La muerte del tirano

Por Noel Álvarez*

Una de las características de los tiranos es su apego al poder. Llegan a la cúspide arropados por la soberbia. Eso lo encontramos en gobiernos sátrapas que han gobernado con mano de hierro algunas regiones de Latinoamérica. En la novela Muertes de perro, uno de los relatos más impresionantes que he leído en los últimos tiempos, el escritor apela a la sátira demoledora como recurso para construir una realidad política. La narración de la obra pone en escena la arbitrariedad y el abuso de autoridad del tirano Antón Bocanegra, la degradación humana y la corrupción, el odio, la impostura y usurpación, la manipulación, la deslealtad, la frustración y la venganza.

Es magistral la construcción de los personajes que elabora el escritor Francisco Ayala. Son retratos minuciosos de comportamientos, lo que aporta otra perspectiva de análisis moral de la historia. En ella el novelista en el exilio traza la historia de una dictadura feroz, impregnada de cinismo y crueldad que retrata a todos aquellos que ejercen el poder en cualesquiera de sus ámbitos. La novela está estructurada en forma de reconstrucción de la vida de Antón Bocanegra, personaje todopoderoso de un pequeño país tropical del continente americano, quien desarrolló la teoría de Ernesto Guevara de la Serna: “El odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de los límites naturales del ser humano lo convierte en una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así. Cada gota derramada en un territorio bajo cuya bandera no se ha nacido es experiencia que recoge quien sobrevive”.

La república centroamericana imaginaria que nos muestra Ayala, en esta novela, guarda mucha relación con lo que acontece actualmente en Venezuela, nos encontramos navegando entre varias aguas, sin que hasta ahora hayamos podido determinar cuál puede ser la corriente que nos alejará de la cascada. La nación escrutada podría ser cualquier país latinoamericano, con o sin dictador. Es una sociedad que ha perdido sus ideales, sin tener otros con qué reponerlos, y algo peor, sin tener conciencia de que los necesita. Vive un momento movida solo por satisfacciones corporales. Las instituciones más sagradas se tambalean, tal es el caso de la familia, la Iglesia, la prensa libre, el empresariado, los sindicatos y los valores más entrañables como el honor, el amor, la honestidad, la verdad y la justicia se debilitan tanto que hasta parecen difuminarse en el horizonte, con el agravante de que a nadie parece importarle este hecho tan lamentable.

En el prólogo de Los usurpados (1949), otra de sus novelas, Ayala escribió que el poder ejercido por el hombre sobre su prójimo es siempre una forma de usurpación. Lo que Ayala ha querido mostrar es cómo el poder usurpado corrompe a toda una sociedad, haciéndose vehículo de encadenados delitos.  En Muertes de perro se plantea una rigurosa fidelidad a los hechos. Pareciera que el escritor deseara ser notario de su tiempo y para ello reúne toda clase de pruebas que ofrezcan a la posteridad la verdad desnuda de lo que ha sucedido. Este artificio otorga una falsa certidumbre a los episodios que narran la caída del tirano Bocanegra, sumidero que se ha tragado las libertades de los ciudadanos de ese imaginario país y que supura corrupción y violencia.

La desaparición del caudillo provoca una profunda conmoción social, de manera que esta catarsis es el objeto de la supuesta crónica. Se trata de la reacción de la sociedad cuando la estructura dominante desaparece, ante lo cual, cada uno debe reubicarse ante una nueva situación, amenazadora para algunos, esperanzadora para otros. Se trata de un conjunto de seres que emula al coro de la tragedia griega, un coro que denuncia a un grupo de personajes sin escrúpulos, el de los cómplices que han medrado bajo el amparo del dictador, que se han hecho ricos y que han cometido todo tipo de delitos. En el fondo del vaso (1962), el escritor narra lo que ocurrió tras la muerte de Bocanegra: el caos zarandeó a la nación, ante lo cual, el pueblo demuestra su confusión añorando el anterior sistema que significaba orden. Pero lo que el pueblo ignora, como tantas cosas, es que, tras la desaparición del Bocanegra de la ficción, el caos no se produce porque el dictador no esté, sino porque estuvo.

*Coordinador Nacional del Movimiento Político GENTE

 

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