Aimé Tillett, el tawala (hermano) de la medicina intercultural

En una entrevista al antropólogo Aimé Tillett, nos adentramos en el reto multidisciplinario e interinstitucional que contiene el abordaje de la salud indígena en Venezuela, cuyas políticas públicas deben estar adaptadas a las particularidades sociales y culturales de las comunidades a las que van orientadas, aún más en tiempos de la pandemia de la Covid-19. Ahora, que no ha llegado el coronavirus a la población indígena dentro del país, es momento de prepararse: organizar una red de vigilancia y alerta temprana con base comunitaria; preparar un sistema de respuesta para la atención de los posibles casos; implementar medidas de cuarentena por territorios indígenas. Todo esto requiere de un diálogo con los pueblos indígenas, sus organizaciones tradicionales y su medicina ancestral.

Minerva Vitti Rodríguez*

Aimé supo que quería ser antropólogo desde el momento en que vio a su padre volver de una de sus expediciones científicas al sur del país. Los antropólogos con los que viajaba hacían el trabajo de levantamiento de información con los indígenas y buscaban a Stephen Tillett para que los ayudara con la investigación botánica de las plantas. Poco a poco el trabajo del padre se fue perfilando hacia la etnobotánica, específicamente el uso medicinal que le dan los indígenas a las plantas y fundó un herbario especializado en etnobotánica que está en la Facultad de Farmacia de la Universidad Central de Venezuela (UCV). “Yo nunca llegué a viajar con él, me hubiese gustado mucho. Pero eran expediciones en las que no era sencillo llevar a un niño. Ellos se iban a la selva y duraban una o dos semanas metidos en el monte”, recuerda Aimé. Como a Stephen le gustaba tomar fotos, cuando regresaba le proyectaba las dispositivas a su familia. Las memorias fueron calando tan profundamente en el niño Aimé que en el colegio, cuando lo mandaban a dibujar, lo único que pintaba eran selvas. Todo lo que quería era ir a Amazonas y trabajar con los pueblos indígenas.

Aimé Tillett entró en la UCV para estudiar Antropología. Su primer trabajo fue como pasante del profesor Miguel Ángel Perera. El proyecto consistía en adaptar los protocolos de atención de salud a los pueblos indígenas de Amazonas. En 1995 viajó por primera vez a este estado y trabajó con un equipo multidisciplinario formado por profesionales del Centro Amazónico para Investigación y Control de Enfermedades Tropicales (Caicet) “Simón Bolívar”, la Dirección Regional de Salud de Amazonas y Malaria. Produjeron unos libritos en varios idiomas originarios, que servían para que los enfermeros indígenas hicieran promoción en salud de distintas dolencias como diarreas, malaria y las ETS.

Por aquel tiempo Aimé también se vinculó a un proyecto en el Instituto de Investigaciones Científicas (IVIC) relacionado a la nutrición, salud indígena y cambios culturales.

En 2003, el antropólogo empieza a trabajar en el Ministerio de Salud y se conforma el primer equipo para abordar la salud indígena. Durante los siete años que estuvo en la Dirección de Salud Indígena viajó mucho a Amazonas, ayudando en la implementación del Plan de Salud Yanomami y eventualmente se desplazaban al Alto Orinoco para trabajar con este pueblo indígena. También fue muchas veces a La Guajira, incluso a la colombiana. En estos viajes pudo compartir más en las comunidades, con sus chamanes (médicos tradicionales) y participar en algunos de sus rituales.

Con el Grupo de Trabajo Socioambiental Wataniba acompañó a las organizaciones tradicionales e hizo vínculos de amistad muy fuertes con indígenas de Bolívar, Amazonas y Brasil. Cuando los recuerda dice que son gente comprometida con la defensa de sus derechos.

Tillett asegura que si la situación de salud de la población venezolana es grave y preocupante, la de los pueblos indígenas es aún más crítica, por tratarse de un sector históricamente marginado y excluido, y mucho más vulnerable ante las crisis que nos atraviesan como país. “Ahora, frente a la pandemia de la Covid-19, los riesgos que enfrentan los pueblos indígenas son enormes”, advierte Tillett.

