Los obispos que remaron desde Venezuela hasta el Sínodo de la Amazonía

Estos obispos viven en la Amazonía venezolana, que representa 5,8% a nivel regional, pero que en nuestro país es casi el 50% del territorio nacional y abarca los estados Amazonas, Bolívar y Delta Amacuro. La Amazonia venezolana tiene un papel importante en la regulación del clima, así como en la captura de agua dulce para el consumo y la generación de energía eléctrica. Actualmente esta región y sus habitantes se encuentran amenazos por proyectos extractivistas promovidos desde el gobierno venezolano.                Foto: Minerva Vitti Rodríguez

En este artículo los religiosos que representaron a Venezuela durante el Sínodo de la Amazonía, realizado en Ciudad de Vaticano del 6 al 27 de octubre de 2019, nos cuentan sobre los temas abordados en sus intervenciones y los retos de la Iglesia venezolana de cara al documento final, que exige la escucha activa y la apertura para descubrir la riqueza que hay en cada cultura y en todo lo creado. Sin duda, una oportunidad histórica que tiene la Iglesia de diferenciarse de las nuevas potencias colonizadoras escuchando a los pueblos amazónicos y denunciando el modelo extractivista que está arrasando con la Amazonía

Minerva Vitti Rodríguez*

En la recepción de la Casa Romana del Sacerdote, ubicada en la vía Traspontina, Roma, están sentados los obispos Felipe González, Vicariato Apostólico del Caroní, estado Bolívar; José Ángel Divasson, director de la Red Eclesial Panamazónica (Repam) Venezuela; y Ernesto Romero, Vicariato Apostólico de Tucupita, estado Delta Amacuro. Es una sala con varios sofás y mesas con canastas de caramelos. Los religiosos van y vienen saludándose, comentando sobre algún lugar que han visitado o sobre lo bien que han marchado las asambleas. Varios de ellos se han hospedado en este lugar mientras participan en el Sínodo de la Amazonía. Hoy 25 de octubre varios de ellos tienen un receso matutino.

Pienso en los perfiles de cada uno, son de las órdenes religiosas capuchina o salesiana, y en el lugar donde los he conocido: la Amazonía venezolana. Son ellos los que están en el terreno día a día con los pueblos originarios, los que conocen de primera mano los principales problemas que los afectan y también las limitaciones de la Iglesia venezolana. Son los que viajaron de la periferia hasta el centro para llevar las voces de los pueblos, recogidas en las asambleas territoriales.

Misioneros de estas dos órdenes religiosas se han dedicado a compilar las historias ancestrales y la gramática de los pueblos indígenas, o llevan publicaciones como la revista La Iglesia en Amazonas, donde documentan el permanente abuso y violación de los derechos humanos del pueblo amazónico, que no solo está constituido por los indígenas. Las hermanas religiosas de estás congregaciones también permanecen en los territorios y la mayoría de ellas son las que dirigen las misiones.

Transcurren unos minutos y entran a la sala los obispos Jonny Reyes; Vicariato Apostólico de Puerto Ayacucho, estado Amazonas; y Pablo Modesto Diócesis de Guasdualito, estado Apure. El cuadro está completo para la conversación que versará sobre las intervenciones que tuvo cada uno en el Sínodo de la Amazonía.

 

El diezmo misionero, una deuda de la Iglesia venezolana

Ernesto Romero cuenta que desde que inició su misión se propuso como tarea fundamental escuchar al pueblo de Dios y de una manera especial al pueblo indígena warao. Señala que para dejarse interpelar es necesaria una conversión ecológica y pastoral, y coloca de ejemplo a los primeros misioneros capuchinos que escucharon. Esto se evidenció en el aprendizaje del idioma, tradiciones, costumbres que plasmaron en diccionarios, gramáticas y la recopilación de mitos y leyendas que narran la identidad y espiritualidad de este pueblo indígena.

