Seguir a Jesús acompañando al pueblo en su camino hacia un mundo reconciliado

Por Arturo Sosa, S.I.

Cincuenta años del Secretariado para la Justicia Social y la Ecología Integral (SJES)

 

 

Queridos participantes en este Congreso Mundial del Apostolado Social de la Compañía de Jesús. Gracias por estar aquí; gracias por su compromiso al servicio de la fe que lucha por la justicia del evangelio, en diálogo y colaboración con tantas personas de diversas religiones y culturas empeñadas en contribuir a la reconciliación y la paz.

 

En noviembre de 2018 los invité a encontrarnos aquí en Roma en esta fecha no sólo para compartir hermosos recuerdos de nuestros compromisos pasados sino para convertir la celebración de los primeros cincuenta años del Secretariado para la Justicia Social y la Ecología Integral en el momento propicio, en el kairós, para juntos agradecer tantos bienes recibidos, discernir los pasos a dar y elegir las nuevas o renovadas llamadas del Señor en el compromiso con la promoción de la justicia y la reconciliación, como nos recuerda el logo de este Encuentro Mundial.

Llevamos 50 años de un proceso continuo en sintonía con importantes acontecimientos sociales y eclesiales, fuera y dentro de la Compañía de Jesús, desencadenados por el viento fresco que significó el Concilio Ecuménico Vaticano II. LA ocasión no se presta para intentar un elenco detallado de los acontecimientos vividos en este tiempo. Sin embargo, los invito a hacer memoria de ellos en su oración personal y su compartir fraterno de estos días. Acontecimientos como las Conferencias de Obispos latinoamericanos en Medellín y Puebla, la Carta de Rio de Janeiro del Padre Pedro Arrupe sobre el compromiso social de la Compañía de Jesús, el decreto 4 de la Congregación General 32ª, la inspiradora síntesis de esta experiencia hecha en la Congregación General 36ª cuando nos llama a ser “compañeros en una misión de reconciliación y justicia” o el ventarrón levantado por la preparación y reciente celebración del Sínodo sobre Amazonas que ha puesto en movimiento un proceso de profundización en el compromiso por la vida de las personas, los pueblos y el planeta tierra.

Acontecimientos que, muchas veces, están asociados a rostros concretos que nos han movido proféticamente. De nuevo, traigan esos rostros a su memoria durante su oración y compartir fraterno de estos días, dándole gracias al Señor por figuras como Dom Helder Cámara, San Oscar Arnulfo Romero, Rutilio Grande, Franz van Der Lugt, Christophe Munzihirwa, A.T. Thomas, Richard Fernando, Thomas Gafney, o Pedro Arrupe, fundador e inspirador del SJES. Siguiendo figuras inspiradoras he convocado un “año ignaciano” para dejarnos nuevamente conmover por Ignacio de Loyola, herido en Pamplona en 1521 y transformado por la acción de Dios en Manresa para convertirse en el peregrino que inicio este camino que también nosotros hemos elegido recorrer al servicio de Jesucristo y su Iglesia.

Aprovechemos, pues, este momento tan especial desde el que Dios nos está otra vez hablando e invitando a hacer memoria, agradecer, discernir y tomar decisiones audaces, osadas y arriesgadas para acompañar a Jesús y su pueblo en las realidades de frontera, junto a los más excluidos, pobres y vulnerables.

Aprovechar este momento para hacer memoria significa renovar nuestro compromiso con lo mejor de ese pasado, actualizando y fortaleciendo nuestro deseo de seguir las llamadas recibidas durante años de búsqueda, discernimiento y toma de decisiones. Estamos aquí para hacer memoria, o sea, para renovar y fortalecer la fe que exige la justicia, el diálogo con las culturas, el compromiso con la ecología integral, y promover nuestra reconciliación con Dios y su creación toda. Al hacer memoria también reconocemos nuestros errores y aceptamos nuestras caídas buscando sacar provecho de lo que hemos aprendido de las experiencias vividas. Al tomar conciencia de nuestro pecado y de nuestras omisiones, hacemos presente nuestra fragilidad necesitada de ayuda. Al mismo tiempo experimentamos la misericordia que nos capacita para convertirnos en “ministros de la reconciliación”, contribuyendo a construir el futuro guiados por el Espíritu.