El antropólogo señala que el acceso a alimentos, medicinas, agua potable, electricidad, transporte o servicios médicos, pueden ser prácticamente inalcanzables para muchas comunidades indígenas; considerando que la mayoría de los indígenas se ubican en zonas fronterizas o de difícil acceso geográfico, lo que incide en la prestación de servicios de salud.

Un obstáculo que impide abordar este tema con rigurosidad es la ausencia de información oficial. “Desde el 2016, el Ministerio de Salud dejó de publicar los boletines epidemiológicos y todas las demás estadísticas sanitarias, precisamente porque no quieren revelar la gravedad de la situación. Sin embargo, esa omisión es, por sí misma, una señal de lo mal que están las cosas. Tenemos todos los sistemas de salud pública en ruinas, incapaces de atender las necesidades de la población, ni siquiera para garantizar medidas de prevención tan básicas como la vacunación”, señala Tillett, que actualmente se dedica a la investigación y el activismo por la defensa de los derechos ambientales y de los pueblos indígenas.

Cuando se aborda la dimensión espiritual de la salud indígena la situación se complejiza más. Dentro del mundo indígena muchas dolencias están asociadas a la transgresión de una norma y por esta razón una entidad espiritual te da una enfermedad como castigo. En este caso debe intervenir un chamán para restablecer el equilibrio. Es aquí donde también entra el diálogo con la medicina occidental.

Respuesta oportuna y diferenciada del Estado frente a la pandemia

—¿Cuáles son los riesgos que enfrentan los pueblos indígenas en medio de la pandemia de la Covid-19?  No solamente para los que están en los territorios sino para los que están en los centros urbanos y las fronteras.

—Frente a la pandemia de la Covid-19, los riesgos que enfrentan los pueblos indígenas son enormes. En mi opinión, aquí estamos ante un peligro inminente de grandes proporciones, y esto por varias razones. En primer lugar, porque es posible que aquí el tema inmunológico sí sea determinante. En Asia y Europa hemos visto que la pandemia ha producido enfermedad grave y dificultades para respirar en 1 de cada 6 personas, y en torno al 2 % de los enfermos ha muerto. Mientras que la mayoría de pacientes (cerca del 80 %) se recupera de la enfermedad sin necesidad de ningún tratamiento especial, incluso algunas personas se infectan sin desarrollar ningún síntoma. Aún está por verse, pero es muy probable que entre las poblaciones indígenas el porcentaje de cuadros graves y muertes, sea más elevado. Por otra parte, está el tema que venimos planteando, y es que los pueblos indígenas son las poblaciones con menor acceso a servicios de salud, y cuando sí cuentan con alguno, suelen ser de mala calidad, con muchas carencias. Además, muchos pueblos indígenas se caracterizan por una alta movilidad, y por redes de parentesco muy amplias, donde los intercambios entre familiares y comunidades suelen ser muy intensos; en esta situación, esos son factores de riesgo que aumentan las posibilidades de contagio.

—Haz dicho que los pueblos indígenas están en mayores condiciones de vulnerabilidad en medio de la pandemia de la Covid-19. ¿Cómo debería ser una atención diferenciada?

—Los pueblos indígenas son más vulnerables debido principalmente a factores de índole social, geográfico y económico, y menos por razones biológicas. Se trata fundamentalmente de una distribución en extremo desigual de los recursos y -a fin de cuentas- del poder, como resultado de un sistema discriminatorio que los ha mantenido excluidos por muchísimo tiempo. Es por esto que los indígenas constituyen el sector con menos acceso a servicios de salud de todo el país. Si medimos cualquier indicador de condiciones de vida o de nivel de salud, encontramos tremendas inequidades si comparamos entre los indígenas y el resto de la población nacional.

