Carlos Rodríguez Souquet: Crónica Menor de una época y de un obispo

Por Manuel Donís Ríos

Libro: Carlos Rodríguez Souquet: Crónica Menor de una época y de un obispo. El Arzobispo Críspulo Uzcátegui (1884-1904).

El autor dice expresamente que decidió estudiar a Críspulo Uzcátegui Oropeza y no otro de los Arzobispos de Caracas por dos sencillas razones: “en el 2019 se cumplen 120 años de la Consagración de Caracas y Venezuela al Santísimo Sacramento del Altar y, por otra, el señor Uzcátegui fue el único Metropolitano venezolano del siglo XIX que solicitara el regreso de los padres de la Compañía de Jesús a Caracas para encargarse de la formación del futuro clero nativo en la Escuela Episcopal de entonces”.

Peca de modesto el padre Carlos Rodríguez al dedicar esta investigación que hoy publica abediciones, editorial de la Universidad Católica Andrés Bello en su colección Letraviva al séptimo arzobispo de la Arquidiócesis de Venezuela sólo por las razones señaladas. En realidad, al prelado le tocó vivir los difíciles tiempos del guzmancismo (1870-1888) en los que las relaciones entre la Iglesia y el Estado venezolano alcanzaron el mayor grado de tirantez y él tuvo que evitar “toda tensión con la autoridad civil” sin que por ello- y lo trató a toda costa- descuidara sus deberes pastorales.

El proceso de secularización de la sociedad venezolana se acentuó con Antonio Guzmán Blanco. El liberalismo hizo del Estado un absoluto y arrinconó a la Iglesia al campo de la conciencia individual, privándola de sus bienes y prerrogativas y negándole el derecho de intervenir en la problemática social, limitando su participación sólo a las cuestiones estrictamente dogmáticas.

Carlos Rodríguez dedica varias páginas a la semblanza biográfica de Uzcátegui: Sacerdote secular nacido en Carora, ordenado sacerdote en 1872, Doctor en Teología en 1879, cura de la parroquia caraqueña de Altagracia y Provisor de Monseñor José Antonio Ponte, su antecesor en la silla arzobispal y de quien había sido secretario. A la muerte de este prelado, acaecida en Caracas el 6 de noviembre de 1883, Uzcátegui obtuvo el 13 de noviembre de 1884 la designación del papa León XIII para sustituir a Ponte. El 22 de febrero del año siguiente fue consagrado como Arzobispo de Caracas.

El autor tituló el segundo capítulo de este libro: El señor Críspulo Uzcátegui: ¿una moneda falsa? Vicisitudes de un nombramiento. ¿A qué obedece la suspicacia? Sin duda a la cercanía de Uzcátegui a Guzmán Blanco. Era público y notorio que había acompañado como capellán al General y ahora Presidente de la República “en sus últimas correrías bélicas”. Uzcátegui fue el candidato del Gobierno para ocupar la sede emeritense, antes de iniciarse las tratativas y las negociaciones con la Sana Sede. No ahondaremos en las vicisitudes de su nombramiento pero sí diremos que Uzcátegui fue elegido por el Congreso por unanimidad para ocupar la Sede Metropolitana de Caracas el 1 de abril de 1884.

Uzcátegui se distinguiría por ser un buen pastor y no descuidar sus deberes pastorales, “aunque, como era de esperarse, evitando toda tensión con la autoridad civil”. El antiguo párroco de Altagracia no lo ignoraba y por ello buscaba, a toda costa, mantener la mano benevolente de Guzmán Blanco sobre su cabeza y sus proyectos

No fueron tiempos fáciles para la Iglesia. La amenaza, que en varios casos se tradujo en realidad, de expulsión o encarcelación de prelados y sacerdotes que no se sometieran al mandatario nacional condujo a niveles humillantes del clero servil a su persona. Para muchos sacerdotes los asuntos eclesiásticos eran también políticos; los cargos, ascensos y reconocimientos eran manejados no en función de los méritos personales, sino en relación con el poder de turno y de los diferentes partidos que dirigían al Estado.

Esta triste influencia sobre la Iglesia llevó a la ruina intelectual, moral y religiosa a una parte del clero venezolano. Aunque la autoridad eclesiástica fuese una persona buena y digna, como fue el caso del personaje que nos ocupa, se encontró con las manos atadas a la hora de poner remedio oportuno por la indebida intromisión de la autoridad civil. De hecho la autoridad no residía en los prelados, sino en el poder civil. No olvidemos que la Iglesia estaba sujeta al Estado en virtud del Patronato.

