Un día en la frontera Colombo-Venezolana

Luis Gerardo Galvis V 

Para quienes viven en la frontera colombo-venezolana, específicamente, en el eje San Cristóbal –  Cúcuta, es muy común haber crecido con la convicción de que se transitaba o se vivía en la “frontera más viva y dinámica de América Latina”. El dicho se oía al pasar el puente internacional Simón Bolívar. O en La Parada donde se compraba la “papa pastusa”. En San Antonio. También en los salones de clase cuando los profesores enseñaban el lugar de nacimiento del prócer colombiano Francisco de Paula Santander: “Nació acá mismo, cerca de nosotros, en esa casa blanca que se ve a mano izquierda al pasar el puente para Cúcuta. En la frontera más viva de toda América” decían. Y así sucesivamente en cada espacio socio-cultural del estado Táchira y, tal vez, del departamento Norte de Santander.

La apreciación, probablemente, tiene su origen en el profuso e histórico intercambio económico, social, cultural y demográfico que ha tenido este espacio de convivencia más que de delimitación geopolítica. Y, probablemente, no sea la más viva de América Latina, pero sí la más dinámica entre los distintos pasos fronterizos registrados oficialmente entre ambos países. De la migración pendular venezolana, según los registros de Migración Colombia, el 51% corresponde a habitantes del estado Táchira. Poco más de 15.000 personas diariamente.

Es un espacio de convivencia y también de circulación. Se ha expresado, históricamente, en un tránsito, en marcha hacia un lado y otro. De hecho, el fundador de la villa de San Cristóbal, Don Juan de Maldonado, partió desde Pamplona, Norte de Santander, tras el rastro del capitán Juan Rodríguez Suárez y, en el periplo, fundó en el denominado Valle de Santiago, la villa consagrada posteriormente a San Sebastián.

Una caravana comercial que se movía por todo el Táchira y parte del Norte de Santander era la comercialización del tabaco producido en La Grita en el siglo XIX y vendido en la nación neogranadina. No sólo tabaco, añil, café y cacao también se cuentan como rubros que se comercializaban a través de estos caminos.

Un recorrido a pie, en mula, en automóviles, en autobuses, en motos, ha supuesto la movilización de colombianos que migraron a Venezuela, entrando por el estado andino; a su vez, y más acentuado en los últimos años, la trayectoria se invierte y es por Cúcuta por donde se entra a la vecina nación. Son estas distintas expresiones de la vivacidad con la que se manifiesta el ser ciudadano de frontera, de esta, la colombo-venezolana. Ahora bien, de qué modo se puede describir la jornada que supone, hoy día, el paso por la frontera.

Hagamos un ejercicio de observación y reflexión sobre ese trayecto hecho por más de 30 mil venezolanos cada día, según datos del Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia, a través de la descripción de lo visto desde 3 lugares del lado venezolano: El terminal de pasajeros de San Cristóbal, el puesto de seguridad fronteriza de la alcabala de Peracal y la Avenida Venezuela de San Antonio del Táchira; 3 del lado colombiano: El sector conocido como La Parada, los centros comerciales Ventura Plaza y Alejandría; y, finalmente, el Puente Internacional Simón Bolívar que une a ambos países.

Terminal de pasajeros “Genaro Méndez”

Así se conoce, oficialmente, al terminal de transporte terrestre de la ciudad de San Cristóbal. Los tachirenses lo llaman, sencillamente, “El terminal”. Los destinos más demandados son Caracas y Cúcuta. Es diciembre. Movilizarse por Venezuela es complicado dado que no se consiguen pasajes, hay escasez de gasolina, una disminución sustancial de las unidades de transporte operativas y la exigencia de pago en efectivo de los pasajes convierten en una procesión la intención de viajar. El terminal no escapa a la estampa del país. Su estado calamitoso motivó que el administrador del mismo fuese detenido por las autoridades durante unas horas bajo la acusación de abandono del cargo.