Los pueblos indígenas requieren una atención diferenciada, en virtud de sus particularidades culturales, lingüísticas, geográficas… Esta es precisamente la razón de ser del enfoque de etnias, que hoy en día es mejor conocido como enfoque intercultural; aunque se manejen terminologías diferentes, en muchos países de América Latina se vienen implementando sistemas de salud diferenciados para los pueblos indígenas.

Producto de las desigualdades de acceso a los servicios médicos, la ocurrencia de ciertas enfermedades también es mayor en los territorios indígenas; es el caso de la oncocercosis y otras enfermedades parasitarias, y hasta hace unos pocos años, la malaria y la tuberculosis en Venezuela, eran morbilidades características de zonas indígenas, aunque actualmente están presentes en todo el país como consecuencia de la crisis sanitaria. Estas particularidades epidemiológicas de los pueblos indígenas, también deben tomarse en cuenta para el diseño de políticas de salud diferenciadas.

—¿Qué es el enfoque de etnias en salud y para qué funciona?

—El enfoque de etnias era un elemento del Plan Estratégico Social que se diseñó en el año 2001, como el instrumento conceptual y político que debía orientar el diseño de las políticas públicas de salud, y que sería el fundamento de las bases jurídicas contenidas en la Ley Orgánica de Salud que, por cierto, nunca se aprobó.

El Plan Estratégico Social contemplaba tres enfoques o ejes transversales para todas las políticas de salud, en virtud de las diferencias y particularidades de la variada población venezolana. Estos tres enfoques eran: género, territorio-clase social y etnias.

El enfoque de etnias se refiere específicamente a los pueblos indígenas, e implica que para el diseño de políticas de salud se deben considerar las particularidades culturales, lingüísticas, geográficas, los modos de vida, la estructura social, la cosmovisión, la medicina tradicional, entre otros elementos propios de cada pueblo indígena. Es decir, el sistema de salud debe adaptarse a las características propias de las sociedades indígenas, y no al contrario.

—Como asesor en políticas públicas en salud intercultural, ¿podrías dar algunas orientaciones a los entes gubernamentales en materia de salud para que tomen las medidas adecuadas para atender a estas poblaciones?

—Me parece que lo primero que los entes gubernamentales deben tener presente es que estas poblaciones están en una situación de mayor vulnerabilidad, y eso implica la adopción de medidas especiales. Tengo conocimiento que el gobierno está trabajando en un protocolo de atención a poblaciones indígenas. En ese sentido, creo que es necesario un gran esfuerzo en materia de prevención, y para ello la información sobre la enfermedad es crucial, hay que desarrollar campañas informativas dirigidas y adaptadas a los pueblos indígenas, en sus idiomas, en las comunidades, a través de los promotores indígenas de salud y los enfermeros que están en las comunidades.

Me parece que las medidas de cuarentena y distanciamiento social que se aplican en las ciudades no son viables en las comunidades, porque las dinámicas sociales son muy diferentes. En cambio, habría que implementar medidas de cuarentena por territorios indígenas, es decir, evitar la movilización de personas que entren y salgan de las comunidades.

También es muy importante organizar una red de vigilancia y alerta temprana, que pueda notificar cualquier caso sospechoso lo antes posible para que se tomen medidas a tiempo. Esto también se puede organizar con los promotores de salud y los enfermeros indígenas en las comunidades.

Finalmente, considero que hay que preparar un sistema de respuesta para la atención de los casos que pueden ocurrir, y esto se tiene que hacer en las propias regiones, acondicionando las redes de establecimientos de salud que existen en los estados, pero también en las comunidades. Esto implica una inversión inmensa que el Estado venezolano no está en capacidad de hacer actualmente, por lo que es indispensable el ingreso de toda la ayuda humanitaria internacional posible.

—De acuerdo a informaciones del gobierno venezolano, hasta el momento no hay casos de la Covid-19 en pueblos indígenas, sin embargo vemos con preocupación casos positivos entre indígenas migrantes venezolanos como los warao en Brasil y los yukpa en Colombia, y la dinámica de los pueblos indígenas cuyos territorios ancestrales están en varios países.  ¿Puedes decirnos cuáles son los pueblos indígenas transfronterizos y qué ocurre con otros que a pesar de no serlo han decidido migrar?

