Una Arepa con guasacaca

Foto: Archivo WEB

Por Alberto Acevedo.

Navegando por las redes sociales, me topé con una imagen en Instagram del muy conocido periodista Sergio Novelli, que publicó una fotografía de una Arepa con Guasacaca.

Esa arepa es el desayuno que sirven en el Comedor del Cuartel Central del Cuerpo de Bomberos del Distrito Capital, reflejando lo mal que está la institución. Es una imagen desconsoladora, pero real.

Nuestra institución, que cumple este año su 81º aniversario, nunca antes había atravesado tan mal momento. Tal vez al inicio de esta “Revolución del Siglo XXI” cuando Alfredo Peña, alcalde del Distrito Metropolitano para aquel entonces, había prácticamente eliminado los comedores en las estaciones, ya que el Gobierno Central había paralizado el dinero presupuestado para su gestión, por considerar que éste era un traidor, por convertirse en un duro crítico del gobierno de Chávez.

Es muy lamentable lo que se vive dentro de la Institución. El sueldo promedio de un bombero es de 500 mil bs mensuales, que solo alcanza para un cartón de huevos y una margarina.

En lo que va de año, 70 efectivos han renunciado, porque el salario no rinde para nada, pero ¿a quién le rinde un salario?

Para completar la lista de males, no contamos con seguro de HCM, no nos dotan de uniformes ni de equipos de protección personal desde hace 4 años, nuestro servicio médico no tiene médicos ni insumos. Hubo una remodelación el año pasado, y a primera vista, el servicio médico parecía una clínica; pero solo tuvo esa pinta por poco tiempo. Este espacio abrió sus puertas a la comunidad por orden de la Jefa de Gobierno del Distrito Capital, Carolina Cestari, en su primera gestión y eso acabó con la calidad de nuestro servicio médico, tanto así, que los profesionales de la salud que laboran allí, han sido víctima de la delincuencia en sus propios consultorios, siendo atracados con armas de fuego y despojados de sus pertenencias y dinero.

Ahora, solo queda apatía, hambre, tristeza y unas ganas inmensas de renunciar, pero nuestro servicio de vocación nos mantiene con las esperanzas de un cambio, pero esas esperanzas, como todo en este país, se ven escazas y merman, al punto de desaparecer.

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