Oriundo de Machiques, a los pies de la Sierra de Perijá, estado Zulia, Romero ingresó en 1982 en la Orden de Hermanos Capuchinos y desde 2015 es vicarito apostólico de Tucupita, estado Delta Amacuro, con una población de 167.676 habitantes, de los cuales 48.771 son indígenas de la etnia warao, el segundo pueblo indígena más numeroso en Venezuela.

El obispo señala que ya no hay misioneros y misioneras dispuestas a ir a esos lugares remotos de los caños de Delta Amacuro y se pregunta ¿cómo interpela a la Iglesia en Venezuela este Sínodo especial amazónico?: “Este Reinado de Dios no se hará presente si hacemos oídos sordos al Espíritu, que nos llama a ser profetas de la vida que claman los pueblos indígenas, proclamando la verdad y denunciando las injustas de nuestros gobiernos y estamentos militares que manipulan y subestiman las comunidades campesinas e indígenas”.

Romero dice que los sacerdotes, la vida religiosa y los agentes de pastoral  se están concentrando cada día más en las grandes ciudades desde donde pueden “hacer carrera”, y pide ayuda al papa Francisco para concretar y hacer realidad el “diezmo misionero” que, la Iglesia en Venezuela, en un Concilio Plenario iniciado en 1996 y culminado en el 2006, se comprometió a llevar adelante ofreciendo sacerdotes para las comunidades y centros misionales, pero no cumplió.

En una de las asambleas preparatorias para el Sínodo el obispo preguntó a los indígenas warao qué esperaban del Sínodo de la Amazonía y estos respondieron tres cosas: 1) “Trae misioneras y misioneras de por allá que por la televisión en la plaza de San Pedro se ven muchos. Necesitamos padres y hermanitas que nos acompañen y defiendan. Son los únicos a los que no les hemos perdido la confianza”. 2) “Que la Iglesia siempre nos escuche en nuestros problemas sin prisas. No queremos perder nuestra cultura. Desde que se fueron los misioneros de nuestra comunidad los jóvenes todos se mueren infectados del Sida”.  3) “Luces para servir y cuidar nuestra ‘casa común’ y convertirnos en verdaderos cuidadores de la creación”.

Asegura que esta región, que representa el 4,39 % del territorio nacional, es una “tentación para un modelo de vida depredador y oportunista. Se registran crímenes  y asesinatos de líderes y defensores del territorio; contaminación de las aguas (el Delta Amacuro es el vertedero de todas las aguas de los ríos que caen al Orinoco y van al Atlántico); caza y pesca predatorias; megaproyectos energéticos, mineros, no sustentables, que provocan enfermedades en familias completas; narcotráfico, violencia, tráfico de personas; pobreza y pérdida de la cultura y la identidad, especialmente en los más jóvenes”.

Felipe González, capuchino y vicario del Caroní, apuntó la misma preocupación sobre la falta de religiosos y misioneros. Aseguró que las órdenes religiosas que tenían bajo su responsabilidad estos territorios ya no tienen recursos ni humanos ni económicos para sostener la obra evangelizadora que se les había encomendado.

El obispo, que también fue vicario en Tucupita por 29 años y conoce la realidad del pueblo indígena warao, habló de un vicariato en Venezuela donde hace diez años había quince religiosos y actualmente quedan dos sacerdotes mayores y un hermano religioso.

Por esa razón, sugirió al papa Francisco la revisión de las concesiones del “Jus Commissionis” (que es una especie de acuerdo que hace la Santa Sede con una orden religiosa para hacerse cargo de una circunscripción eclesiástica) y solicitó que las diócesis con más capacidad “asuman algún vicariato como parte de su tarea pastoral o al menos ‘apadrinen‘ alguna parroquia, responsabilizándose del envío de sacerdotes, idóneos, adecuados, con los recursos necesarios y dispuestos a permanecer un tiempo propicio para conocer la nueva realidad geográfica y cultural [para que] en un tiempo no muy lejano, haya ministros propios con rostros autóctonos ”.