Nos encontramos en un momento privilegiado para agradecer a Dios por su presencia, inspiración y acompañamiento, testimoniado sobre todo en las mujeres y hombres que han entregado su vida en servicio de las personas más pobres y excluidas. Agradecemos a Dios el regalo que ha hecho a su Iglesia en la vida y compromiso de tantos mártires que durante estos 50 años han dado su vida por la fe y la justicia. También es un momento para agradecer que a nosotros pecadores el Señor nos ha llamado a ser servidores y servidoras de la misión de Cristo enviados a las fronteras.

Es el momento privilegiado para discernir los nuevos caminos a los que nos está llamando el Señor. Para ello, lo sabemos bien, se necesita osadía; esa audacia para buscar lo que luce imposible, pues contamos con su gracia, y eso nos basta. Aprovechemos estos días sobre todo para mirar hacia el futuro inspirados por los aprendizajes del pasado y urgidos por los desafíos de este presente lleno de desafíos, de esta Iglesia que busca renovarse bajo la inspiración y guía del Papa Francisco.

Aprovechemos este kairós para hacer memoria, agradecer y discernir la llamada de Dios a la luz de las Preferencias Apostólicas Universales, 2019-2029 de la Compañía de Jesús, el Sínodo Amazónico, las invitaciones que nos hace el magisterio del Papa Francisco y los movimientos e instituciones sociales más comprometidos.

Permítanme una nota personal. Este aniversario del Secretariado para la Justicia Social y la Ecología Integral es una ocasión para agradecer al Señor su presencia en mi propia vida a través del compromiso en la lucha por la justicia derivado del impulso de la fe. Acabo de cumplir 53 años de mi entrada al noviciado de la Compañía de Jesús en Los Teques, Venezuela. Mi vocación, formación y misión apostólica en la Compañía de Jesús han sido alimentadas y marcadas por lo que llamamos el “apostolado social”. Este encuentro mundial es para mí la oportunidad de agradecer esa experiencia al mismo tiempo que siento confirmada la centralidad de esta dimensión en la misión de la Compañía de Jesús hoy, pero sobre todo mirando a largo plazo. La Compañía de Jesús –leemos en la Fórmula del Instituto de 1550- fue “fundada ante todo para atender principalmente a la defensa y propagación de la fe y al provecho de las almas en la vida y doctrina cristiana”[1]. Cumplir ese objetivo hoy como seguidores, compañeros y compañeras de Jesús de Nazaret sólo es posible encarnándose, como él, en la humanidad crucificada por el pecado del mundo y, juntos, contribuir a superar las causas de la opresión de los seres humanos y el maltrato al medio ambiente.

Reitero, pues, mi invitación a que cada uno de ustedes y a este importante grupo de personas aquí reunido hacer memoria y agradecer desde el fondo del corazón:

–     Primero a Dios y luego a su Iglesia porque con el Vaticano II nos invitó a renovarnos volviendo a nuestras fuentes originantes, proceso que llevo a iniciar este Secretariado cuyos 50 años de existencia nos reúne;

–     a los innumerables jesuitas, compañeros y compañeras en el apostolado social. Como pioneros tuvieron que vivir situaciones difíciles en medio de críticas, incomprensiones, ridiculizaciones. Porque en medio de tanta adversidad han permanecido fieles a la causa de los más pobres y vulnerables;

–     al Padre Pedro Arrupe, a cuya intercesión encomendamos este Congreso Mundial. Desde un auténtico “sentir con la Iglesia” hizo caso a sus intuiciones y en medio de sufrimientos e incomprensiones, con audacia y generosidad ayudó a renovar y actualizar la misión de la Compañía de Jesús, dándonos un inestimable y entusiasmante ejemplo de fidelidad creativa.

–     a todos y cada uno de los anteriores secretarios del SJSE –Francisco “Paco” Ivern, Michael Campbell-Johnston, Henry Volken, Michael Czerny, Fernando Franco y Patxi Alvarez – por su entrega y liderazgo, ahora en manos del empuje de Xavier Jeyaraj. Todos ellos han contado con personas generosas para apoyar una labor inmensa con recursos escasos bien aprovechados que merecen nuestro sincero reconocimiento y agradecimiento.

