Adolfo Nicolás: un típico jesuita

Foto: Bernardo Guinand.

Jesuita nacido en Palencia (España) en 1936, marcado por su amplia trayectoria en Asia y el contacto con su cultura y con las religiones orientales: ecuménico, comprometido con el diálogo interreligioso e intercultural. De su personalidad recordaremos siempre su gran apertura, sencillez e inteligencia.

Por Bernardo Guinand Ayala*

Había sido una mañana extraordinaria. Desde hacía algunos meses, la curia provincial de los jesuitas en Venezuela nos había encomendado recibir aquel día al Superior General de la Compañía de Jesús en el mundo. Para esa fecha –abril 2014– el Padre General era un jesuita español, que de manera muy similar a otro recordado superior como el P. Arrupe o incluso uno de sus fundadores como San Francisco Javier, había destinado su carrera a Asia. Su nombre Adolfo Nicolás y he decidido contar esta anécdota, que por años he tenido en el tintero, a propósito de su fallecimiento el pasado 20 de mayo.

Aquella visita había estado en veremos. El primer trimestre de aquel 2014 había sido terrible en Venezuela a raíz de las protestas que se agudizaron a partir del día de la juventud. Sin embargo, aún con la situación de tensión –¿cuándo no?– aquella mañana de finales de abril nos permitió mostrarle al P. Nicolás el trabajo social que venía desarrollando la UCAB con gran compromiso. Pasear al “Papa Negro” por todo el Parque Social Manuel Aguirre era todo un privilegio. Recuerdo que en su alocución en medio de la plaza concluyó diciendo:

Creo que aquí en el Parque Social se están realizando todos los sueños que tenemos en la Compañía de Jesús de hacer un puente, la pasarela esa famosa que hemos visto. Ánimo, esta es la vía […] sigan construyendo pasarelas y puentes que nos acerquen a la gente.

 

Después de una mañana, que valdría para otro cuento, tuve la suerte de anotarme en la visita que daríamos con nuestro insigne invitado a la parte alta de La Vega, donde los jesuitas y la UCAB han sostenido una dilatada trayectoria de trabajo pastoral, voluntariado estudiantil y verdadero compromiso social. Debía ser algo más de mediodía y con el calor a cuestas nos resguardamos en la casa de la comunidad de jesuitas que queda contigua al Colegio Andy Aparicio de Fe y Alegría en el sector Las Casitas. Para ese momento tres jesuitas jóvenes residían allí y con mucho entusiasmo transmitían al “gran jefe” los avatares de su vida en comunidad y la responsabilidad de la Parroquia San Alberto Hurtado, creada cuatro años atrás con el nombre de ese insigne santo jesuita latinoamericano.

No sé cómo llegamos a ese punto, ni cómo sucedieron las cosas, pero en cierto momento arrancó una interesante conversa entre curas sobre quien estaba más cerca de Dios. El disparador había sido la reciente canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II ya que el tema de la santidad despierta múltiples emociones, más aún entre los siempre agudos jesuitas. Ahora bien, lo verdaderamente insólito es que después de esa disertación me quedé solo en un pasillo de la casa y sin saber cómo, de repente me encontré conversando en privado con el Superior de la Compañía de Jesús.

Después de tanta conversación teologal, no me quedaba más que descender el tema a un plano terrenal y le comento al P. Nicolás que yo estaba convencido de la existencia de los santos más cercanos, los de carne y hueso, aquellos que seguramente no van a ser canonizados, pero llevan una verdadera vida de santidad. En mis comentarios me refería a la hermana Pari, sobre quien escribí uno de mis primeros posts y le hice mención al video en el cual ella hablaba justamente de la pasarela como símbolo de conexión entre la universidad y nuestros vecinos más vulnerables, tal cual como él había también referido esa misma mañana.

Luego de esa introducción a la conversación, toma la palabra, baja el volumen de la voz y me dice algo así:

Te voy a confesar algo, yo siempre tuve algún tipo de problema con esto de los santos. A mí me incomodaba profundamente ver las campañas que se hacen o las presiones que en la historia han existido para que alguien llegue –formalmente– a ser santo.

 

Mi sorpresa no se hizo esperar, imagino que en mi cara se debió haber notado. Pero el Padre Superior continuó:

Tenía ese problema hasta que yo mismo tuve que hacer mi propia clasificación de los santos y sentirme en paz. Ahora los tengo clasificados en cuatro escalafones y cada vez que pienso en alguno que me genere tal incomodidad, lo pongo en mi orden y listo.

 

Entonces, pasó a revelar sus cuatro categorías, que si mi memoria no falla serían algo, más o menos, así: “La primera categoría son los “Santos Indiscutibles”, donde fundamentalmente yo ubico a los fundadores de la Iglesia, a los apóstoles. El mejor ejemplo de esta categoría vendría dado por San Pedro y San Pablo, indiscutiblemente. Allí nadie tiene dudas”.

Volteo para los lados y nadie se acerca ni interrumpe nuestra conversación. Sigo siendo el privilegiado de tener exclusivamente esa tertulia. Entonces, pasa a hablar de la segunda categoría cuyo nombre era algo así como “Vidas de Santidad”.

En esta segunda categoría yo ubico a aquellas personas que verdaderamente llevaron una vida admirable y un legado importante para la Iglesia, una vida de santidad. Allí están algunos grandes fundadores de órdenes religiosas, así como aquellos que sentaron unas bases sólidas para llegar a la Iglesia de hoy.

 

Por supuesto que entre los primeros que nombró destacó a San Ignacio de Loyola, sin embargo, aparecen allí nombres como San Agustín, Santo Tomás de Aquino, Santa Teresa de Jesús o San Francisco de Asís.

Llegó el momento crucial de la conversación. La tercera categoría era el meollo de todo su conflicto con la Iglesia, que recordemos, está conformada por hombres y mujeres, con sus egos, deseos y características típicas del ser humano. Entonces me dice:

Antes me enojaba mucho ver en un mismo pedestal a santos destacados con algunos otros que creo que no están a la misma altura; mucho peor cuando sentía que su canonización venía por presiones de ciertos sectores. Para ellos inventé la categoría “Medalla de Honor”. Entonces, cuando siento que algún caso me genera algo de conflicto interno me digo internamente, a ese le otorgaron su medalla de honor, me tranquilizo y paso la página. Desde que asumí eso, soy más feliz.

 

Curiosamente, había dicho todo eso y aún estábamos él y yo. Quizás para la cuarta categoría podría haberse acercado alguien, pero allí no había mucho más que agregar:

La cuarta categoría ya me la has dicho tú, son esos “santos de carne y hueso”, sin duda esas vidas increíbles de santidad que solo la gente que vivió alrededor de ellos lo pueda constatar. Allí está la religiosa que mencionas y miles de historias similares.

 

Llegó el tiempo de agarrar el jeep y bajar de La Vega. Después de aquel día no lo volví a ver. Siendo un hombre de estos tiempos decidió dar un paso a un lado en 2016 y convocó una nueva Congregación General de la cual resultó electo Arturo Sosa como nuevo Superior General, siendo el primer jesuita no europeo en llegar allí. Adolfo Nicolás murió en Japón; no podría especular sobre todos los detalles de su vida, pero entre la manera en que lo describen, así como la agudeza mezclada con ese humor tan peculiar que disfruté en vivo, podría decir que fue un típico jesuita.


*Fundador y presidente de la Fundación Impronta.

Fuente: Revista SIC 825

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