El laberinto de la paz

Por Douglas Zabala.

Imagen: archivo WEB

Los recientes intentos de  agresiones a Guaidó en Barquisimeto, por parte de exaltados seguidores de Maduro, blandiendo armas de todo tipo, así como los gritos destemplados de ¡invasión! ¡invasión! de venezolanos en Miami, nos obliga a pensar que estamos jugando con la candelita de la guerra; y que la solución de este conflicto cada vez se aleja más del camino hacia el entendimiento, la negociación y la paz.

El usurpador que gobierna desde Miraflores, está obligado a demostrar que su compromiso de verdad es con la paz y no con la guerra. En consecuencia debe promover iniciativas políticas y jurídicas, que lo lleven a sentarse de nuevo a negociar una salida democrática, incluso con los factores extremistas de la oposición, deseoso de que los Marines de Trump tomen Miraflores.

Nicolás debe darle señales al mundo de estar dispuesto a devolverles la democracia a los venezolanos, y así acabar con la diabólica manía de insistir en que los culpables del conflicto son de un solo lado. Negarse a ello, aferrándose a los hechos que produjeron violencia en el pasado, es insistir en la confrontación y en la violencia deseosa de superar.

Habrá de recordarle, sobre todo a quienes desde el poder se ufanan de bolivarianos, que en Venezuela no es nuevo debatir y aprobar mecanismos conciliatorios como la Amnistía o el Indulto Presidencial.

A principios de 1812, el Congreso Independentista dio el primer ejemplo de generosidad y justicia visto en aquella época, liberando al sacerdote provincial de la Orden de San Francisco, Fray Pedro Hernández, condenado a muerte como uno de los principales autores de los acontecimientos de Valencia, y dándole la libertad a más de un centenar de venezolanos hechos prisioneros por sus opiniones o por su complicidad en ellos. Resultando este, uno de los primeros actos decretados por el Congreso del 1811, iniciándose apenas la República.

El gobierno del General Cipriano Castro en diciembre de 1902, ante el bloqueo de los puertos de las costas venezolanas, por parte de la Armada anglo-ítalo-alemana, en aras de lograr la unificación del país, emite un decreto de Amnistía General para todos aquellos prisioneros políticos, surgidos de las revueltas y montoneras contra su gobierno, por parte de los caudillos propulsores de la Revolución libertadora.

El mismísimo Juan Vicente Gómez, de manera excepcional, emitió varios decretos de Indultos o de Amnistía. Por no dejar, a la muerte de este dictador, el General Eleazar López Contreras, liberó a todos los presos políticos que aún quedaban en las cárceles venezolanas.

Durante el periodo de la lucha armada en los años sesenta, las cárceles del país estaban abarrotadas de presos políticos y con los partidos PCV y MIR ilegalizados. Los Gobiernos de Rómulo Betancourt y Raúl Leoni, en su afán por derrotar, como en efecto lo hicieron, a los partidos insurgentes, habían desplegado una feroz represión contra los alzados, que sólo lograron caminos de conciliación bajo el tercer gobierno de la era democrática.

El Presidente Rafael Caldera, hereda un país todavía convulsionado, y consciente de ello va a impulsar un proceso de pacificación, decretando Amnistía e Indultos, lo cual  llevó a que esa izquierda radicalizada participara de nuevo en la vida democrática.

Refrescando nuestra historia reciente el hoy héroe de quienes se oponen rotundamente a buscar la Reconciliación Nacional, junto a su grupo de alzados en la intentona del 4 de febrero de 1992, quedaron en libertad gracias a que en su nuevo mandato presidencial Rafael Caldera, le ordenara a la Corte Marcial les suspendiera la causa a todos los militares que se habían revelado en contra del ex presidente Carlos Andrés Pérez.

Y como gota que rebosa el vaso, el 31 de diciembre de 2007, el Presidente Hugo Chávez, según Gaceta Oficial No. 5.870 ordenó la publicación del Decreto No. 5.789 Ley Especial de Amnistía a favor de los golpistas de 2002.

Como podemos observar la tradición histórica en Venezuela, ha sido que a cada crispación de la sociedad, ha devenido un momento de entendimiento entre los factores en pugna y largos periodos de tranquilidad social.

Oponerse a promover eventos que nos conduzcan a la paz como lo hace el sector oficialista o andar mendigando la liberación de algún preso político, en negociaciones torcidas al estilo de quienes negocian en la Mesita,  es   negarse torpemente a conseguirle una salida democrática, electoral y en paz a este laberinto donde hemos llegado.

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