La fuerza de la esperanza

Foto por: Matilde Polanco.

Por Matilde Polanco Álvarez, fi* 

Hace tres años, en un municipio pequeño dentro del inmenso mapa de Venezuela llamado Villa del Rosario, surgió una pequeña esperanza de recuperar el agua que alentara la vida y la salud de cuatro sectores que tenían más de seis años que no veían correr por sus tuberías el precioso líquido. Así, la comunidad organizada sigue demostrando su potencial

 Villa del Rosario es la capital del municipio Rosario de Perijá en el estado Zulia. Está ubicado en la parte occidental del Lago de Maracaibo y desde su fundación en el siglo XVII, se ha caracterizado como una tierra con potencial agrícola y pecuario, pero, sobre todo, por el valor de su gente. El siglo XX trajo consigo la energía eléctrica al poblado. También la carretera de Perijá y, en un abrir y cerrar de ojos, un rápido crecimiento socio económico. En ese transcurrir, los villarosarenses, han impulsado grandes cambios: con pequeñas acciones, trabajo en red y formación en liderazgo, gracias al apoyo de organizaciones sociales, religiosas y locales, la comunidad organizada ha emprendido una apuesta por recuperar, en pleno siglo XXI, el acceso al agua.

Ese deseo llevó a la Comunidad Hijas de Jesús, que vive inserta en esta zona desde hace diecinueve años, a iniciar los primeros diálogos con el consejo comunal del sector María Alejandra y a su vez se hicieron los primeros contactos con una agencia española de energía y agua que financia proyectos en comunidades vulnerables.

También se realizaron los primeros diálogos y asambleas comunitarias para proponer dicho proyecto y decidir juntos si estábamos dispuestos a asumir el reto y todo lo que este nos supondría de trabajo y servicio a la comunidad.  Mucha gente se animó, el consejo comunal ofreció el terreno para construir el pozo y toda la comunidad estaba dispuesta a colaborar con mano de obra.

Hasta allí todo parecía muy fácil y casi tocábamos con las manos el chorro de agua que saldría en nuestras casas. Pero, ningún sueño se hace realidad sin antes fortalecer la fe, la esperanza, la voluntad y la fraternidad. Y empezaron a surgir las dificultades. El terreno que ofreció el consejo comunal estaba invadido por una familia que se negó a salir de él; el proceso legal que debía hacerse suponía una implicación del consejo comunal y este no estuvo dispuesto a hacerlo. Los tiempos de la agencia se agotaron y no fue posible cumplir con los requisitos que solicitaban y, por tanto, el proyecto quedó abortado.

Sin embargo, permaneció un pequeño grupo, un “resto” que nunca perdió la esperanza y que en silencio activo seguía soñando vida para todos los sectores que forman esta comunidad, acompañada por la Pastoral de Primera Infancia y la Fundación Ayuda Solidaria Hijas de Jesús (Fasfi). Y cuando alguien se acercaba al barrio o algún voluntario venía a conocer este pequeño Reino de Dios, de manera espontánea surgía el tema del agua, ya fuera porque no había o porque surgía el milagro de su aparición en un camión cisterna, tocando bocinas ensordecedoras y arrebatando de las manos los pocos reales que tenía la familia para comer.

Muchos de los que eran testigo ofrecían su ayuda y siempre pedíamos válvulas para que cuando lográramos ver el agua pudiéramos hacer una distribución más justa de ella. Porque algunos la encontraban y la taponaban en sus casas negándole su libre circulación.

Y el tiempo pasó, nuestra realidad empeoró y cada uno se conformó con sus soluciones individuales, hasta que las líderes de la Pastoral de Primera Infancia recibieron desde el Centro Gumilla la formación del RTS (Reconstrucción del Tejido Social) y luego llegó la propuesta de Reto País y la trabajamos con diversos grupos.

En los ejercicios realizados con las líderes de la Pastoral, las artesanas, las madres del comedor y los jóvenes apadrinados, volvió a surgir el agua como nuestra gran necesidad comunitaria; afloró de nuevo el deseo de organizarnos para buscar solución y descubrimos que éramos también parte del problema. Que no podíamos continuar buscando culpables de nuestras calamidades cotidianas. Y que era hora de sumarnos a buscar soluciones para poder exigir con coherencia políticas públicas que buscaran, de verdad, más vida digna para todos y no conformarnos con ser adeptos anulados en nuestra riqueza como ciudadanos.

En ese proceso, una fundación católica llevada por hermanas visitó nuestro proyecto Fasfi de Acompañamiento y Formación Integral a las Familias. Les impresionó el nivel de compromiso de nuestras líderes comunitarias y propusieron ampliar el comedor nutricional a cuatrocientos niños. Le explicamos que no teníamos capacidad logística ni humana para asumir un proyecto así y le propusimos que nos apoyaran en la solución del problema del agua.

Al mes nos respondieron que sí apoyarían a la comunidad con la solución del agua. Iniciamos de nuevo los diálogos con los diversos consejos comunales, y se empezaron a unir los medios económicos y las voluntades para superar el problema a pulso de debilitar individualismos.

