Una estrategia sin respuesta

Fernando Ochoa Antich

No es fácil de explicar la permanencia de Nicolás Maduro en la Presidencia de la República en medio del inmenso rechazo que tiene en los venezolanos su gestión de gobierno y el total desconocimiento de su legitimidad por la mayoría de los gobiernos democráticos de Europa y América. Creo que la respuesta hay que encontrarla en la ejecución de una estrategia política diseñada sin mayores escrúpulos, con asesoría cubana, por Nicolás Maduro desde el mismo momento del fallecimiento de Hugo Chávez. Es de interés analizar los objetivos de esa estrategia para poder interpretar hacia dónde se dirige el actual régimen. El primer paso de esa estrategia fue la sorprendente selección de Nicolás Maduro para reemplazar a Hugo Chávez, la cual tiene, sin duda, entretelones no conocidos, pero no tengo la menor duda en afirmar que influyeron en la voluntad de Hugo Chávez el peso de la fuerte personalidad de Fidel Castro y sus intereses políticos.

El sector procubano del régimen logró que Nicolás Maduro, irrespetando la Constitución de 1999, se encargara de la Presidencia de la República para fortalecer sus posibilidades de lograr imponerse como candidato presidencial del chavismo, dejando a un lado a un grupo de militares y civiles que habían tenido una mayor actuación en el proceso revolucionario, pero que no fueron respaldados por los Castro por tener una manera de pensar alejada del marxismo leninismo. La falta de carisma de Nicolás Maduro fue superada por un sinnúmero de triquiñuelas que le permitieron triunfar en las elecciones presidenciales contra Henrique Capriles, pero a su vez debilitaron de tal manera la fuerza del chavismo que facilitó su estruendosa derrota en las elecciones parlamentarias. Esta realidad los obligó a impulsar importantes modificaciones en su estrategia política. Las inconstitucionales decisiones que tomó la anterior Asamblea Nacional, de mayoría oficialista, mostró esa orientación.

Esa nueva estrategia tuvo tres objetivos fundamentales: garantizar la permanencia de Nicolás Maduro en el poder; debilitar la oposición democrática y destruir el liderazgo, civil y militar, del 4 de Febrero. Esos objetivos se lograron alcanzar al aplicarse las siguientes acciones: comprometer, de manera inconstitucional, la legitimidad de la Asamblea Nacional; controlar todos los poderes públicos;  provocar la división interna de la oposición democrática; apartar al sector chavista del gobierno y del PSUV; constituir el sector  madurista dentro de la Fuerza Armada Nacional; penetrar en los  sectores marginales mediante el fortalecimiento de las comunas; apropiarse de la figura de Hugo Chávez, utilizando los medios de comunicación, para fortalecer su propia imagen; desconocer los principios fundamentales de la Constitución de 1999 al convocar a una Asamblea Nacional Constituyente y lograr consolidar en la Presidencia a Nicolás Maduro mediante las elecciones presidenciales del 20 de mayo.

Esa estrategia oficialista exigía una coherente respuesta de la oposición democrática para impedir se alcanzarán los objetivos establecidos y evitar de esa manera la permanencia en el poder de Nicolás Maduro. Dolorosamente, graves errores políticos fueron debilitando de tal manera su fuerza que el madurismo logró, en menos de dos años, consolidar su autocracia. Entender esos graves errores, sin buscar responsables porque eso es perder el tiempo, podría permitir que surgiera una nueva visión consensuada entre los más importantes factores de oposición, como lo ha solicitado Henrique Capriles, que permitiera establecer una respuesta eficiente a las nuevas acciones del régimen. Ese análisis exige, antes que nada, valorar el actual estado de la unidad en la oposición democrática. Definitivamente, la división de la MUD y la poca fuerza mostrada por el Frente Amplio Venezuela Libre indica que ha quedado muy debilitado el ascendiente popular del liderazgo opositor.

Al darse cuenta el oficialismo de la debilidad de la oposición lanzó una ofensiva que buscó imponer una inconstitucional asamblea nacional constituyente y derrotar a la oposición en las elecciones de alcaldes y gobernadores, de manera tal que el voto dejara de tener el peso que en la conciencia del venezolano que había tenido históricamente, convencidos de que ese desencanto podía conducir a una mediana abstención en las elecciones presidenciales, garantizando así el triunfo de Nicolás Maduro. La derrota de la oposición democrática en las elecciones de alcaldes y gobernadores no solo fue sorprendente sino casi inexplicable. La Mesa de la Unidad Democrática insistió en la necesidad de nuevas condiciones electorales, dejando entrever que sin un acuerdo al respecto no aceptaría competir en las elecciones presidenciales. De allí surgieron las conversaciones en Santo Domingo, su fracaso y la decisión de la oposición de llamar a la abstención en las elecciones presidenciales.

John Magdaleno resaltó, en el excelente programa de César Miguel Rondón, la marcada tendencia autocrática del madurismo y señaló, con base en 70 casos históricos estudiados de transiciones políticas hacia la democracia en el mundo, que dichas transiciones solo pueden lograrse mediante una ruptura de la coalición gobernante o una intervención militar extranjera. En el primer caso solo puede ocurrir de dos maneras: un colapso de la coalición gobernante ante graves circunstancias políticas, económicas y sociales fuera de su control, o una negociación con un sector de la coalición gobernante menos radical, el cual acepte una alternativa política si se les garantiza su seguridad personal y subsistencia política. En el segundo caso señaló que en los 70 casos analizados solo 17 lograron esa transición política mediante una intervención extranjera, pero 16 estaban enfrentando un conflicto militar interno, quedando solo el caso de Panamá como ejemplo aplicable a Venezuela.

En varios de mis artículos anteriores mantuve que en Venezuela podían desarrollarse tres posibles escenarios: la solución electoral, la salida militar y la intervención multilateral extranjera. La solución electoral fue rechazada por la oposición democrática al existir una marcada tendencia a la abstención en la opinión pública como consecuencia de no haber escogido, con tiempo suficiente, a un candidato único de la oposición que pudiese definir una estrategia electoral convincente y fortalecer su liderazgo nacional. Una posible salida militar tiene un conjunto de dificultades: la ideologización, represión y control de inteligencia de los cuadros militares. Además, siempre presenta graves interrogantes. La intervención multilateral extranjera es un escenario poco probable, pues la mayoría de los países democráticos de la América Latina la han rechazado totalmente. Estas realidades determinan que la solución electoral es la más probable y debe obligar a la oposición democrática a una inteligente negociación con todos los sectores nacionales, incluido el chavismo, ante la imposibilidad de que el régimen madurista sea capaz de resolver la tragedia venezolana.

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