—La mayoría de los pueblos indígenas en Venezuela están ubicados en zonas de frontera. Estos pueblos indígenas transfronterizos están en riesgo en virtud del flujo de personas entre países vecinos, donde compartimos fronteras muy dinámicas, con presencia no sólo de los pueblos originarios, sino de pasos de frontera por donde también hay movimientos muy intensos de población no indígena.

En el caso de la frontera con Colombia, los pueblos indígenas transfronterizos son los Wayúu, Barí y Yukpa, en el estado Zulia; los Pumé, Cuiva y Jivi, en Apure, los Wóthuha, Jivi, Curripaco, Baré, Baniva, Warekena, Puinave, Piapoco y Yeral, en Amazonas. En la frontera con Brasil están los Yanomami, Sanema, Shirian, Ye’kwana y Pemón. Y en la frontera con Guyana tenemos a los Pemón, Akawayo, Kari’ña, Warao y Arawak.

Mención especial me parece que merecen los Warao, que han migrado en gran número, sobre todo hacia Brasil, pero también hacia Guyana y Trinidad, como consecuencia de la emergencia humanitaria. En Brasil se han establecido en refugios donde reciben alojamiento y alimentación, pero muchos van a Brasil y luego de un tiempo regresan al Delta, y esto represente un riesgo epidemiológico muy grande.

—¿Qué le recomiendas a los pueblos indígenas que se encuentran en los territorios, los centros urbanos y en las fronteras?

—Existe una larga y amarga experiencia, que aún perdura en la memoria de muchos pueblos indígenas, que han enfrentado epidemias de enfermedades infecciosas de alta letalidad. En Venezuela tenemos muchos ejemplos, algunos bastante recientes. De manera que esta no es una situación nueva para ellos, y precisamente la estrategia del aislamiento la conocen muy bien. De hecho, fue lo que les permitió enfrentar situaciones similares en el pasado y sobrevivir. Así que la principal recomendación es mantenerse lo más aislados que puedan, sobre todo en los territorios indígenas, los que viven en las comunidades.

Para la población indígena urbana, que es la mayoría hoy en día, les corresponde acatar las medidas que se están implementando, mantener la distancia social, el uso del tapabocas, el lavado de manos y extremar las medidas de higiene, etc. La ventaja de esta población es que tienen mayor acceso a servicios de salud en caso de contagiarse con la enfermedad.

Para las poblaciones fronterizas hay riesgos adicionales que tienen que ver con los movimientos transfronterizos de población, que en algunas zonas tiene flujos muy intensos, como en la Gran Sabana, La Guajira, los ejes fluviales del Orinoco en Amazonas y el Meta en Apure. Un ejemplo muy preocupante ahora es la presencia de miles de garimpeiros en el territorio yanomami de Brasil, donde ya hubo un caso de un joven yanomami que falleció por enfermedad del coronavirus. Este flujo de mineros a través del territorio yanomami puede ser un factor de contagio en las comunidades que podría cruzar la frontera hacia Venezuela con facilidad. En este sentido, corresponde a los gobiernos nacionales y regionales, la adopción de medidas para controlar estos movimientos de personas en las zonas de frontera.

 

La enfermedad dentro de la cosmovisión indígena

Aimé todavía recuerda el día en que estaba en La Guajira y una chamana del pueblo indígena wayuu lo mandó a acostarse en un chinchorro. La mujer comenzó a rezarle mientras tocaba una maraca. “Caí en un sueño muy profundo, fue una vivencia muy especial”, asegura. También recuerda la vez en que llevaron a Davi Kopenawa, uno de los líderes más reconocidos del pueblo yanomami de Brasil, a conocer al chamán Bolívar que vivía en el estado Amazonas. “Estar ahí, en su churuata, cantando por horas, entrabas en una especie de trance”, dice Tillett.