En él se ven numerosos venezolanos pernoctando para lograr conseguir un pasaje. Maletas envueltas en plásticos multicolores apiladas en distintas zonas, cuidadas por rostros agotados ante la amenaza de la inseguridad y la frustración de no poder salir. Mientras, la basura se acumula en las rampas de acceso y salida y, por doquier, se escuchan los pregoneros del transporte con su “¡San Antonio – Ureña – Cúcuta!” repetido incesantemente y a viva voz. Acercarse a ellos es vislumbrar una múltiple oferta de transporte y de precios. Un pasaje puede oscilar desde los Bs. 15 mil hasta los Bs. 200 mil por un trayecto de apenas un poco más de 50km. En efectivo, casi siempre. Pocos, muy pocos, logran cerrar una transacción electrónica que les permita conservar el tan escaso papel moneda. Escoger en qué irse y cuánto pagar no es un acto de libertad. Es un acto condicionado a la disposición de dinero, quien tenga su dinero contado deberá hacer extensas y agrestes colas para abordar una unidad colectiva, quien pueda pagar más se irá en carro particular y, tal vez, hasta con aire acondicionado. Para muchos, ahí inicia el viaje. Para otros, es tan solo una parada más hacia la ida definitiva del país.

Puesto de Control Peracal

Bajar a Cúcuta”, como se le conoce al recorrido que hacen miles de venezolanos cada día, supone atravesar varios puntos de control de las autoridades venezolanas. Unos fijos, reconocidos desde hace mucho tiempo. Otros itinerantes, móviles, no permanentes. Justo antes de llegar a la ciudad de San Antonio del Táchira se encuentra el caserío de “Peracal”; ahí, está ubicado uno de los puntos de control más temidos del trayecto. En él, funcionarios del CICPC comprueban si los vehículos están o no solicitadas por hechos ilícitos. Los de Migración verifican la nacionalidad de los viajantes y lo hacen, únicamente, viendo la cédula del ciudadano. Los de la GNB hacen requisas. Son soldados muy jóvenes. Destacan sus facciones adolescentes, inexperiencia y tosquedad en los modos. Se suben a las unidades colectivas. Toman el fusil colgado de sus hombros, con él en la mano, sin apuntar pero con el signo evidente de tener el arma, ordenan, tajantemente y sin introducción, que todos los pasajeros de pie y con bolsos desciendan de la unidad. Al hacerlo, requisan hasta el último compartimento de los maletines. Bolsillos. Carteras. Observan la cédula, unas veces con detenimiento, otras con desdén e indiferencia.

El pasajero se sabe presa de estos individuos, se reconoce impotente, objeto de sus desmanes y de sus invasivos interrogatorios sobre el destino al que van, por cuánto tiempo, a hacer qué, a indicar qué tanto hay en esa maleta dado que son las valijas envueltas en plástico, las grandes, las más preciadas y buscadas.

Cuando ordenan el regreso a la unidad subyace una expresión de tranquilidad en cada pasajero, pero también de indignación, “No puede ser posible que lo traten a uno como un perro” dice una señora mayor. Es tanto que en diciembre de 2014 la diputada Nellyver Lugo, Presidenta de la Comisión de Combustible del parlamento tachirense abogaba por la eliminación de dicho puesto de control ante los excesos y desmanes de sus funcionarios.

Avenida Venezuela

Conecta con la carretera trasandina en la redoma frente al cementerio municipal de San Antonio del Táchira. Hace calor como la mayor parte del año en esta, la última población venezolana antes de pasar a Colombia. También la brisa es fuerte. Levanta polvo. Lleva cartones, plásticos y el hedor de tanta basura acumulada en distintos espacios de la arteria vial que desemboca en la Aduana Principal. Ya no es una avenida. Es un bazar. Es una caótica feria de vendedores ambulantes de jugos, de pinchos, de chorizos, de pasajes terrestres a Bogotá, de carretilleros, de choferes ofreciendo sus servicios hasta Barinas o Barquisimeto, inclusive. Es el espacio por donde caminan miles de venezolanos cada día, preguntando qué se debe hacer para pasar la frontera mientras algún gestor ofrece sus servicios para imprimir la Tarjeta Migratoria Fronteriza (TMF) que permita ir hasta Cúcuta. La avenida está bloqueada. Por gente. Por vendedores. Por conos y cuerdas puestas ahí por funcionarios del Ejército o de la GNB o de la PNB. Cuesta caminar por ella y los oriundos de San Antonio lamentan el caos en que se convirtió una de sus calles emblemáticas. Es relativamente sencillo reconocer quienes la conocen y quiénes no. La seguridad y rapidez de su andar así lo demuestra. Saben que es un eslabón más hacia Colombia y que no hay que ceder ante la innumerable cantidad de ofertas que se hacen en ella como hacer la cola para sellar el pasaporte a cambio de Bs. 100 mil, por ejemplo.

