La maldición de los commodities

Foto: Antiguo cantiléver abandonado en las costas de Nauru | Por Matthieu Paley

Por Noel Álvarez*

Los antiguos griegos usaban las tragedias para narrar el auge y caída de un personaje heroico y solían terminar con una enseñanza como moraleja. El cuento que les relataré en esta oportunidad no tiene nada que ver con la mitología helena, creo que más bien se asemeja a la trágica historia vivida por Venezuela en los últimos 21 años. Es el caso real de una pequeña nación, de 20 mil habitantes que, con el guano de murciélago o fosfato, llegó a estar ubicada entre las más ricas del mundo, pero que hoy, solo sobrevive a duras penas.

Se trata de la República de Nauru, situada en la isla Nauru. Es un estado de Micronesia, situado en el Océano Pacífico Central, que comprende una sola isla justo al sur de la línea del ecuador. Es una pequeña isla de fosfato. Al sur están las islas Marshall y al norte las islas Salomón. Era una de tres grandes islas de este mineral en el Océano. Las demás son Banaba en Kiribati y Makatea en la Polinesia Francesa; sin embargo, las reservas de fosfato casi están agotadas después de devastar el 80 % de la isla, dejando un terreno estéril de pináculos de caliza dentados de hasta 15 metros de altitud. Era la joya de la corona del Pacífico, en disputa hoy entre Australia y Estados Unidos. Vivía del excremento del murciélago que vendía a las potencias del mundo.

En 1886, tras la firma de la declaración anglo-germana que delimitaba las esferas de influencia de ambos imperios, la Isla quedó integrada dentro del protectorado de Nueva Guinea, parte del Imperio alemán. A principios del siglo XX, se descubrieron fosfatos en la Isla y se comenzaron a explotar. Después de milenios como parada obligatoria de millones de aves, durante sus procesos migratorios, Nauru se convirtió en un territorio muy rico en guano.

El guano y los fosfatos convirtieron a sus habitantes en personas ricas, muy ricas. En renta per cápita, en la década de los 70s, Nauru superó a los Estados Unidos y a la Unión Soviética. Ellos podían permitirse lujos como construir rascacielos en Australia y tener una pequeña aerolínea. Todos vivían como reyes. Nadie trabajaba. Los impuestos y los servicios sociales eran totalmente gratuitos. En 1975, alcanzó su pico al llegar a los 363 millones de dólares y una renta per cápita de 50.000 dólares. Pero, los líderes isleños no pensaron en el futuro, y eso les ha pasado factura a las generaciones futuras.

Los malos manejos financieros y la corrupción en los años noventa los llevaron a la ruina. Los grandes ingresos obtenidos por la extracción de fosfatos se desperdiciaron. En noviembre de 2004, en un esfuerzo por pagar a los acreedores de Nauru, se vendieron los activos que la nación poseía en Melbourne. La minería también impactó la vida marítima, que se vio reducida. El lucrativo negocio del que los isleños se habían beneficiado durante un siglo cayó estrepitosamente, al pasar de generar más de mil millones de dólares australianos, en 1991, a 138 millones en 2002. Además, la mayor parte del suelo de Nauru quedó demasiado acidificado como para intentar salir de la crisis con explotaciones agrícolas.

De la noche a la mañana, el antaño orgulloso país de los doce clanes, se convirtió en una nación en crisis, sin un plan de desarrollo a largo plazo y, donde el pollo frito y el refresco de cola, sustituyeron a los productos de la pesca como platos típicos. La isla necesitaba dinero y no había manera de producirlo. Lo primero que hicieron fue deshacerse de sus posesiones en Australia, hoteles, la Torre Nauru y otras propiedades, además vendieron su único avión. Como esto no era suficiente, la República se vio obligada a sacar provecho de su posición como Estado miembro de las Naciones Unidas.

En el año 2002, Nauru reconoció a la República Popular China como la única China a cambio de un equivalente a 90 millones de euros. Pero la cosa no quedó así: un año más tarde, Yaren, la capital de facto de Nauru, cerró su embajada en Pekín para abrir otra, en 2005, en Taipéi, lo que ofuscó a los líderes comunistas. Desde entonces, el Gobierno de Taiwán se convirtió en uno de los principales socios comerciales de Nauru. A pesar de que la ayuda taiwanesa aligeraba la situación económica, no era suficiente para alejar la bancarrota. En 2002, llegaron los cortes de electricidad, porque no había dinero para pagarla. Tras unos coqueteos con el lavado de dinero, a principios del nuevo siglo y, con una tasa de desempleo por las nubes, Nauru optó por conseguir dinero de mejor forma y aceptó ser parte de una política de inmigración formulada por Australia, llamada Solución Pacífico.

A partir de 2001, Australia permitió trasladar a aquellos que demandaran derecho de asilo a centros de internamiento fuera de sus fronteras. Así, los inmigrantes ilegales provenientes en barco del archipiélago indonesio o del sudeste asiático, fueron redirigidos a la isla de Nauru. Desde que el país firmó el convenio con Australia, sus finanzas mejoraron notablemente porque recibió mil dólares mensuales por asilado.

La historia de Nauru, es un relato de codicia y orgullo en medio del Océano Pacífico. Hoy en día, como si del final de una tragedia clásica griega se tratara, la pequeña República ve cómo sus ingresos han caído en picada, sus ciudadanos tienen graves problemas de salud y, lo que es peor, sus valiosos recursos naturales y su explotación a pequeña escala, están muy próximos a agotarse. Cuando estaba investigando acerca de Nauru, por momentos, creí estar experimentando un “déjà vu”.

*Coordinador Nacional del Movimiento Político GENTE | noelalvarez10@gmail.com

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