Todo esto recuerda Aimé muy sereno, pero su voz se altera cuando viene a su mente el caso de un yanomami con meningitis, que trasladaron desde el Alto Orinoco hasta el hospital de Puerto Ayacucho. Al indígena lo aislaron en un cuarto porque la enfermedad era contagiosa, lo amarraron a una camilla porque el dolor era muy intenso, en la noche le llevaron comida y al día siguiente murió. Cuando lo encontraron tenía marcadas las muñecas y los tobillos.  “Está el tema del dolor que no se lo aliviaron, pero también morirte amarrado a una camilla, absolutamente solo, aislado de tu gente, en un hospital, es una cosa que es inhumana. Muchas veces la biomedicina cae en la inhumanidad. ¿Cómo dejaron a ese paciente solo una noche y a la mañana está muerto? Fue muy fuerte”, concluye afligido.

Esta pandemia nos muestra que se ha perdido de vista la interrelación que existe entre todos los seres de la naturaleza, por un modelo de desarrollo donde prevalece el consumo por encima de la vida. Que hablen de un virus que fue creado en un laboratorio o de zoonosis (enfermedades transmitidas por animales) da cuenta de esto. ¿Cómo una enfermedad que no está dentro de la cosmovisión indígena es tomada por estos pueblos? ¿Cómo se da el diálogo entre la medicina tradicional y la occidental?

—Los pueblos indígenas tienen sus propias medicinas tradicionales basadas en conceptos muy diferentes de los nuestros sobre el funcionamiento del cuerpo, el origen de las enfermedades y su tratamiento, todo estrechamente vinculado al mundo espiritual y sus cosmovisiones. No quiero generalizar, pero en muchas culturas indígenas las enfermedades tienen un origen espiritual y se relacionan con algún desequilibrio o desajuste causado por un comportamiento incorrecto del paciente. El papel de la medicina tradicional consiste en restablecer el equilibrio, a través de intervenciones en el ámbito simbólico, mediante procedimientos que podemos considerar mágicos, propios del mundo espiritual. La mayoría de los pueblos indígenas distinguen entre las enfermedades propias de su universo cultural, de aquellas que provienen del mundo occidental y que muchas veces sólo pueden curar los médicos criollos. A veces no es fácil para un terapeuta indígena identificar si puede curar una determinada enfermedad, o si el paciente debe ir donde un médico criollo. Lo cierto es que ambos sistemas no son contradictorios, porque cada uno tiene su propio ámbito de acción, y en muchos casos se complementan. Podemos decir, en términos generales, que la medicina tradicional indígena logra la sanación del paciente influyendo más en la mente que en el cuerpo, logrando actuar sobre el cuerpo a través del espíritu; mientras que la medicina occidental actúa directamente sobre el cuerpo mediante procedimientos físicos y químicos. Por eso consideramos que el diálogo intercultural entre los sistemas médicos es posible, siempre y cuando se comprendan y respeten mutuamente.

—Todo esto me hace pensar que en esta pandemia de la Covid-19 todo se ha centrado mucho en la biomedicina. En estos momentos de emergencia se busca sanar más el cuerpo físico, pero no los otros cuerpos que nos constituyen: el espiritual, el mental, el emocional. Habría que mirar cómo otras medicinas pueden contribuir a la sanación. Pensaba en las personas que mueren solos, tal vez eso los deprime más.

—Cuando estás enfermo, de alguna manera te desvinculas de tu grupo o pasas a estar en un estado que no es normal. Dentro de la medicina tradicional el chamán debe restituir a ese enfermo dentro de su medio social. Hay que restablecer ese vínculo con ese grupo. Esto es algo que en la biomedicina no tiene un equivalente.

Con el coronavirus es todo lo contrario, hay que aislarlo. La soledad, el encierro, el enfrentarte a la muerte solo, son situaciones de muchísima angustia y, aunque no quieras, eso también te afecta el sistema inmunológico.

En Italia se dio todo un debate sobre ese tema, por la cantidad de ancianos que se estaban muriendo sin la compañía de sus familiares y después ni siquiera la familia podía ir al entierro, a un velorio. Se los llevaban, los incineraban y no sé si luego les daban las cenizas a los familiares.