La realidad donde se encuentra ubicado este vicariato es muy compleja ya que actualmente se está ejecutando el Arco Minero del Orinoco, un proyecto promovido desde el gobierno venezolano que no cuenta con estudios de impacto socio-ambientales, ni consulta a los pueblos y comunidades indígenas, especialmente del pueblo indígena pemón, habitante ancestral de estos territorios. Todo esto ha desatado una ola de minería y violencia al sur del país.

Recientemente González ha declarado sobre las masacres ocurridas al sur del país. Las comunidades indígenas que forman parte de esta circunscripción también han publicado un comunicado denunciando “que las apetencias extractivistas deben detenerse, pues el beneficio de pocos no puede estar por encima de los derechos de muchos”.

 

Diálogo intercultural

Jonny Reyes, salesiano y vicario apostólico de Puerto Ayacucho, dijo que su foco fue llevar la voz de los pueblos amazónicos al Sínodo. Estos clamores y saberes fueron recogidos en las asambleas presinodales y sistematizados en el Instrumentum laboris, documento base para la realización del Sínodo de la Amazonía.

Uno de los elementos Instrumentum laboris es el pars pro toto, una expresión del latín que significa “(tomar) una parte por el todo”: “Yo dije que no podíamos quedarnos en el patiecito pequeño de la Amazonía sino que teníamos que abrir nuestros horizontes a la realidad mundial, porque lo que sucede en Europa también repercute en América, lo que sucede en Asia repercute en Europa y así sucesivamente. Partiendo de la expresión de la Laudato Si´, todo está interconectado, debemos hablarle al mundo de la responsabilidad que hay por el cuidado de la casa común y la realización de la ecología integral”.

El obispo Reyes viene de Amazonas, un estado venezolano donde por decreto está prohibida la minería pero de todas formas se ejecuta, destruyendo la vida de las personas, los bosques y contaminando el agua con cianuro y mercurio. Además, en distintos espacios, ha denunciado a los grupos armados irregulares que son los que manejan los negocios de gasolina, alimentos y la minería. En Amazonas hay alrededor de 20 pueblos indígenas.

En una de sus intervenciones en el Sínodo, Reyes habló de las expresiones eucarísticas dentro de los pueblos originarios, especialmente del sentido comunitario, el ritmo de la convocatoria y el compartir: “Hay oración de intercesión por la comunidad, hay alabanza por la naturaleza como un regalo, está la presencia del capitán y del shamán como un celebrador que preside, se comparten el casabe y las bebidas. Tienen un vivo sentido penitencial y de mejora personal, o sea, hay reconocimiento de las faltas personales y comunitarias dentro de la comunidad. Y bueno, ¿no dice el señor que donde hay dos o más reunidos en su nombre ahí está el? Pues bien, muchas veces la comunidad se reúne en el nombre del Señor, entorno a la palabra o a estos elementos y ahí yo creo que está la presencia del Señor”.

Sobre el rito de la eucaristía señaló que la presencia de Jesús no está solamente en el pan y el vino, elementos más bien del mundo europeo, sino que también Jesús puede hacer su presencia real en la materia del casabe y la yucuta, siempre y cuando estén reunidos en su nombre.

En cuanto a la ordenación de hombres casados, elemento aprobado en el documento final, Reyes dijo que todavía hay mucho que desarrollar y manifestó que hay que tener cuidado de pensar la ordenación solamente para la celebración de la eucaristía porque eso sería, sin quererlo, afianzar más el clericalismo ministerial, “como si se dijera que si no hay un cura ordenado no hay eucaristía, sino hay el rito romano no hay eucaristía, entonces creo que eso sería más bien empobrecedor”.

Reyes, quien ya tiene cuatro años como obispo en Puerto Ayacucho, explicó que muchas veces en la eucaristía prevalece más la individualidad que la comunidad. “Nosotros tenemos un ritmo semanal y nuestros pueblos originarios tienen ritmos lunares o de meses, guiados por las estaciones de lluvia o verano. Nosotros tenemos a veces unas eucaristías reducidas, en el sentido de la participación, y qué bello es ver en esas comunidades donde predomina la mujer, los ancianos, los niños y donde los hombres también hacen el esfuerzo para estar. A mí siempre me ha llamado la atención ese compartir, no solo se va a oír misa o a cumplir con un precepto o una costumbre sino que realmente se comparte lo que hay en la comunidad y ahí es donde está la presencia de Jesús”.