Un consejo comunal no quiso participar, al principio, pero como se hizo asamblea abierta a todas las comunidades y vecinos de ese sector se sumaron; luego también se sumaron los dirigentes comunales porque, sin pretenderlo, la comunidad ejerció el verdadero poder comunal que es participar, no permitir que nadie nos haga invisibles. Y así, con autoridad ante sus dirigentes, ejerció presión positiva y los obligó a comprometerse en la búsqueda del bien sin mediaciones partidistas.

La primera propuesta seguía siendo construir un pozo en el sector María Alejandra; se compró el terreno al lado del comedor nutricional de la PPI. Luego, los técnicos dijeron que no había en María Alejandra un nivel freático suficiente para bombear el agua para cuatro comunidades y se iniciaron las negociaciones con Hidrolago para habilitar el antiguo pozo que daba agua a la comunidad, y que por falta de mantenimiento se había deteriorado y tenía más de seis años que no bombeaba agua. Hidrolagos estaba dispuesta a trabajar con la empresa contratada para realizar la ejecución del proyecto, pero no podía tomar la decisión sin la aprobación del alcalde. En una segunda reunión este aceptó firmar el permiso para que Hidrolago permitiera la intervención de Pegasus, una empresa privada de pozos. Dicha intervención se realizaría en los pozos 12 y 19.

De modo que, superado el último obstáculo, todos los sujetos involucrados iniciamos la tarea. Una vez entregados los recursos, Hidrolago y Pegasus iniciaron la recuperación del pozo 12 y el mantenimiento del pozo 19, los cuatro consejos comunales y la comunidad cristiana representada por las Hijas de Jesús y los proyectos Fasfi iniciamos nuevas asambleas con toda la comunidad para diseñar la ruta del agua y los puntos donde se colocarían las válvulas para que el agua llegara a todos los hogares.

Estando en este proceso nos sorprendió el aviso mundial del Coronavirus como pandemia y, conscientes de que este virus es más peligroso sin agua, decidimos continuar trabajando para hoy tener el gran gozo de escuchar las voces de alegría por todas nuestras calles… ¡Nos llegó el agua!!!!¡Gracias Dios por darnos vida!!!!

Pero este no es el fin. Seguimos teniendo muchas tareas por delante y para realizarlas queremos concluir recuperando los aprendizajes adquiridos en este largo y hermoso proceso. El primero de ellos fue el limar las asperezas que desfiguraban nuestros rostros individuales, al definirnos simplemente como adversarios o enemigos por tener lecturas distintas de la realidad. Y empezar a vernos como venezolanos que amamos esta tierra y queremos vida para ella. Donde ni el azul, ni el rojo, en solitario, definen nuestra identidad, porque el manto que cobija nuestro espíritu, esfuerzo y valor es tricolor.

Aquí no hubo magia, ni facilismo. Lo que se puso en evidencia fue: el valor comunitario del esfuerzo, cuando las líderes comunitarias decidieron asistir a los talleres de formación con el Centro Gumilla, asumiendo el sacrificio de acumular las tareas del hogar para el domingo. Cuando cada uno hizo posible reconstruir el tejido social desde la incidencia en el ámbito comunitario, cuando nos sentimos sujetos activos en la búsqueda de solución a los problemas cotidianos que afectan y socavan la calidad de vida de nuestros sectores.

También aprendimos que la organización comunitaria es un ejercicio político, pero esta nunca debe ser partidista porque se pierde en su fin último. Y fue eso lo que nos ayudó a encontrar el sentido a las asambleas comunitarias, para afrontar un problema común que dejaba al descubierto la ausencia de políticas públicas en beneficio de las comunidades más vulnerables.

Todo ello lo expresamos cuando estuvo claro que nuestra meta no era discutir o enfrentarnos entre nosotros, sino sumar todas nuestras riquezas en la búsqueda de un bien precioso, como lo es el agua, cuando las manzaneras visitaban cada casa invitando a arreglar sus mangueras para que no se perdiera ni una gota de agua, cuando escuchábamos con respeto las distintas propuestas y luego tuvimos la valentía de elegir por consenso el mayor bien para todos los sectores.

Sin duda, todos esos signos de vida que paso a paso nos hicieron mejores vecinos y ciudadanos, solo son posibles donde late un corazón habitado por el Espíritu de Jesús, sea cual sea su religión o su preferencia política.

Ahora bien, nos hemos ejercitado, pero será la vida cotidiana la que seguirá fortaleciendo estos aprendizajes. Continúa la fase de formación y concientización para cuidar y purificar el agua y en ella también, las Hijas de Jesús, Fasfi y el Centro Gumilla nos seguirán acompañando para fortalecer todo lo aprendido. Para alentar y seguir cuidando la verdadera vida que nos hace templo del Espíritu y que Jesús sigue derramando en cada corazón, asegurándonos que Él es la ¡resurrección y la vida!

¡Por adelantado llegó la Pascua!

Caminemos resucitados disfrutando el don precioso del agua, sin apagar el fuego de tanto bien aprendido.

*Educadora y teóloga, responsable de la Fundación Fasfi en Venezuela. Religiosa Hija de Jesús.

Fuente: Revista SIC | Abril 2020 | N° 823.

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