Mensaje al liderazgo nacional

Foto: Archivo Web

Quienes suscribimos este documento, a lo largo de nuestras vidas hemos tenido una relación directa con la política. Por tal razón sabemos valorar la importancia de las organizaciones y de las personas que se ocupan cotidianamente de los asuntos públicos. No obstante, con pesar y no poca tristeza, hemos llegado a persuadirnos de la pertinencia, casi deberíamos decir de la urgencia, de dirigir la presente exhortación, directa y emplazante, al liderazgo nacional en esta hora que casi todo el mundo considera crucial para la República.

El régimen autoritario establecido en Venezuela acaba de cumplir veinte años. Este tiempo es el equivalente a cuatro períodos constitucionales de los que conocimos en nuestra reciente democracia. El ascenso al poder del autoritarismo fue el resultado de una transición desde la relativamente prolongada decadencia de la democracia representativa que culminó con el colapso de los partidos políticos en las elecciones generales de 1998.

Ahora bien, desde la perspectiva a partir de la cual nos aproximamos al examen de la situación del país, estamos persuadidos de que el ciclo histórico del autoritarismo ha llegado a su término:

a) En lo político, después de un ascenso que le permitió legitimarse democráticamente en el país e internacionalmente, ha terminado convertido en una dictadura totalitaria, carente de todo tipo de legitimidad, violadora descarada de todos los derechos humanos y, hoy, sin capacidad de gobernar al país como no sea mediante la violencia en sus más ofensivas, condenables y abyectas formas, condenadas hoy por la inmensa mayoría de nuestra sociedad y por el concierto internacional de naciones democráticas. El país está convertido en un estado policía, propiciador de la violencia criminal y quienes presumen su dirección han perdido la capacidad de gobernar a la nación.

b) En lo económico, después de haber disfrutado de unas condiciones fiscales óptimas como para promover un Estado con desarrollo equilibrado acelerado y lograr el mejoramiento radical de las condiciones materiales de vida de los venezolanos, sobre todo de los más necesitados, ha llevado a nuestra sociedad a la ruina total que deja una guerra sin haberla sufrido. La estructura de la economía nacional está destruida incluyendo la petrolera, el primer sostén fiscal de Venezuela; una parte importante de la población huyendo de la miseria en que se ha convertido nuestro territorio nacional y quienes se han quedado, pasando hambre y necesidades de todo orden.

Paralelamente, el gobierno sin capacidad para garantizar electricidad, combustible y gas, agua potable para la población, sin poder atender la salud y la educación, asegurar el buen estado de las vías de comunicación, respetar la autonomía de la administración de justicia y ofrecer alguna esperanza creíble a la gente, distinta por supuesto a la hiperinflación, a una moneda sin poder de compra (el bolívar de los bolivarianos) que está siendo substituida de hecho, en las economías formal e informal de Venezuela, por monedas de otros países .

¿Cuál es, entonces, la razón para que esta agonía se prolongue? ¿Cuál es la explicación de que en semejantes condiciones no se haya producido un cambio político en Venezuela a pesar de contar con el rechazo casi unánime del país al gobierno y la solidaridad internacional con nuestra Patria? ¿Qué está pasando entre nosotros para que Venezuela se haya convertido en una pieza del ajedrez que juegan las potencias internacionales y la suerte de nuestro destino nacional pueda decidirse fuera de nuestro territorio y sin la participación esencial de los venezolanos?

Los elementos a la mano para este examen nos permiten afirmar que la travesía del desierto a que se ha visto obligado el liderazgo nacional desde las elecciones generales de 1998 no ha terminado. Digámoslo francamente, para poder orientarnos de nuevo en las dimensiones que parecen infinitas de los problemas del país, es necesario definir y construir un rumbo cierto. Hasta ahora, el liderazgo democrático venezolano no ha podido ofrecernos el diseño compartido de un país alternativo, claramente definido y radicalmente diferente del fraude que ha representado el “socialismo del siglo XXI”.

Y cuando las mayorías ciudadanas, atrapadas durante períodos por el desencanto y la aflicción, identifican en el horizonte una vocería que nos reanima y nos devuelve la esperanza como la del Diputado Presidente de la Asamblea Nacional Juan Guaidó y Presidente Encargado de la República, en lugar de rodearlo solidariamente como hace la colectividad nacional mayoritariamente y ayudarle a encontrar el rumbo que se ha perdido, vemos brotar en el entramado político, como espinas, la incomprensión y la crítica desproporcionada.

No creemos y no estamos propiciando una unidad hipócrita. Reconocemos la diversidad de personas, de grupos, de sectores sociales, de organizaciones partidistas, de ideas, de proyectos y de aspiraciones humanas como la fundamentación enriquecedora de la democracia. Nos preocupa simplemente que por no poder distinguir el grano de la paja, por no ser capaces de posponer los intereses personales frente a los intereses colectivos, por no saber diferir las críticas sobre lo que no es esencial y por no saber esperar el turno para aprovechar, en su momento, las oportunidades que a cada ambición legítima se ofrece, se pierda la posibilidad real de convertir el grave deterioro al que han llegado las condiciones bajo las que se desenvuelve el gobierno en un cambio de verdad en favor de los venezolanos de adentro y de afuera.

Hace algo más de doscientos años la independencia de Venezuela fue posible porque un liderazgo esclarecido supo aprovechar las condiciones para el cambio. Al final de la larga tiranía gomecista la construcción del ideario democrático y el establecimiento de las bases políticas de la democracia fueron posibles en nuestro país porque, cuando se necesitó, nuestra sociedad contó con el liderazgo que se requería. Y la reconstrucción de la democracia a partir del 23 de enero de 1958 fue posible por la fuerza y profundidad intelectual y política del liderazgo nacional del momento.

¡Que no se pierda esta oportunidad por no haber podido verla o por haber visto otra cosa! La cuestión es demasiado seria. No es que Venezuela se haya convertido en un estado fallido sino que corre el gravísimo riesgo de dejar de ser un estado.

Fuente: Tertulia de los Martes

 

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