 

Caminando con el pueblo yanomami

José Ángel Divasson, salesiano y coordinador de la Repam Venezuela, compartió la labor de acompañamiento al pueblo yanomami, llevada por años en el Vicariato Apostólico de Puerto Ayacucho, y algunas actitudes que les han permitido caminar con los pueblos indígenas, en la comprensión de la persona de Jesucristo, su mensaje y en la incorporación en su vida y cultura de estas enseñanzas. Destacó que las reflexiones de este trabajo han sido socializadas por varios años con las Diócesis de Roraima y de Sao Gabriel de Cachoeira, que atienden a este pueblo indígena en Brasil.

El obispo, que fue vicario durante 19 años en Puerto Ayacucho, criticó que en 1957 la relación con los yanomamis era de corte paternalista y sacramentalizador.  En 1976 se inició “una nueva etapa en la que fue madurando un largo camino catecumenal que culminó con grupos de bautizados y con el nacimiento de la Iglesia yanomami”.

Dentro de los elementos que favorecieron este proceso destacó que el vicariato hizo la opción de crear comunidades apostólicas integradas por religiosos, religiosas, laicos misioneros para llevar a cabo la tarea de evangelización.

Lo primero que hicieron fue “compartir la vida con las comunidades indígenas, respetándolas, conscientes de que eran ellas quienes debían asumir las riendas de su destino, ofreciéndoles elementos y herramientas de ayuda, tales como educación y salud, pero teniendo en cuenta la necesidad de contactos con la sociedad envolvente y la conveniencia de contar con recursos y organizaciones propias que evitaran cualquier tipo de dependencia”.

Cuando la comunidad apostólica se propuso llevar adelante el anuncio explícito del evangelio, en forma más sistemática, se inició en proceso catecumenal (período de prueba o de instrucción que se ofrece a los candidatos al bautismo en el cristianismo). Esta comunidad necesitó darle mayor profundidad al conocimiento que habían adquirido de la vivencia espiritual de las propias comunidades indígenas.

Divasson asegura que del contacto directo por tantos años y la observación de la vida de los misioneros, surgió en muchos indígenas un interés por conocer la “Buena Noticia” de Jesús: “El intercambio riquísimo de la vivencia de unos y otros en el quehacer de cada día, que fue parte importante de los primeros grupos de catecúmenos que duró 9 años, significó un diálogo intercultural entre misioneros e indígenas que enriqueció a todos, permitió descubrir, de forma más precisa y directa, la vivencia religiosa que se manifiesta en tantas circunstancias de su vida, su relación con lo trascendente, lo que era significativo para ellos y a lo que daban importancia: las fiestas, las actividades de cada día, la iniciación de los shamanes y su papel dentro de la comunidad… Y todo ello fue cotejado con el Evangelio, leído a la luz de Jesucristo. En esta reflexión se fue valorando la vivencia de valores ya existentes en ese mundo yanomami y las novedades que el Evangelio ofrecía a su cultura”.

Así se fue configurando una nueva comunidad (comunidad apostólica ­­y cristianos yanomami) y se fue logrando una particular concreción de Iglesia con un rostro propio que asumía expresiones y formas de interrelación propias de esas culturas en la vivencia eclesial, en las expresiones litúrgicas, en la proyección misionera.

De esta experiencia Divasson comparte algunas exigencias que deben ser llevadas adelante por los religiosos o laicos que deciden caminar al lado de los pueblos indígenas. La primera es la convivencia que implica una cercanía y estar en la vida y en los problemas. La segunda es aprender a crecer juntos lo cual exige una capacidad de escucha para discernir las riquezas y límites de estas culturas y así ofrecer la orientación evangélica. Lo tercero es que no se puede ir a estos territorios por poco tiempo, debe ser una opción estar ahí, aprender el idioma, reconocer al otro como diferente y esforzarse por descubrir en profundidad su vivencia.