Cúcuta. Norte de Santander. Colombia

La Parada. Así se le conoce a la primera población del vecino país. Es un terreno árido. Sus calles laterales no están asfaltadas. Son de tierra pisada. Es ahí donde, tradicionalmente, se compraban las papas del departamento de Pasto (las mejores según los colombianos), los bocadillos de guayaba “El Rey”, es ahí donde, actualmente, comienza el trayecto colombiano para los migrantes venezolanos. Abundan los vendedores de pasajes terrestres a Bogotá, Quito y Lima. Sin un pasaje a otro destino la autoridad migratoria colombiana no sella el pasaporte del venezolano. Sin el sello no hay entrada legal al país. Sin la entrada legal no hay posibilidad de continuar con la migración regular.

Es en La Parada donde se ven los compradores de cabello femenino. A una interesada transeúnte le dicen “Ud no sirve. Tiene poco pelo”. Es ahí, en sus polvorientas calles, donde se observa la oferta de una variada cantidad de productos venezolanos, escasos en el país. Leche en polvo, aceite, harina pan, mantequilla, jabón y champú, medicinas. Todos ofrecidos al mayor y al detal. Todos venezolanos pero escasos en el país. Abundantes en La Parada. Para algunos la travesía puede llegar hasta acá. Si no hay sellado de pasaporte o si la diligencia sólo amerita cambiar unos bolívares por unos pocos pesos y regresar a la ciudad o, tal vez, vender alguna botella de licor, alguna crema dental, algún refresco con lo cual poder, luego, comprar algo de comer. Es el contrabando en su expresión más descarnada y sentida. Para quienes deban continuar más allá de La Parada hay tres alternativas: Tomar un bus o buseta y pagar 1.600$, un taxi y pagar de 10.000$ en adelante o caminar los kilómetros que hay desde ahí hasta la ciudad de Cúcuta.

Centro Comercial Ventura Plaza

En agosto de 2007 se inauguró el principal y más moderno centro comercial de la ciudad de Cúcuta. Su inauguración coincidió con el boom de las divisas otorgadas por CADIVI en Venezuela. Era ahí, justo en tal centro comercial, donde los venezolanos llegaban a comprar franelas Lacoste a dólar subsidiado, o Ipods en la tienda Panamericana o, simplemente, ir al cine 3D que aún no había en San Cristóbal. Era en su supermercado donde los venezolanos con tarjeta de crédito para consumos en el exterior o electrónico hacían sus consumos. Baratos. Desconociendo la burbuja que ello implicaba y la aparente riqueza y bienestar.

28 de diciembre de 2017. En una mala broma por el día de los inocentes, el diario más importante de la ciudad titula en su primera página “Cerrada la frontera otra vez” mientras la gráfica muestra al presidente Nicolás Maduro flanqueado por el ministro Vladimir Padrino y funcionarios de la FANB. Mal chiste para quienes leen la falsa noticia. No hay risa. No hay gracia. La frontera abierta es la válvula de escape de esa olla de presión en que se ha convertido el país. Ya no hay CADIVI, ni compras por Internet. Ya “el Ventura” dejó de ser una epifanía consumista y se ve o como una utopía o como el sitio donde están ubicados las dos sedes más conocidas de la casa de envío y remesas de dinero Western Union.

Ahí, a las afueras del centro comercial, se forman, desde las 2AM, aproximadamente, unos 250 venezolanos que, provenientes de todo el país aspiran retirar las divisas que sus familiares o amigos les envían del exterior. Desde las 8AM, los vigilantes de la casa de cambio anotan en una hoja blanca el nombre, la cédula y la posición. Sólo atienden a 150 personas. Si llegado el 150 se conservan divisas, anotan en lista a 150 más quienes no tienen garantía de ser atendidos, bien sea porque se acabe la disponibilidad del efectivo o porque se cierren las agencias a las 07PM. Se reconocen acentos de Mérida, de San Cristóbal, llaneros, zulianos y centrales. Todos, sin excepción, están ahí lamentándose por la crisis del país. Añorando irse y encontrarse con sus hijos en Santiago, Buenos Aires, Lima. Pareciera no haber diferencia con una cola venezolana: Hay quienes se acercan sigilosamente y venden el puesto por 20.000$. Otros venden arepas, chicha y pan andino. Cada tanto se escuchan gritos y acusaciones de personas que se han coleado o están ofreciéndole a los vigilantes de 10.000$ en adelante para poder pasar sin estar en lista. Al final, a las 3:30PM se observa, triunfante, a una señora que cobra lo enviado por su hijo desde Miami y dice: “Ahora sí tengo pa’ las hallacas. Venga mija, vamos a comprar la harina pan. Saque la cuenta, está a 2.850$”.

