Rodolfo Izaguirre, set de vida

Foto: El Estímulo

Por Faitha Nahmens Larrazábal

Érase un hombre pegado a una casa, érase un hombre caracol. En tiempos de mudanzas y demoliciones, de muros y olvido, Rodolfo Izaguirre vive en la casa de siempre, casa nido, caja de luz sitiada por el verde. “No, nunca estoy solo. Belén está conmigo todo el tiempo, ella siempre me acompaña”, dice mientras roza con sus largos dedos las piezas de arte, los cuadros, los objetos domesticados; las turgencias de los recuerdos.

Reconoce en el aire a la mujer que invoca: “Ella es la brisa. Mi mujer decía que baile es lo que queda en el aire después que el cuerpo describe su trayectoria. Ella hablaba de la memoria del cuerpo”.

La escena le pertenece, le resulta entrañable, lo proyecta. Se vuelve un devoto frente al afiche de Frank Langella, se embelesa ante las cara de vaca de hojas descomunales y queda atrapado en el espejo ovalado de la sala que proyecta su infinitud.

“Mis hijos me han pedido muchísimas veces que me mude con ellos. Yo les digo que solo si consiguen un caterpilar que pueda transportar la casa y mis amados helechos a Miami, a Los Ángeles o a Madrid”.

“Esta casa es luminosa en todas sus acepciones. Para empezar, porque tiene ventanas por todas partes”. Entonces junta la arquitectura y la literatura: “Mi palabra favorita es abrir, la que me parece más chocante es cerrar. Tenemos que abrir los ojos, la mente, y por supuesto las ventanas”.

A la quinta Nancy, obra de la arquitectura moderna cuya hechura data de los tiempos perezjimenistas, la compraron la víspera del viernes negro, en febrero de 1983. “Una más de las tantas decisiones acertadísimas de Belén, además de casarnos: la devaluación se produjo horas después; y si la frase cabe, tuvimos mucha suerte”. Desde entonces vivirían allí, en Santa Eduvigis, los Izaguirre Lobo: Rodolfo, Belén y, hasta que alzaron vuelo, Razhil, Valentina y Boris, los hijos.

Están enmarcados los cinco en un retrato en blanco y negro suscrito por Roberto Mata. Es una de las imágenes favoritas del autor de Alacranes, novela premiada y reeditada, sobre la casa con techo de caña brava que alberga en sus entrañas la ponzoña que la devorará; no es el caso.

“La propuesta de Roberto era que posáramos desnudos. No teníamos ningún problema con eso. Quizá sí lo sería la publicación”. Están muy pegados unos a otros, todos vestidos. “Mi familia es fantástica, no porque sea mi familia”, sonríe. La fotografía activa su elocuencia. Rhazil es Stage Lighting Designer. Puede iluminar los amores, las penas o musicalizarlas en teatro o en cine. Valentina es vestuarista, qué belleza eso de crear los atavíos de un personaje de ficción. “Cuando se casó, llamó a Belén y le dijo: encontré mi Rodolfo”. Boris es escritor. “Un ser maravilloso, todos los son”.

Ahora mismo acaba de participar en la más reciente temporada del Master chef de España, ese hijo que también criaron, por petición expresa, José Ignacio Cabrujas e Isaac Chocrón. “Para darle una sorpresa a Boris la producción de Televisión Española me invitó a participar en el programa. Pudimos ver en primer plano el asombro de él y el abrazo que nos dimos, todo menos cuando probé una hogaza de un pan que estaba algo duro y dije que me recordaba a los comunistas: ¡no se le dan las masas! Eso lo editaron, no sé por qué”.

No está al tanto de que 90 por ciento del polvo de las casas proviene de la piel de sus habitantes, pero comienzan a calzar las hipótesis que explican su devota permanencia en la suya. “No, no es apego; es felicidad. Por cierto, tampoco es nostalgia. Uno ve varias veces una película no porque tema olvidarla, lo hace entusiasmado con la idea de que volverá a encontrar algo diferente”, se explica, “en el cine y en la vida pasa eso, nada es igual”, desliza el exdirector de la Cinemateca Nacional.