Esta pandemia ha generado mucho debate porque de alguna manera nos ha roto todos los esquemas con respecto al tratamiento de los enfermos y a todos estos rituales entorno a la muerte que son tan importantes.

 —En el caso de los indígenas debe ser igual o incluso más complejo porque son pueblos más comunitarios, además tienen rituales muy diversos distintos para despedir a sus muertos. ¿Cuáles son los problemas asociados a la dimensión cultural en medio de la pandemia de coronavirus?

—Para muchos indígenas realizar una autopsia es un problema, ni hablar de incinerar un cuerpo. ¿Cómo manejar esta situación con los familiares indígenas? Es un tema importante.

Para los wayuu lo peor que les puede pasar es que incineren el cuerpo. Cuando los wayuu mueren los entierran, pero al pasar los años, ellos sacan los huesos y hacen un segundo entierro. Entre el primer entierro y el segundo entierro el muerto todavía está en este mundo, en una dimensión espiritual, pero está aquí con la familia, está como en un estado transitorio, como en un limbo. Ya luego, cuando se hace el segundo entierro, el espíritu se va a un lugar que se llama Jepira, que es a dónde van los espíritus de los ancestros. Siempre siguen en contacto con la familia, pero ya no están acá con uno sino en otro lugar.

 

Memoria de la enfermedad en una sociedad envolvente

—La historia muestra que el sistema inmunológico de los pueblos indígenas es más vulnerable a algunas enfermedades provenientes de esta sociedad envolvente. 

—No es que el sistema inmune de los amerindios sea distinto o débil, todos los seres humanos tenemos los mismos tipos de glóbulos blancos; pero al mismo tiempo, todos tenemos diferencias resultado de nuestra herencia, de la exposición que como individuos hemos tenido a elementos patógenos, y de las vacunas que hemos recibido. En gran medida, nuestras capacidades inmunológicas son resultado del contacto con virus, bacterias y otros microorganismos, a lo largo de muchas generaciones e incluso miles de años. Estos contactos son los que generan la producción de anticuerpos, que vienen siendo como las herramientas que le permiten a los glóbulos blancos identificar y combatir a los patógenos.

Las poblaciones originarias de América se mantuvieron aisladas del resto de la humanidad por miles de años, y eso ocurrió antes de que surgieran las principales enfermedades infecciosas del Viejo Mundo, producto de la coexistencia con animales de cría y el asentamiento en ciudades, durante el Neolítico. Por otra parte, el poblamiento de América se realizó en pocas oleadas sucesivas a través del estrecho de Behring, en grupos no muy numerosos. Esto funcionó como una especie de “embudo”, que resultó en una baja variabilidad genética y en sistemas inmunológicos muy homogéneos. A la llegada de los conquistadores europeos, las poblaciones americanas eran un “suelo virgen” para los patógenos recién llegados del Viejo Mundo. El resultado fue la mayor catástrofe demográfica de la historia.

Aún hoy en día, aunque hayan pasado cinco siglos, muchas poblaciones indígenas que han tenido poco contacto con la sociedad envolvente, o más aún, las que se han mantenido en aislamiento voluntario, siguen siendo sumamente vulnerables inmunológicamente, frente a enfermedades que para la mayoría de las personas no representan peligro, precisamente porque no tienen los anticuerpos para combatirlas.

—En un artículo leía que hay indígenas que le temen mucho a la gripe, es una enfermedad que ha matado a muchísimos de ellos, especialmente a los que se encuentran más aislados. Las enfermedades, entre otros factores externos, fueron determinantes en los tiempos de colonización y, actualmente, en la ocupación de los territorios ancestrales.

—Sí, es así, sobre todo para los indígenas que han estado más aislados, o aquellos que tienen una historia de contacto más reciente, de menos de un siglo, como los Barí, los Yanomami o los Jodi, entre otros. Estas poblaciones no han tenido una exposición a ciertos patógenos como la del resto de la población y no cuentan con una batería de anticuerpos adaptada para contrarrestar a esos microorganismos. Como en el ejemplo que mencionas, el virus de la influenza, que a nosotros nos puede dar una simple gripe, pero que para muchos indígenas puede ser mortal.

