Ya no llamo siervos sino amigos

Jn 15,9-17

Alfredo Infante sj

Aquella mañana Juan se desplomó en el patio. Después de gritos y risas se hizo silencio. Lo acogieron y lo sentaron. Le dieron agua de azúcar y algo de comer. Poco a poco volvió en sí. Le preguntaron: ¿comiste? Hizo silencio. Luego contestó: «Llevo dos días tomando agua». Le volvieron a preguntar: ¿No tienes qué comer en tu casa? Silencio. Luego respondió: «Lo poco que llega se lo doy a mis hermanitos pequeños». En medio de nuestra tragedia hay testigos silenciosos del amor.

Este domingo, Jesús continúa su exhortación a permanecer en él. Nos introduce en el misterio del amor: «igual que mi padre me ama así los amo yo». La manera de echar raíces en ese amor y dejarnos configurar por él es la amistad, por eso nos dice: «ya no llamo siervos sino amigos». ¿Por qué esta clave? ¿Cuál es la diferencia entre el siervo y el amigo? Se trata de dos modelos de relación muy distintos.

El siervo cumple el mandato de su señor, pero es un cumplimiento limitado al deber, sin espíritu, y esta manera de vivir puede asfixiar, agotar o, también, nos puede convertir en fariseos obsesionados por la perfección individual, inmisericordes con los demás. El siervo como está en la esfera de la ley externa y no de la ley interna que es el amor, el espíritu, puede convertirse fácilmente en fanático religioso y de esta manera excluir a los demás. Esta es una gran tentación en el cristiano. Por eso, Jesús insiste que no se trata sólo de obedecer su mandamiento como un deber externo a cumplir y ya, ¡y sanseacabó!, sino que se trata de una relación de amistad.

La amistad es gracia, regalo, y se alimenta en la reciprocidad de dones. La amistad está en la esfera del amor; acoge, recibe, se entrega, da de sí, apuesta, arriesga, no mide costos, da vida y da la vida: «No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos». La amistad es comunión, comunicación: «les llamo amigos, porque les he comunicado todo lo que le he oído a mi Padre». El amor nos desafía, es nuestra misión. En este mundo herido por la desconfianza, la corrupción, la violencia, los resentimientos, el odio, el egoísmo, nos dice el Señor: «Este es el mandamiento mío: que se amen unos a otros como yo los he amado».

Tengo que decir, que en medio de este desastre que vivimos en Venezuela, hay mucha gente apostando al amor; por ejemplo, una joven universitaria que se plantea hacer su tesis para producir una barra nutricional para nuestros comedores; una madre que después de perder su niño por falta de tratamiento para el cáncer, se dedica a acompañar en el hospital a otras madres; organizaciones trabajando en red para defender la vida; las escuelas de la Vega trabajando en red para llevar adelante su misión en medio del hombre, la violencia y la falta de transporte.

Cuando experimentamos esa fuerza del amor, ante la adversidad, sintonizamos con la palabra que nos dice: «Les dejo dicho esto para que compartan mi alegría y su alegría sea total». Quien vive como amigo y no como siervo del Señor, descubre el tesoro, que saboreó San Alberto Hurtado cuando decía en medio de la adversidad: «Contento, Señor, contento».        

Oremos: Señor, que en medio de tanta tormenta y adversidad seamos capaces de saborear tu palabra que nos dice «ya no llamo siervos sino amigos», afianzarnos en tú amistad, no en ideologías, y asumir el desafío de vencer el mal a fuerza de bien, y así, experimentar la paz y la alegría interna de quien se sabe entregado a la vida.

“Sagrado corazón de Jesús en vos confío”

Parroquia San Alberto Hurtado. Parte Alta de La Vega.

Caracas-Venezuela.

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