–     a todas las Conferencias de Superiores Mayores, delegados provinciales, directores de obras y centros sociales, que han asumido en diversas partes del mundo el liderazgo en el  promover la justicia que brota de nuestra fe;

–     a todas las obras, en todos los terrenos del quehacer apostólico de la Compañía de Jesús, que han incorporado “lo social y la ecología integral” como dimensión fundamental de la misión que realizan.

–     a tantas personas, laicas o religiosas con las que hemos experimentado ser parte del mismo cuerpo en cuyos hombros ha descansado el compromiso cotidiano de estos 50 años. Sin todas ellas, sin cada uno de ustedes, el terreno no se habría rotulado ni la semilla plantado ni los frutos cosechados. Es claro que el liderazgo presente y futuro de esta misión recae sobre ustedes y quienes, siguiendo el camino iniciado, serán los sucesores innovadores de una misión que se hace cada día más compleja y más urgente.

Quiero invitarlos a hacer de este Congreso Mundial un momento de renovación espiritual, que busque, como nos señalan las preferencias apostólicas universales y nos insiste el Papa Francisco, profundizar nuestra relación con Dios para mostrar ese camino de vida nueva. Bebiendo en la fuente del evangelio, orientados por las luces que ofrecen las preferencias apostólicas para el próximo decenio, abramos nuestras mentes y corazones a los signos de los tiempos a través de los cuáles el Señor nos muestra cómo actúa en la historia presente y nos mueve a colaborar con Él, entre nosotros y con otros.

Uno de los más importantes aprendizajes del discernimiento en común de las preferencias apostólicas universales fue entender que ellas no indican lo que debemos hacer sino cómo vivir en lo que hacemos. Las preferencias apostólicas son orientaciones vitales que nos llevan a entender la vida y la misión como algo intrínsecamente unido; nos llevan a buscar convergencias e integración entre las muchas maneras en las que llevamos adelante nuestra colaboración en la misión del Señor, evitando la tentación de sectorizar lo que son dimensiones necesariamente presentes en lo que somos y hacemos.

El discernimiento que se inspira en la memoria agradecida y mira al largo plazo puede enriquecerse de lo que la espiritualidad ignaciana, con exquisita originalidad, llama el examen. Recomiendo vivamente una relectura de la Carta sobre el Apostolado Social del P. Peter-Hans Kolvenbach del 24 de enero del 2000. Recuerdo el siguiente párrafo:

“Al mismo tiempo y paradójicamente, esta conciencia de la dimensión social de nuestra misión no siempre encuentra expresión concreta en un apostolado social pujante. Al contrario, éste manifiesta algunas debilidades preocupantes: parecen ser cada vez menos y menos preparados los jesuitas dedicados al apostolado social y los que hay están a menudo desanimados y desparramados, faltos tal vez de colaboración y organización. Factores externos a la Compañía están también debilitando el apostolado social: nuestros días están marcados por imprevisibles y rápidos cambios socioculturales difíciles de interpretar y a los cuales es aún más difícil responder con eficacia (globalización, excesos de la economía de mercado, tráfico de drogas y corrupción, migración en masa, degradación ecológica, explosiones de brutal violencia). Visiones de la sociedad que antes inspiraban y estrategias para un cambio estructural amplio, han cedido el puesto al escepticismo o, en el mejor de los casos, a mera preferencia por proyectos más modestos y planteamientos restringidos. El apostolado social corre así el peligro de perder su vigor e impulso, su orientación e impacto.”

Como insumo para estos días me atrevo a ofrecerles diez puntos de los cuáles podemos examinarnos con transparencia y valentía:

1)      La dimensión espiritual de nuestro compromiso con la justicia social y la ecología integral: ¿qué tanto nos acerca a Dios y muestra el camino hacia Él nuestro compromiso social personal y el de nuestras obras?

2)      El puesto del discernimiento personal y grupal en nuestra vida-misión: ¿qué tanto estamos discerniendo personal e institucionalmente la misión a la que nos invita el Espíritu que actúa en la historia?

3)      La colaboración entre jesuitas, laicos, laicas, otras personas e instituciones: ¿qué tanto ponemos la colaboración con otras partes del cuerpo como algo normal, por necesario, en nuestro trabajo?, ¿En qué grado establecemos una relación fraterna, horizontal, entre todos y todas?