Uzcátegui fue catalogado como un sacerdote de escasa formación académica y limitada intelectualidad; y el comentario estuvo en boca de muchos, pero al leer sus cartas pastorales, necesariamente tenemos que coincidir con el autor del libro al rendirle su admiración: “Sí, guiado por el sentido común, supo escoger plumas ilustres que vertieran sobre el papel las ideas, los conceptos, los consejos, las reflexiones, las amonestaciones y las decisiones pastorales u otras que creyó oportunas para ser expresadas, comentadas y dictadas en cada situación dentro del contexto de sus letras pastorales”.

Monseñor Uzcátegui logró introducir -o reintroducir- a varias congregaciones religiosas que se ocuparon de labores caritativas y educativas. Se hizo un llamado a los franciscanos capuchinos (1891) para que vinieran a atender las misiones de indígenas. A los salesianos en 1894 y los agustinos recoletos en 1899. Sumemos su preocupación por acrecentar la institución eclesiástica, la consagración de siete nuevos obispos, el mantenimiento y las mejoras artísticas de la Iglesia Catedral Metropolitana; y el funcionamiento de la Escuela Episcopal, entre otros asuntos.

El 29 de enero de 1890 solicitó al papa León XIII dos sacerdotes jesuitas para dirigir el seminario. Los Jesuitas llegaron pero en 1916 y lo hicieron violando la Constitución, ya que hay que esperar a la 1924 para que sea modificada la situación que impedía la inherencia de religiosos y mucho más en el ámbito educativo. El subterfugio utilizado se le ocurrió a monseñor Uzcátegui en 1890. Sacamos de una carta suya a la Santa Sede el siguiente párrafo: El problema de la Iglesia en Venezuela es el Seminario; hay que cambiar al Seminario, hay que fortalecer al Seminario, se necesitan profesores para el Seminario, mándeme Jesuitas o Salesianos o Lasallistas, pero eso sí, bajo una condición: todos tienen que venir como Clero Secular, no pueden entrar como religiosos”.

El funcionamiento de la Escuela Episcopal fue fundamental para Uzcátegui. Ante el cierre de los Seminarios por decreto de Guzmán Blanco, su antecesor en la silla arzobispal, el sacerdote José Antonio Ponte, había conseguido del mandatario nacional en 1877 la autorización para fundar un plantel que pudiese dar a los ministros del culto la conveniente instrucción. El plantel se llamó Escuela Episcopal. No fue realmente un Seminario y de allí que la Escuela fuese aceptada por el gobierno. La formación del clero siguió siendo deficiente y razón tiene el padre Carlos Rodríguez al expresar que llevar adelante la formación clerical en la Escuela Episcopal “sería siempre un vía crucis muy cuesta arriba”.

De allí que en 1889 Uzcátegui presentó al presidente Juan Pablo Rojas Paúl una Exposición del Episcopado en la que le manifestaban que la Escuela Episcopal no era suficiente. Sin los Seminarios “no habría sino un clero escaso y pobremente educado, y si las ciudades y pueblos clamaban por párrocos no habría a quien mandarles”.

Otro asunto relevante del ministerio episcopal de Críspulo Uzcátegui fue la creación del diario católico La Religión el 17 de julio de 1890, hecho que puede interpretarse como el inicio de la restauración de la Iglesia en la Venezuela post guzmancista.

El pontificado de Uzcátegui duró 20 años, pero sólo 16 fueron los de su personal actividad, pues los 4 últimos estuvo inhabilitado por una afección cerebral que le impidió continuar atendiendo por sí mismo el gobierno de la Arquidiócesis. La enfermedad del Arzobispo fue vista por una parte del clero como una buena oportunidad para acceder a importantes cargos dentro de la institución eclesiástica. Se iniciaron las maniobras para impedir que Juan Bautista Castro fuera el vicario del arzobispo Uzcátegui, pero afortunadamente para la Iglesia católica venezolana este prelado continuó al frente de la Arquidiócesis hasta 1903 en calidad de vicario general, año en el que el papa Pío X lo designó como Arzobispo coadjutor con derecho a sucesión de la sede caraqueña.

Tiempos mejores vendrían para la Iglesia venezolana, que comenzó su proceso de reestructuración en el siglo XX con la figura de monseñor Castro. El arzobispo Críspulo Uzcátegui había trabajado en la misma dirección como se expone en este libro.

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