¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?

Foto: Archivo WEB

Por Alfredo Infante sj.  

«Mi hijo se me fue para Chile», me contaba una madre en el barrio, con los ojos humedecidos por el dolor y el llanto. «¡Qué incertidumbre Padre! ¿Cuándo lo volveré a ver?». Es la historia de millones de familias en América Latina, y hoy también la historia de cientos de miles de familias en Venezuela.

Las despedidas, los duelos, reconfiguran nuestras relaciones y opciones en la vida. Algo así, análogo desde el punto de vista experiencial, vivieron los discípulos de Jesús el día de la ascensión. Este domingo es la fiesta de la ascensión del Señor. Celebramos que Cristo emigró de entre nosotros para estar a la derecha del padre, y que nosotros nos quedamos y somos corresponsables en la misión de Cristo, aquí y ahora.

Jesús emigra, asciende, y su modo de estar y actuar en la historia es a través de nosotros, no hay otra. San Lucas, en la primera lectura (Hechos 1,1-11), nos hace un resumen de los misterios de la vida de Cristo para contextualizar la ascensión y la promesa del Espíritu inaugurando nuestra hora. Jesucristo nos entrega definitivamente su misión, él se va, su misión continúa. Es la fiesta de la confianza de Dios en la humanidad, y en sus amigos, la iglesia. Es nuestra hora. La hora de la corresponsabilidad, del discernimiento histórico.

Queda claro que Jesucristo es el mesías antimesiánico, no viene a sustituir, viene a despertar las conciencias, a hacernos corresponsables y liberarnos del paradigma mesiánico que no nos deja crecer ni personal, ni históricamente. Como bien decía San Agustín «quien te creó sin ti, no te salvará sin ti». La corresponsabilidad existencial e histórica es inherente a nuestra fe en quien nos amó primero y nos creó. En la ascensión se nos confirma esta moción. Pero el mesianismo está tan arraigado en el imaginario discipular que, a estas alturas del partido, los discípulos, al ver que el resucitado los reúne para instruirles, le preguntan: «¿es ahora cuando vas a reestablecer el reino de Israel?». Jesús los reprende. Ellos parecen seguir aferrados al mesianismo sustitutivo y al intrascendente nacionalismo. Por eso, cuando Jesús asciende, se quedan paralizados mirando al cielo, perdidos, distraídos, sin asimilar el misterio y la responsabilidad histórica que se revela en él. Dios los sacude, los reprende, y les comunica a través de dos hombres vestidos de blanco, que ha llegado la hora de la corresponsabilidad histórica «Galileos ¿qué hacéis ahí parados mirando al cielo?». Por eso, en el evangelio de Marcos, nos dice Jesús

 «ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación». Esa buena noticia consiste en anunciar, con palabras y obras, que la humanidad está llamada a vivir la fraternidad de los hijos e hijas de Dios. Que la humanidad y las criaturas somos una familia y estamos llamados a reconocernos como hermanos e hijos de un mismo Padre. Somos una familia diversa, plural, pero igual en dignidad. Ese es nuestro bautismo, quien lo crea y lo viva está salvo y será signo del amor y le acompañarán muchas señales de vida y salvación en este mundo roto por el fratricidio.

Volviendo a nuestro relato inicial, quienes nos quedamos en este valle de lágrimas llamado Venezuela, no debemos paralizarnos, ni distraernos, es necesario trabajar por erradicar las injusticias que están expulsando a millones de jóvenes de nuestro país. Hacer creíble nuestro bautismo hoy implica trabajar por el reino de la vida y la dignidad humana, vencer el mal a fuerza de bien, hacer de nuestro país un lugar de encuentro y acogida. Hacer creíble nuestro bautismo es asumir con responsabilidad la gracia de ser continuadores de la misión de Cristo.

Oremos Señor, para que en medio de esta tragedia que vivimos, no nos quedemos mirando al cielo, que asumamos desde nuestra fe la responsabilidad histórica de ser continuadores de la misión de Cristo y, así, como Iglesia hagamos creíble nuestro bautismo, venciendo el mal a fuerza de bien. Sagrado corazón de Jesús, en vos confío.

Parroquia San Alberto Hurtado. Parte Alta de La Vega. Caracas-Venezuela.

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