4)      El lugar de las mujeres en nuestras instituciones y prioridades sociales: ¿qué lugar ocupan las mujeres en los procesos de discernimiento, toma de decisiones de nuestra vida-misión?, ¿Qué lugar ocupan entre los desafíos prioritarios de un mundo que las margina o excluye y una Iglesia reacia a reconocer su corresponsabilidad en la dirección de la comunidad de los seguidores y seguidoras del Señor Jesús?

5)      El trabajo en Red: ¿qué tanto estamos trabajando en red entre nosotros y con las demás obras apostólicas de la Compañía y con otras instituciones que desde su identidad contribuyen al crecimiento del reinado del Señor?

6)      La cercanía a los pobres como dimensión constitutiva del camino redentor abierto por el Jesús de Nazaret: ¿qué tan cercanos de los pobres y excluidos estamos? ¿Cuánto estamos efectivamente dispuestos a movernos en esa dirección en nuestra vida y estilos de trabajo?, ¿Cómo determina la cercanía con los pobres nuestra mirada al mundo y nuestra sensibilidad ante las situaciones que vivimos?

7)      Nuestro trabajo intelectual. La Compañía de Jesús nace asociando la profundidad espiritual, la cercanía a los pobres y la comprensión intelectual de los procesos humanos. El discernimiento que lleva a escoger las acciones a realizar necesita de profundad intelectual. ¿Estamos acompañando nuestros trabajos sociales con la suficiente reflexión e investigación que exigen la complejidad del mundo global que tenemos por delante?

8)      El fortalecimiento del liderazgo de los pobres y excluidos: ¿qué lugar ocupan los grupos más excluidos (migrantes, mujeres, jóvenes, personas más vulnerables de nuestras sociedades) en nuestros planes sociales?, ¿Son solo objetos de nuestra misión o por el contrario estamos abriendo espacios para que sean sujetos y tengan el liderazgo de los procesos de liberación?

9)      La incidencia local y global: ¿estamos preocupando por ir más allá del servicio directo para desarrollar procesos de incidencia que afecten las estructuras de exclusión, y produzcan un bien mayor y más universal?

10)  El compromiso con la erradicación de los abusos dentro y fuera de la Iglesia como dimensión necesaria de la transformación de las estructuras injustas de la sociedad. ¿Hasta dónde ha crecido nuestra sensibilidad ante los abusos sexuales, de conciencia y de poder dentro de nuestras instituciones, dentro de la Iglesia y en el conjunto de las estructuras sociales?, ¿Hemos elaborado estrategias apropiadas para detectar, reaccionar y evitar toda clase de abusos?, ¿Qué puesto ocupa la promoción de una “cultura de la salvaguarda” en nuestra lucha por la justicia social?

Del intercambio de estos días surgirán seguramente otras materias de examen pero sobretodo nuevas luces para afrontar el futuro de nuestro apostolado social. La mejor manera de conmemorar este 50º aniversario del SJES es imitar al Ignacio de Loyola que se pone en camino, dejando atrás el pasado, aprendiendo a ser guiado de la mano del Señor y poniendo sólo en Él toda su confianza.

La misión del Secretariado de la Justicia Social y la Ecología Integral no es hacer de lo social y lo ecológico la misión particular de una parte o grupo especializado de la Compañía, sino promover el compromiso social y ecológico dentro de todo el cuerpo. Por eso aquí están presentes personas comprometidas en diversas actividades apostólicas de la Compañía de Jesús, todos empeñados en vivir el compromiso social y ecológico como una experiencia profundamente espiritual que nos permita a todos vivir la acción social y ecológica como una experiencia de unión íntima con la Trinidad que contempla al mundo y, sólo por amor, se encarna en la historia para redimirla mediante la promoción de la justicia, el cuidado y protección de la casa común, ejerciendo el ministerio de la reconciliación de todas las cosas en Cristo.

Pidamos, por intercepción de Pedro Arrupe y nuestros mártires, alcancemos la apertura de corazón y e mente necesaria para aprovechar este kairós, y por mediación de Nuestra Madre María nos hagamos disponibles a ser puestos con el Hijo.

Muchas gracias.

4 de noviembre de 2019

[1] Formula Istituti, 1550.

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