Habitante también del séptimo arte, jura que el cine vive en sus entrañas desde que vio ‘Lo que el viento se llevó’. “Con ese melodrama perfecto quedé atrapado en el mundo de la imagen. Tenía 9 años cuando luego de ver a Scarlett O’Hara arrancar de la tierra una raíz  para morderla y prometer que nunca más pasaría hambre, corrí al patio a hacer lo mismo… el problema es que por poco no cumplo la promesa, porque ser crítico de cine no es algo muy lucrativo… aunque a mi padre siempre le asombró que pudiera vivir de la escritura”, confiesa el hombre que tiene la sospecha de que las imágenes y los actores entran y salen de la pantalla como en La rosa púrpura del Cairo y se desplazan por ductos secretos que conectan todos los cines del mundo.

Su casa también tiene un ducto.

Mucho antes de las seis ya está frente a la computadora. La tiene ubicada en un saloncito contiguo al dormitorio. Se viste, se prepara para escribir, se ha preparado por años. “Nunca me conformé con ser crítico, con entender el contenido, la simbología y la factura de una cinta: tuve el sublime afán de querer producir con la palabra el embeleso que la historia produjo en mí”. Entonces revisa el correo, redacta su columna para El Nacional, “en la que digo lo que me da la gana y no me censuran, pero ya sabemos que el periódico es cercado como medio, acaba de dejar de salir en papel”, lee y navega en el espacio virtual.

Trabaja junto a una ventana franca, el Ávila al fondo, arropándolo el suéter amarillo, su favorito. “Cada vez me gusta más ver cómo avanza el día desde los primeros amagos de luz, porque es la luz lo que buscamos, y estoy seguro de que volveremos a ella”. Miembro de enjundiosas cofradías de arte y literatura, Sardio y El techo de la ballena, nunca fue un habitante de la noche, ese horario que se nos ha escabullido. Amó, más que la tentación de llevar una vida exagerada, la posibilidad de compartir ideas y cultivar la palabra; siempre la cena en casa. “La bohemia es para veinteañeros”. Asegura que con todo y lo que adora a los vampiros y la iconografía de las sombras, la Luna en particular, es con la lectura y no con la juerga que alentaría el talante libertario y desprejuiciado que le es innato.

Talante del que tuvo consciencia a los cuatro años, cuando cayó Gómez. Vio la violencia y vio la libertad pasar juntas y altaneras ante sus narices. La casa de entonces sería el olimpo donde tuvo lugar la revelación. “Asomado por la celosía de la ventana me asombró un jaleo descomunal, saqueos, el anterior Caracazo. Mis hermanos mayores trajeron un escritorio que luego supe le había pertenecido al Sapo Vallejo, el esbirro. Yo hice mis tareas sentado allí”.

No conserva ese mueble de caoba, pero sigue impecable en los recuerdos del autor de Obligaciones de la memoria. “Creo que hay que recordar, porque no solo así asumimos nuestros aciertos y errores, es porque es la inmortalidad”, añade quien atesora cuentos e imágenes desde su infancia en San José. “Me los he traído, una casa puede contener a todas”.

Recordar, sí, pero no quedarse estacionado en el tiempo, en un rol, en un sueño, como le pasó al actor Bela Lugosi y a no pocos más. “Hay gente que se cree sus papeles, los tiranos, por ejemplo, es dramático eso, no solo chupan cuellos sino países enteros”.

“Yo soy el debate, pero los dogmáticos, en nuestro caso estos militares y sus acólitos militaristas que se imponen son el combate”. Se lleva las manos a la cabeza. “¡Qué equivocación tan grande!, ¡qué terrible error cometimos los que creímos a pies juntillas en aquellos dogmas ideológicos en los que uno se zambulló, persuadido de que mejor era una revolución que la evolución, la prisa que el paso a paso, la dictadura del proletariado antes que la democracia!”

Por su cabeza desfilan entonces los camaradas que cambiaron y los que no, todas las barbas.

“En realidad es el amor la única fuente, uno repugna al dictador rechoncho o al bigotudo, pero te vas dando cuenta de que el amor es la única verdad, si la hay: el amor es todo”, añade. “De ahí viene lo demás, el respeto, la solidaridad, la belleza, todo lo que anhelamos que, por cierto, no tiene nada que ver —hay que decirlo con reiteración—, con ideologías. El amor es lo único importante y valga la confidencia, el amor me ama a mí, tuve la fortuna, la tengo, de amar y ser amado”, declara junto al afiche de la bailarina junto a la que protagonizó su propia danza con Lobo.

