer lo que soy y reflexionar sobre lo que puedo llegar a ser. Y ahora sí, disponerme a construir eso que puedo ser.

Pienso que esta es una gran oportunidad que se nos ha regalado (porque Dios saca cosas buenas de las malas y así deberíamos hacer también nosotros) para analizarnos y pensarnos a nosotros mismos y a la existencia que llevamos, nuestros propósitos, nuestros valores y nuestras acciones. Para reflexionar sobre si es congruente cómo vivimos con lo que decimos creer, sobre cuántas cosas importantes para nuestra vida y la de los demás podríamos hacer y no estamos haciendo. Es tiempo para conocernos íntimamente y hacernos mejores amigos y, por supuesto, para estar cerca de otros que nos necesitan. Una ventaja de los adelantos tecnológicos de nuestro tiempo es que podemos acercarnos a personas que tenemos lejos, pero acercarnos de verdad, para oírlos y quererlos, comprenderlos y hacerlos sentir importantes.

Si algo creo que debería haber logrado el coronavirus es habernos convencido de que somos todos lo mismo. Y que la solidaridad y la fraternidad construyen un mundo infinitamente mejor. Nos hacen ser humanos de verdad. Hormigas de la misma tierra, como decía Andrés Eloy. Mucho se habla de que el coronavirus no conoce fronteras y no necesita pasaporte, pero lo más significativo es que visita a cualquiera, basta que sea ser humano. Esos son los únicos que le gustan y no le importa que sean de un color o una raza o un género o una edad o rico o pobre o gordo o flaco o alto o bajo.

Los tiempos duros demandan actitudes virtuosas y entre esas actitudes se destaca la paciencia. “Patientia” viene del latín “patis”, sufrir. Hoy la entendemos como la capacidad para soportar adversidades. ¿Qué nos exige ser pacientes en estas circunstancias?

Ciertamente, la paciencia es una virtud, y una virtud muy valiosa. Dios nos muestra eso incesantemente. ¡Cuánta paciencia tiene con nosotros! ¡Con cuánta paciencia espera por nosotros! ¡Con cuánta paciencia nos permite ir recorriendo nuestros caminos, la mayoría tan equivocados, y espera!

Y eso es impresionante. Con todo el supuesto progreso que la humanidad se supone que ha logrado, con todos los avances de la ciencia y de la tecnología, del conocimiento del cual nos vanagloriamos y por lo cual nos sentimos superiores y autónomos, ¡es impresionante ver lo que el hombre ha hecho del mundo! Un mundo tan extraordinario que nos ha sido confiado para que lo cuidemos y continuemos la creación maravillosa de Dios.

La paciencia es difícil y como toda virtud hay que practicarla, no se da sola y sin esfuerzo. La paciencia implica dominio de mí. Eso es fundamental. Si quiero ser persona tengo que ser dueño de mí y de mis emociones. Y eso es un trabajo permanente y exigente. Los progresos son lentos, y justamente por eso se requiere mucha paciencia. Paciencia para aceptar las cosas como son y paciencia para hacer lo que hace falta para cambiarlas y para cambiarnos.

Plutarco decía que la paciencia tenía más poder que la fuerza. Y eso es algo para meditar seriamente. A lo largo de la historia el hombre ha tratado de resolver los problemas por la violencia y las guerras pero, desafortunadamente, no aprende que eso lo que produce es mayores problemas y nuevas guerras. Sin pensar que justamente la característica principal del ser humano es su capacidad de pensar y de expresarse en el lenguaje y es ese el instrumento adecuado para utilizar en todo momento. Eso sí, sabiendo escuchar y ponderar los argumentos en un sentido y en otro, sin dejar que las emociones, los intereses personales, los gustos y disgustos pequeños distorsionen el pensamiento. Pero tarda la paciencia, tarda y queremos todo ya.

Y, por supuesto, esta pandemia y el encierro que ella ha producido nos obligan a practicar varias virtudes importantes y tal vez la más exigida es la paciencia. Paciencia con la situación de encierro y limitaciones que cuesta aceptar, con la necesidad de cuidarse y practicar tantos requisitos para no contaminarse. Paciencia y tranquilidad frente a las angustias económicas y las consecuencias para la familia. Paciencia frente a la inseguridad que produce no saber en qué momento nos podemos enfermar y cuán grave puede ser. Paciencia con las personas que comparten nuestro encierro y que les vemos cada vez más defectos y problemas si no trabajamos por aceptarlas y verlas de otra manera menos gravosa. Y más que nada paciencia con nosotros mismos que tenemos que soportarnos mucho más cercanamente de lo que normalmente hacemos. Y más importante aún, vamos a necesitar paciencia cuando pase el grave peligro de la pandemia para reconstruir nuestro mundo que no puede ni debe seguir como venía.

En términos modernos dirían “reinventarnos”, pero eso es un grave error, fruto de la soberbia que nos acompaña desde que empezamos a sentir que éramos todopoderosos y no había nada que la ciencia no pudiera lograr. No hay manera de “reinventar” al hombre. Lo que hay es maneras de mejorarlo e ir perfeccionando al ser humano y al mundo que habita, pero eso dentro de estructuras y naturaleza que vienen dadas y que tienen caminos correctos, y otros no tan correctos, para ir en la búsqueda del mejoramiento real y en último término de la perfección.

*Magister en Estudios Políticos y de Gobierno. Miembro del Consejo de Redacción de SIC. Coord. Gral. de la Fundación Centro Gumilla.

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