“No se puede ir hacia ellos como los poseedores de la verdad, no es porque dudemos de nuestras convicciones, sino por las exigencias de entrar en otro mundo para  comunicar y recibir verdad. Salir de sí mismos para ir a los demás, es despojarse  de seguridades para entrar en otro mundo que no conocemos y que debemos conocer para llevar adelante nuestra misión, y compartir lo fundamental, hacer camino juntos”, explica Divasson.

El obispo cuenta que en este camino hay resistencias espontáneas porque todos somos un poco “etnocéntricos” (juzgamos todo desde nuestra cultura) y que lograr esta conversión sería una expresión más de una “Iglesia en salida”. “¿Cómo sería el cristianismo si el Hijo de Dios se hubiera encarnado en un pueblo amazónico?”, recuerda una pregunta que le hicieran alguna vez.

Finalmente, el obispo habla de la necesidad de continuidad, perseverancia, reflexión compartida, de incorporación paulatina: “Cada vez es más evidente que la continuidad con la gente que vive en esas poblaciones se garantice. Lo que lleva a dar absoluta prioridad al cuidado y formación de quienes pueden llevar adelante el crecimiento de las comunidades”.

 

Unir esfuerzos en un ecumenismo ecológico

En otra de sus intervenciones, Jonny Reyes, vicario de Puerto Ayacucho, habló del ecumenismo, específicamente sobre la relación con las religiones cristianas que están presentes en la Amazonía y que llevan adelante su trabajo evangelizador. Dijo que esto no siempre es bien entendido por los católicos y muchas veces es criticado o perseguido. Dio gracias al papa Francisco por haber invitado a evangélicos de diversas denominaciones y sobre todo por los aportes que ellos dieron en el aula. “Creo que es importante ese testimonio porque hay que pensar en un ecumenismo no ideológico, no proselitista, no doctrinal, no desvalorizador o separador sino al contrario, tenemos que pensar desde lo que se trató en el aula, lo que después se llamó un ecumenismo ecológico, desde la ecología integral, comenzando por la defensa de la vida, del creado, que nos va a unificar, amén, de lo que es también la palabra de Dios”.

Apuntó que es bueno reconocer el sacrificio que hacen los hermanos evangélicos para estar presentes en las comunidades en medio de la selva. Criticó la pastoral de estadística que a veces agobia a los católicos porque consiste en  ver si los evangélicos son más que ellos, si esa ciudad o comunidad les pertenece e indicó que eso debilita su testimonio como cristianos.

“Es importante dejar de matar al hermano cristiano con la lengua. Más bien yo invitaba a abrir la mente y los oídos para la escucha respetuosa como lo ha pedido el papa Francisco, que busquemos el tiempo para juntos hacer oración y lectura de la palabra de Dios. Todavía nos tenemos como miedo, nos vemos como gallina que mira sal, y la palabra de Dios es un elemento que puede unificar, fortalecer nuestra fraternidad y llevarnos a hacer una pastoral de conjunto en nuestras tierras amazónicas. Un ecumenismo en la caridad, en la solidaridad y ahora también desde lo que es esta ecología integral”, concluyó el obispo.

 

Los pueblos como protagonistas de su destino

Pablo Modesto, salesiano y obispo de Guasdualito, en el estado Apure, frontera con Colombia, compartió la experiencia pastoral que están teniendo en la naciente diócesis.

En este momento están construyendo el Plan Pastoral para 30 años, que comienza con un diagnóstico de la realidad, y se han encontrado “que uno de los primeros y más importantes condicionantes para la evangelización en esta región lo constituye el concepto que tiene este pueblo de sí mismo.  Este pueblo se define a sí mismo como ‘un pueblo abandonado‘”.

Este autoconcepto no es de gratis, ya que la diócesis se encuentra en una región desasistida por todas las entidades de los gobiernos y la Iglesia, que no cuenta con agentes para atender estas zonas alejadas e inhóspitas. De hecho esa es una de las razones por las que ha sido incluida dentro del área de atención de la Red Eclesial Panamazónica, aun sin estar dentro del bioma amazónico.