“Un día le dije a Belén que cómo era posible que hubiéramos pasado tantos años juntos sin que se notaran, que eso debía ser la felicidad. Ella me respondió algo mucho mejor, una frase prodigiosa: que nuestra vida juntos había sido como un juego. ¿No es una maravilla?”.

Y la casa es ese templo donde el amor ha vivido a sus anchas. “Yo lo viví, lo vivo aun… y lo vi con estos ojos”. Fue una tarde, él intentaba una siesta cuando ve salir a hurtadillas, del baño de enfrente al cuarto de Rhazil, a una joven de cabellera larga, húmeda, movediza, que dejaría una estela de aromas y provocaciones. “Siempre preferimos que nuestros hijos trajeran a sus parejas acá antes de tener encuentros furtivos en los automóviles, qué peligro”. La muchacha se casaría con Rhazil y es la madre de sus nietas Verónica y Claudia, a las que dedica la Navidad y para quienes ha hecho sus “divinas hallacas, tersas y sin tocino”, se jacta Rodolfo el cocinero, el que juega al Grinch, pero se confiesa devoto de las fiestas; no de Santa. “Santa es ese señor que engordó por tomar tanta Cocacola, la bebida que lo patrocinó y le cambió el traje verde por el rojo de la multinacional”, asesta. “Prefiero a la bruja Befana que barre las calles de Roma y obsequia regalos a los niños”.

Por cierto, se llama Rodolfo por Rudolf, no el reno sino su cuñado alemán, el que montó en su casa de infancia el primer árbol de Navidad de Caracas. “Era descomunal, lo puso en el patio interior de la casa y los vecinos tocaban la puerta para que se les permitiera verlo, estaba adornado con objetos que había traído de Alemania. Puedo imaginar, no recordar, los ah de asombro de los vecinos, yo no había nacido todavía”.

Vivir en la casa de siempre, o casi siempre, tiene que ver con el gusto por escuchar ese susurro constante y personalizado con el que convive. Las casas también hablan y en un lenguaje propio. “Sin duda, cada casa tiene sus sonidos y crujidos particulares, y uno los reconoce y los aguarda, según la hora, la orientación del sol, o lo que esté ocurriendo. Las casas bostezan, gimen, se asombran”.

Se trata de un placer. Nada como reconocer el chirrido de una puerta, el sonido del viento en las estancias o el chismoseo de los pájaros al alba en la ciudad problemática y verde. “O viceversa, como en el poema de Montejo: escuchar las hojas que el viento no mueve”.

También contienen secretos. “Hay una caja fuerte hermética, sellada, que nunca pudimos abrir ni a mandarriazos. Nunca supimos la combinación. Me da curiosidad saber si contiene algo o no”.

Le gusta repasar la historia suya ligada a ese espacio poblado de referentes que constituyen su cotidianidad; ese espacio cuya narrativa lo devuelve cada dos por tres a escenas vividas en familia, algunas reuniones, selectos visitantes. Casa referente, ha sido la suya una residencia visitada por artistas, creadores, algunos políticos, diplomáticos y estudiantes de cine que llegan en peregrinación. Bailarinas, pintores, amigos de toda la vida, “nos reuníamos aquí”, dice y los ve sentados, conversando animadamente. Comparte la película. Vuelven a casa.

Rafael Cadenas le dedicó “en esta sala” uno de sus poemarios después de una tarde de conversa con ellos: “A Belén y Rodolfo, con quienes siempre me río. ¿No es una maravilla?”, dice quien piensa en la muerte sin temor, “aunque tampoco le pelo el diente”.

Ah, el tiempo. A los 88 y tan jovial, Rodolfo Izaguirre pareciera tenerlo a favor. Jura que vivirá unos cuantos años más porque quiere ser apoyo de los nuevos realizadores. “Aquí está todo, les digo”. La enjundiosa biblioteca y su memoria prodigiosa. Y también porque quiere ver el cambio anhelado.

“Yo lucho con la palabra y abrazo a los jóvenes que han luchado en la calle. Sé que venceremos, y vencer será conservar la chispa y a la vez despojarnos de la viveza que busca el atajo; mantener la rumba, pero siendo responsables; yo quiero que Venezuela siga siendo una fiesta, pero seria, que retomemos lo que somos”.

Que la democracia vuelva a casa.

Fuente: www.prodavinci.com

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