Poder de lobos

Noel Álvarez*

Luchar, conseguir y mantener el poder es causa de discordias, así como el objetivo principal de quienes lo detentan. Mantenerlo, resulta más complejo, pues no hay manera de convertirlo en algo perdurable. Gobernantes que se creían eternos desaparecieron de la vida política. El poder debería ser la oportunidad social de sumar fuerzas para la obtención de intereses comunes.

En el siglo XIII cuando los gobernantes se creían eternos, conducta que, por cierto, todavía prevalece en algunos de ellos, Santo Tomás de Aquino, en Summa Teológica, escribió que el poder terrenal es temporal: “Poder auténtico es aquel que es justo, mientras que el poder injusto más que poder es violencia. Violencia que a veces ha de ser tolerada y otras veces, combatida”.

La razón que da Santo Tomás es la siguiente: “aquel que por la violencia arrebata el poder no se convierte en verdadero prelado o señor, por lo cual, al haber ausencia de poder es posible rechazar ese dominio”.  Admite el Santo otra situación posible: “que el usurpador se convierta en señor legítimo como consecuencia del consenso de los súbditos o por la designación de una autoridad superior. Cuando se llega al poder de modo ilegítimo, aquello que se obtiene no es verdadero poder”.

Federico Trillo, jurista español, saca del Shakespeare profundo, una característica perdurable del poder: su “dimensión humana”. El objetivo de los dramas de Shakespeare es la supremacía, por cierto, el mismo objetivo que el drama de la política. Es una peculiaridad del homo sapiens, aunque, según los antropólogos, también del hombre de Cromagnón.  Diversas teorías señalan que en la manada de lobos hay una jerarquía estricta. Su estructura social, dicen los científicos que, es unas de las cosas más fascinantes que jamás han observado.  En las manadas, las leyes tienen que ser cumplidas por todos sus miembros como un mecanismo que les permite la supervivencia. Esta estructura les ayuda a promover la unidad y el orden social dentro del grupo. También les permite reducir los conflictos entre los miembros del rebaño.

Shakespeare sacó a la luz el lado obscuro del hombre cuando dijo: La pasión es lo que marca la diferencia del hombre respecto al lobo. Así lo veía hace dos mil quinientos años la Antígona de Sófocles, al considerar: “imposible conocer el alma, los sentimientos y el pensamiento de ningún hombre hasta que se le haya visto en la aplicación de las leyes y en el ejercicio del poder”. Dependiendo de su forma de ejercerlo, se le podría llegar a considerar entre las personas peligrosas y que logran convencer a otros para que hagan lo que ellos quieren alcanzar: su propio beneficio. Estos son los que a través de insultos, agresiones y violencia persuaden a los más débiles o a quienes están en busca de alguien que los guíe para actuar como ellos quisieran hacerlo. No importando los medios, ya que, lo fundamental son los fines. Este es el poder que destruye.

Friedrich Nietzsche, cuyo pensamiento ha sido considerado como uno de los más ricos y sugerentes del siglo XX, creó la teoría del superhombre, encarnada en un individuo independiente, seguro de sí mismo, fuertemente impulsado por la “voluntad de dominio” y capaz de desgarrar las tradiciones y de crear nuevos valores. El filósofo alemán sostenía que “todo acto o proyecto humano está motivado por la voluntad de poder, que no es solamente el predominio sobre otros, sino también el poder sobre sí mismo”. Y en contraste con el superhombre están las masas, a las que Nietzsche denominaba “rebaño, manada muchedumbre”, sempiternamente sometidas a la tradición y a la rutina de los dictadores.

*Coordinador Nacional del Movimiento Político GENTE

 

 

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