Centro Comercial Alejandría

Para ir hasta él se puede transitar la calle 11 de Cúcuta, esa que da al Parque Santander, el equivalente a la Plaza Bolívar de cualquier localidad venezolana. En el trayecto se observan, en cada esquina, venezolanos que piden dinero “para volver a Barquisimeto”, “para la diabetes de mi abuelo”, “para comer”. Desde sus vehículos los choferes dan algunas monedas y continúan por la transitada calle. El receptor mira su mano, las cuenta, si son muchas se persigna con ellas en el puño apretado y dice “Coroné”.

En las aceras donde años atrás se podían ver carteles que decían “Se compran cupos CADIVI” ahora se lee “Se compra efectivo”, “Se compra oro”. Así hasta acercarse al bullicioso centro de Cúcuta donde la buhonería aumenta y está ubicado un centro comercial de corte popular. No hay en él tiendas Lacoste, Crocs o Adidas. Hay relojerías, joyerías, casas de cambio, licorerías, mercerías y ventas de baratijas tecnológicas. Ahí llegan decenas de venezolanos, tal vez cientos, cada día a ofrecer desde oro, plata, relojes, billetes nuevos hasta hilo, agujas, ponche crema, etc. A 3 jóvenes con un marcado acento del centro del país, gorras con visera plana, franelilla de basket, les niegan la compra del oro que ofrecen. En varios locales los rechazan. Finalmente, un joyero, acepta la transacción. Pesa la mercancía y hace su oferta.

Mientras, van y vienen los venezolanos aspirando realizar una venta, los colombianos comprando regalos tardíos, se confunden en ese laberinto que es Alejandría, pequeño, sofocante, ruidoso. Ahí no hay tiempo para lamentaciones. Una señora venezolana, dice: “Acá vendiendo el poquito oro que me queda pa’ resolver. ¡Qué más!” Diagonal a ella, dos amigos, sacan lo ahorrado en bolívares y en efectivo, preguntan en la casa de cambio a cuánto sale el dólar así, el encargado cuenta y responde: “Son 12 dólares”. Llevaban Bs. 660 mil. Al hacer la operación se percataron que su compra representó un valor de Bs. 55 mil por cada dólar. Si la transacción hubiese sido por medios electrónicos el valor era de Bs. 112 mil por cada dólar. Sonrieron.

El puente internacional Simón Bolívar

315 metros de largo y poco más de 7 de ancho tiene el puente que une al Táchira y al Norte de Santander. Justo en la mitad está un toldo con un letrero grande que reza “Migración Colombia”. Debajo, un aviso hacia la derecha, indica que por ahí deben pasar venezolanos con TMF, mientras que a la izquierda van los ciudadanos colombianos. Es una marcha desahuciada y triste. Se escuchan lamentos. Se observan despedidas y promesas de reencuentros. No hay espacio para contemplaciones. La marcha continúa y quien la interrumpa es desplazado, empujado hacia adelante o hacia los lados. Expelido de la inercia migratoria. Este puente separa. Es lo último de Venezuela que ven quienes migran por este paso. Verlos es evocar una canción de Fito Páez cuya línea dice: “Vi sus caras de resignación. Los vi felices llenos de dolor”. Resignación al irse del país. Al abandonar todo lo amado. La resignación de quien no se quiere ir y lo hace obligado por las circunstancias críticas que atraviesa Venezuela. Felices al pasar el primer control fronterizo, al sentirse en Colombia, al mirar adelante y soñar. Llenos de dolor al voltear y ver, tal vez por última ocasión, el país. Su país.

 

 

Artículos relacionados:

email