Pasión por la justicia

Alfredo Infante sj

Hoy, contemplando a nuestra Venezuela y a Nicaragua, la primera lectura tomada del profeta Miqueas, no necesita explicación, pareciera que Miqueas (2, 1-5) profetiza desde el corazón de nuestras sociedades, dice: ¡Ay de los que meditan maldades, traman iniquidades en sus camas; ¡al amanecer las cumplen, porque tienen el poder! Codician los campos y los roban, las casas, y se apoderan de ellas; oprimen al hombre y a su casa, al varón y a sus posesiones.

Por eso, dice el Señor: «Mirad, yo medito una desgracia contra esa familia. No lograréis apartar el cuello de ella, no podréis caminar erguidos, porque será un tiempo calamitoso. Aquel día entonarán contra vosotros una sátira, cantarán una elegía: Han acabado con nosotros, venden la heredad de mi pueblo; nadie lo impedía, reparten a extraños nuestra tierra. Nadie os sortea los lotes en la asamblea del Señor.» Esas familias son aquellos que hacen uso y abuso del poder arbitrariamente oprimiendo y saqueando a todo un pueblo. La experiencia del pueblo, víctima del poder despótico, es la del salmista:

¿Por qué te quedas lejos, Señor,

y te escondes en el momento del aprieto?

La soberbia del impío oprime al infeliz

y lo enreda en las intrigas que ha tramado.

El malvado se gloría de su ambición,

el codicioso blasfema y desprecia al Señor.

El malvado dice con insolencia:

«No hay Dios que me pida cuentas.»

Su boca está llena de maldiciones,

de engaños y de fraudes;

su lengua encubre maldad y opresión;

en el zaguán se sienta al acecho

para matar a escondidas al inocente.

Pero tú ves nuestras penas y trabajos,

tú nos miras y nos tomas en tus manos».

Nos debatimos cada día como el salmista, entre la experiencia de abandono y la de sentir que estamos en las manos del Señor y seguimos apostando por la vida. En medio de esta situación injusta e inhumana que vivimos, el evangelio nos invita a confiar y a mantener la certeza de que la fuerza de la vida y la dignidad ningún poder la puede apagar, por eso, el evangelio nos presenta a Jesús perseguido, clandestino, recorriendo en secreto las periferias, dando señales de vida, alentando la esperanza, despertando en las conciencias la sed de justicia, sin aspaviento, tocando con la fuerza del Espíritu de amor los corazones, tal como lo anunció el profeta Isaías «Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, mi predilecto.

Sobre él he puesto mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará, hasta implantar el derecho; en su nombre esperarán las naciones.». Aunque el poder arbitrario desde su soberbia considere que ha vencido; aunque las víctimas sientan la impotencia ante tanta injusticia; la verdad es que de nuestro pabilo vacilante el Espíritu del Señor, en las periferias del poder, está encendiendo el fuego de la justicia, la pasión por la dignidad.

Oremos Señor, toma en tus manos nuestro pabilo vacilante, y enciende en el la llama de la justica, exorcisa nuestros miedos, y que arda la sed de justicia, sabemos, Señor, que estamos en tus manos.

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío

Parroquia San Alberto Hurtado. Parte Alta de La Vega.

Caracas-Venezuela.

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