Lucrezia Orsina Vizzana, la monja que puso banda sonora al barroco

Por Sandra Ferrer

Descubrimos la historia de una de las pocas religiosas conocidas por su talento musical como cantante, intérprete y compositora
Si la historia de la música recoge muy pocos nombres femeninos, la lista se reduce cuando estos salieron de la vida conventual. Desde que en la Edad Media destacaran con nombre propio mujeres como Kassia o Hildegarda de Bingen, son escasas las referencias de religiosas que legaron su obra musical. Una de estas mujeres fue Lucrezia Orsina Vizzana, una monja italiana que vivió a caballo entre el Renacimiento y el Barroco y demostró un gran talento como compositora.

Nacida en Bolonia el 3 de julio de 1590, Lucrecia era hija de un noble boloñés llamado Ludovico Vizzana y su esposa Isabetta Bombacci. Lucrecia ingresó en el convento Camaldulense de Santa Cristina siendo una niña, en 1598, tras la muerte de su madre. Tras los muros de Santa Cristina, no solo recibió la protección de la comunidad y encontró consuelo en la fe, sino que se formó en el arte de la música gracias a su tía Camilla Bombacci, miembro de la congregación que ejercía de organista. Junto a Camilla, Lucrecia aprendió de Ottavio Vernizzi, maestro de música que entraba en el convento a pesar de las prohibiciones estrictas de la época.

Lucrecia vivió una de las etapas más rígidas de la vida conventual pues, tras la Reforma protestante, la Iglesia Católica extremó las reglas monásticas durante el Concilio de Trento para mantener el orden tras los muros de los conventos. En este sentido, la Contrarreforma puso su empeño en limitar la actividad pública de las religiosas, entre ellas la producción musical.

Lucrecia pasó muchos años estudiando música y componiendo hasta que Vernizzi decidió publicar su obra musical en una obra titulada Componimenti musicali de motetti concertati a le piú voci, la única conocida que hubiera compuesto una religiosa de Bolonia. El libro, editado en Venecia en 1623, incluía motetos pensados específicamente para las fiestas litúrgicas en las que se exaltaba la figura de Jesús y se veneraban los sacramentos. Influenciada por la obra del compositor italiano Claudio Monteverdi, Lucrecia ya conocía los estilos musicales que triunfarían en la primera época del Barroco.

A pesar de la valía de sus composiciones, Lucrecia contravino las normas eclesiásticas que no permitían que las religiosas hicieran pública su obra. Años después, tropas de la Iglesia llegaron a Santa Cristina para intentar imponer las normas establecidas por Trento. Desde entonces, Lucrecia dejó de componer. Tras su muerte, en la primavera de 1662, su talento musical cayó en el olvido. Tuvieron que pasar varios siglos para que las notas compuestas por ella volvieran a sonar y fueran admiradas por los amantes de la música. Su obra fue rescatada y reeditada a finales del siglo XX.

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