A lo anterior, Modesto añade la llegada de emigrantes de los pueblos más alejados de los Andes venezolanos y colombianos que vienen huyendo de problemas con los grupos armados irregulares; y dice que en los últimos 25 años se ha triplicado la población por todas estas migraciones.

Su experiencia como salesiano que ha trabajado con niños en situación de calle lo hace construir puentes entre el sentimiento que tienen los habitantes del Alto Apure y el de los niños que conoció, por eso advierte el peligro de cobijarse en la victimización, un camino que impide asumir la realidad con valentía y fortaleza. Asegura que este es un gran riesgo que tienen todos los que trabajan en la Amazonía y que los creyentes se deben formar “para dar la cara en la solución de los problemas, que reclamen derechos y asuman deberes para vivir con simpleza y esperanza el día a día ‘viendo al invisible’ trascendiendo en función del Reino de paz, justicia y esperanza querido por Dios para sus hijos”.

Modesto insiste en que el pueblo amazónico debe sentirse corresponsable de lo que ocurre en sus territorios y nunca acudir a la lástima, porque ellos no son mendigos sino protagonistas de la construcción de un destino de esperanza.

 

Una Iglesia aliada, que respete y acompañe

Finalizado el Sínodo de la Amazonía los obispos regresaron a Venezuela con el compromiso de una Iglesia que se compromete a ser “aliada de los pueblos amazónicos para denunciar los atentados contra la vida de las comunidades indígenas, los proyectos que afectan al medio ambiente, la falta de demarcación de sus territorios, así como el modelo económico de desarrollo depredador y ecocida”[1]. De hecho en el documento final se habla de la desinversión de las instituciones eclesiales en proyectos extractivistas[2].

La Iglesia tiene la oportunidad histórica de diferenciarse de las nuevas potencias colonizadoras escuchando a los pueblos amazónicos para poder ejercer con transparencia su actividad profética[3]. La presencia de la Iglesia entre las comunidades indígenas y tradicionales necesita esta conciencia de que la defensa de la tierra no tiene otra finalidad que la defensa de la vida[4].

 

*La periodista Minerva Vitti Rodríguez viajó a la cobertura del Sínodo de la Amazonía, en  Ciudad del Vaticano (Roma, Italia), invitada por Burness Communications.

En el Sínodo por la Amazonía también participaron José Luis Azuaje, presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana (CEV); Ulises Gutiérrez, arzobispo de Ciudad Bolívar; y Baltazar Porras, administrador apostólico de la Arquidiócesis de Caracas y uno de los presidentes del Sínodo de la Amazonía.

Notas

[1] Punto 15. Documento Final del Sínodo de la Amazonía: http://www.sinodoamazonico.va/content/sinodoamazonico/es/documentos/documento-final-de-la-asamblea-especial-del-sinodo-de-los-obispo.html

[2] Punto 70. Documento Final del Sínodo de la Amazonía: http://www.sinodoamazonico.va/content/sinodoamazonico/es/documentos/documento-final-de-la-asamblea-especial-del-sinodo-de-los-obispo.html

[3] Punto 46. Documento Final del Sínodo de la Amazonía: http://www.sinodoamazonico.va/content/sinodoamazonico/es/documentos/documento-final-de-la-asamblea-especial-del-sinodo-de-los-obispo.html

[4] Punto 15. Documento Final del Sínodo de la Amazonía: http://www.sinodoamazonico.va/content/sinodoamazonico/es/documentos/documento-final-de-la-asamblea-especial-del-sinodo-de-los-obispo.html

 

 

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Periodista. Pertenece al área de investigación de la Fundación Centro Gumilla, dedicada a la línea sobre asuntos indígenas, justicia socio-ambiental y ecología. Miembro del Consejo de Redacción de la Revista SIC del Centro Gumilla, de la Red de Solidaridad y Apostolado Indígena (RSAI) de la Conferencia de Provinciales de América Latina (Cpal), y de la Red Eclesial Panamazónica (Repam)