Esto fue lo que ocurrió en el proceso de conquista y colonización de América, durante el cual los europeos contaron con un armamento biológico del que no eran conscientes. Se ha estimado que durante los tres siglos que siguieron a la llegada de Colón, el 90% de la población amerindia desapareció, principalmente como consecuencia de epidemias por enfermedades como sarampión, viruela, difteria, influenza, entre otras. Se calcula que el total de víctimas fue cerca de 50 millones de personas, desapareciendo la mayoría de las sociedades que existían en América antes del contacto.

—Algunas de las enfermedades presentes en los pueblos indígenas de Venezuela son la tuberculosis y los trastornos respiratorios, esta última es una de las principales causas de muerte en la niñez indígena. Son enfermedades respiratorias que preocupan frente a la Covid-19 que ataca a personas con estas afecciones.

—La tuberculosis entre los warao, así como en otros pueblos indígenas de Venezuela, es consecuencia principalmente del abandono por parte del sistema de salud y de la carencia de programas especialmente adaptados para el abordaje de estas poblaciones. Curar la tuberculosis no es nada fácil, implica un tratamiento prolongado de por lo menos seis meses durante los cuales te tienes que tomar un montón de pastillas que te pegan duro en el estómago. Además debes comer bien, y en la mayoría de los casos la tuberculosis está asociada a cuadros de malnutrición y, en términos generales, a situaciones de pobreza extrema. La mayoría de los pacientes, sean indígenas o no, tienden a abandonar el tratamiento apenas se sienten mejor, generando recaídas y lo que es aún peor, infecciones resistentes a los antibióticos. Esto implica la necesidad de estrategias de tratamiento con supervisión estricta, y garantizar la ingesta de alimentos y suplementos nutricionales. Es un tema bien complicado. Imagínate esto en las actuales condiciones del país. Es por eso que desde hace unos años se ha visto un impresionante repunte de casos a nivel nacional. Esto nos demuestra que el problema no es por deficiencias inmunológicas, que las puede haber, pero el factor determinante en este caso son las malas condiciones de vida y falta de acceso a la atención sanitaria. Cuando esas condiciones se deterioran en la población a nivel nacional, vemos cómo la tuberculosis deja de ser una endemia propia de los indígenas, y empieza a aparecer por todas partes.

Otro ejemplo de esto es el que mencionas en tu pregunta, sobre cómo las infecciones respiratorias son una de las principales causas de muerte en niños y niñas indígenas. Una infección respiratoria aguda puede matar a un niño en cualquier parte, si no recibe el tratamiento adecuado. La diferencia entre los niños y niñas yanomami, por poner un ejemplo, y los que viven en Puerto Ayacucho, es que aquellos no tienen acceso a tratamientos médicos, mientras que estos sí.

Lo mismo podemos decir sobre los casos de diarreas agudas y otros problemas de salud fácilmente prevenibles o tratables, si tuvieran acceso a servicios de salud adecuados, pero que lamentablemente se cobran la vida de muchos niños y niñas indígenas, que en la mayoría de los casos ni siquiera entran en las estadísticas, porque al no existir algún establecimiento de salud, simplemente no se registran. Lo más triste es que, en muchos casos, esos niños ni siquiera existen formalmente para el Estado venezolano, porque no tienen partida de nacimiento, no están registrados. Todo esto te habla de una situación de completo abandono por parte de las instituciones gubernamentales.

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Acerca del autor

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Periodista. Pertenece al área de investigación de la Fundación Centro Gumilla, dedicada a la línea sobre asuntos indígenas, justicia socio-ambiental y ecología. Miembro del Consejo de Redacción de la Revista SIC del Centro Gumilla, de la Red de Solidaridad y Apostolado Indígena (RSAI) de la Conferencia de Provinciales de América Latina (Cpal), y de la Red Eclesial Panamazónica (Repam)