Tiempo de allanar senderos

Javier Castillo sj

Evangelio de Lucas 1, 57-66.80

El sol de mediodía llenó de luz la plaza principal del pueblo. El quiosco, ubicado en el centro, se había convertido en un testigo fiel de la memoria de aquel lejano pueblo. Sus barandales y los bancos situados en derredor habían escuchado en silencio las historias que los mayores, con un lenguaje lleno de vida y emoción, narraban a sus paisanos.

El brillo del sol presagiaba que este nuevo encuentro con la historia iba a ser especial, y así lo fue. Uno de los mayores, de frente arrugada, manos vacilantes y cabeza blanca, tomó la palabra:

“Nuestra historia ha sido tejida con hilos de mucho dolor. Desde la primera hora de formación de nuestro pueblo hemos sufrido un sinnúmero de agresiones e invasiones de reinos poderosos que se querían adueñar de nuestra tierra y nuestra cultura. ¡Cómo no recordar aquellas horas aciagas cuando nos deportaron hacía lejanas tierras y cantábamos con nostalgia de Sión! ¡Cómo no recordar los rostros de los griegos que nos oprimieron hasta hace unos pocos años! ¡Cómo mantener viva la esperanza ahora, en medio de la tiranía impuesta por Roma!

Pero no todo es dolor y sufrimiento. Recordad con memoria agradecida cómo nuestros corazones se ensanchaban y palpitaban con un ritmo desbordante cuando escuchaban las palabras de los profetas en las que Dios nos demostraba una y otra vez su fidelidad y nos anunciaba la irrupción de tiempos mejores, de tiempos de bonanza y salvación”.

El anciano hizo una pausa antes de proseguir su relato. Luego, con voz solemne dijo:

“El tiempo de la salvación está próximo. Hace unos años, en la aldea cercana de Ain Karem, nació un niño de una pareja de ancianos. Todos, en aquél entonces, se preguntaban que iba a ser de aquél niño porque era evidente que ‘la mano del Señor estaba con él’. Hoy ese joven, llamado Juan, recorre nuestras aldeas y pueblos anunciando la inminencia de la llegada del Mesías y la inauguración del tiempo del cumplimiento de las promesas de Dios.

Escuchad con atención sus palabras… está invitando a preparar los caminos para que el Mesías de Dios sea acogido. Al igual que los antiguos profetas, nos está invitando a la conversión, a la fidelidad y a dejar un espacio amplio en el corazón para que Dios habite en él. Muchos le han querido hacer a él el Mesías, sin embargo, sin dilación alguna sostiene que él no lo es y que ni siquiera es digno de desatar las sandalias del que viene detrás de él.

Observad bien su modo de proceder… este hombre, lleno de Dios, tiene por enseña la humildad y sabe que tiene que disminuir para que quien aparezca sea el Señor. El señala al Mesías, no se señala a sí mismo. Este hombre de Dios, aunque para algunos pueda parecer un excéntrico, tiene por bandera la pobreza y la austeridad. Su riqueza es la fidelidad a la misión de preparar el camino para el Señor”.

El anciano, terminado el relato, se sentó en medio del aplauso de sus paisanos.

Siglos después, los discípulos de Jesús seguimos trayendo a la memoria la vida y misión del Bautista. ¿Cómo, en pleno siglo XXI, podemos “preparar” la presencia de Jesús en nuestra historia? ¿Qué caminos debemos allanar o enderezar para que este tiempo sea de salvación y de gracia? ¿Nuestro modo de proceder se parece al de Juan o caemos en la tentación de anunciarnos a nosotros mismos?

Tiempo de allanar senderos… Ha llegado la hora de volver nuestra mirada y nuestro corazón a los hombres y las mujeres de nuestro tiempo:

La primacía del mercado y la gestación de una economía que ha dejado fuera a cientos de pueblos ha de ser renovada por un sistema económico donde el ser humano y la primacía de la justicia y la equidad estén en la primera línea de los reclamos éticos.

Los migrantes que se lanzan a la mar para salvar su vida no son un problema, son personas con nombres e historias concretas que ponen en evidencia el olvido a que han sido sometidos por años y el expolio que han sufrido sus países. La migración es un derecho y es menester allanar las políticas de exclusión y criminalización de esta realidad cambiándolas por políticas de hospitalidad y de cooperación para el desarrollo.

La política, hoy mancillada por los procesos de corrupción, ha de ser renovada sobre la base del trabajo por el bien común y la responsabilidad con la construcción de sociedades abiertas, plurales y democráticas en las que todas y todos podamos ejercer como ciudadanos de primer orden.

La Iglesia, que no acaba de vencer la tentación de encerrarse en sí misma, se convierte de nuevo en Pueblo de Dios, pueblo santo y servidor; pueblo de misericordia, ternura y compasión; pueblo de vida, justicia y paz; pueblo de hombres y mujeres cercanos y acogedores; pueblo diverso y multicolor; pueblo ecuménico y dialogante.

Hay otros caminos por allanar… ¿Quieres, con tu vida y tu compromiso, hacerlo?

Fuente: https://centroloyolacanarias.org/la-palabra-del-domingo/ecos-de-la-palabra-una-reflexion-sobre-el-evangelio-del-domingo/

 

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