Nicaragua y Venezuela

Revista SIC 806

Julio 2018

Nicaragua comenzó muy bien. La caída de Somoza (1979) no significó ir al otro extremo: no se pasó de una dictadura estéril a un totalitarismo arrogante.

Los sandinistas se mostraron como quienes habían aprendido la lección y, por eso, no venían a exigir cuentas ni a instaurar el predominio de los antiguos perseguidos, bajo la capa de una doctrina progresista. Entraron perdonando, para permitir que todo empezara de nuevo. El gesto más emblemático fue el del comandante Borges, en la misa de acción de gracias, abrazando al que lo había torturado.

Empezó queriendo ser no solo un gobierno para los pobres sino de los pobres, es decir, expresión de los movimientos populares, que tanto peso tuvieron en el proceso de crisis y hundimiento de la dictadura somocista.

Empezó también con la simpatía de Latinoamérica y de la mayor parte del mundo y de todas las personas de buena voluntad, que vieron un buen espíritu en esa falta de arrogancia y en ese deseo de superación democrática, acuerpado por muchas organizaciones sociales.

Desgraciadamente, una vez más, EE.UU. –gobierno de Ronald Reagan– intervino descaradamente para proteger, no, obviamente, la democracia, sino sus intereses económicos, ligados a un capitalismo dependiente; pero, en el fondo se arrogaba el derecho de dictar la política en una tierra que, desde el siglo XIX, consideraba su colonia.

Por eso bloqueó el país, minó sus puertos y financió y protegió a la “contra”, como lo haría más tarde con el ejército y la oligarquía de El Salvador en contra del Frente Farabundo Martí.

Latinoamérica, que miraba con simpatía a Nicaragua por la genuinidad de su revolución, no ligada a ninguna ortodoxia de izquierda, promovió el Grupo de Contadora, que sentó las bases de una región no dependiente y pacífica. El gobierno de Nicaragua expresó su voluntad de respetar el acuerdo, pero EE.UU. lo dinamitó, porque significaba aceptar a Centroamérica como naciones soberanas y dignas.

La contra promovió una guerra desgastanteen la que murieron ciento cincuenta mil personas, en un momento en que se necesitaban todas las energías para reconstruir el país. Nicaragua se atascó, víctima del hostigamiento militar y de la guerra económica. No hubo dinero ni energías para la reconstrucción tan necesaria.

Desgraciadamente la política vaticana, a causa del anticomunismo visceral del papa Juan Pablo II y de la consiguiente falta de discernimiento evangélico, coincidió con la de Estados Unidos.

Aun en esta situación tan desgastante, las elecciones del 84 las ganó ampliamente el Frente Sandinista con una masiva participación, a pesar de la llamada a la abstención por parte de la oposición.

Sin embargo, las elecciones de 1990 las ganó Violeta Chamorro, lo que supuso el fin de la guerra. El esposo de la presidenta había sido una de las víctimas de Somoza; por eso el empeño de su esposa fue reconstruir la democracia y por tanto un país donde cupieran todos sin estarse matando.

Las dos elecciones siguientes (1996 y 2001) las siguió ganando lo que convencionalmente podemos llamar “la derecha”. Hasta que las de 2006 las vuelve a ganar Ortega.

Sin embargo, el partido que subió al poder por segunda vez no tenía nada que ver con el que lo tomó en 1979. La diferencia radical estriba en que en el lapso de la pérdida del poder y de la asunción de Violenta Chamorro, unos cuantos sandinistas prominentes se robaron muchas pertenencias del Estado y, por tanto, objetivamente formaban parte ya de la burguesía. Lo que implicaba que la doctrina sandinista era ya mera ideología para el pueblo y un modo de sostener la clientela.

Por eso habían renunciado al Frente prominente sandinista que seguían creyendo en aquello por lo que habían luchado toda su vida. Por eso, falto de propuestas superadoras, insensiblemente el ejercicio democrático se fue convirtiendo en ejercicio dictatorial, aunque sin variar el discurso, que ya es únicamente populista.

En estos momentos, después de ganar unas elecciones fraudulentas, no reconocidas por ningún demócrata, Daniel Ortega se mantiene en el poder reprimiendo y torturando cada día más salvajemente, aunque sin contar con el ejército, que le hizo saber que no iba a disparar contra el pueblo. Tristísimo final de algo que comenzó tan hermosa y creativamente.

La división, típica de la modernidad, entre lo privado y lo público, y la falta de cultivo de lo privado, es decir, de la humanidad integral como atributo de la persona completa, provocó, como está provocando en todo el mundo, sin distinción entre derechas e izquierdas, la entrega a la corrupción y el ocultamiento sistemático de las corruptelas, con lo que la democracia se vacía, reduciéndose a un trámite electoral, convertido cada día más en carnaval publicitario, aunque se mantengan proclamas vacías y atención clientelar a la base electoral y a la maquinaria.

En Venezuela Chávez subió al poder como alternativa esperanzadora de la mayoría de los venezolanos que sentían que lo anterior estaba gastado y no tenía nada que ofrecer.En su campaña tomó contacto con el pueblo, que en una medida notable se sintió interpretado por él. Este contacto simbiótico no hizo sino crecer. Y en esos primeros años fue fundamentalmente positivo.

En buena medida, por el empeño de Chávez, no solo el pueblo sino todos los sectores sociales se repolitizaron y volvieron a analizar la realidad para tomarla en sus manos en procura de mayor eficiencia y justicia. Sus intervenciones ponían el dedo en la llaga de problemas reales y hondamente sentidos.

Eso implicó un reacomodo de las cuotas de poder y de la relevancia de los actores en la escena nacional, que fue hondamente resentida por los que detentaban el poder económico e indirectamente el político, que reaccionaron intentado tumbar al Gobierno con crecientes medidas de presión que llegaron hasta el paro y el golpe de Estado.

Chávez reaccionó de dos modos complementarios: ante todo, con las misiones, que hicieron ver al pueblo que él estaba con ellos y que sus demandas eran por fin atendidas y, además, con un discurso crecientemente antiimperialista y antioligárquico, que señalaba a ambos como enemigos, externos e internos, de la patria.

Él, obviamente, entendió que su mando era para el bien de la patria y, sobre todo, del pueblo. Pero, cada vez más, ese bien no fue lo que cada sector–según el caso–, o la mayoría, como sujetos pensantes y deliberantes, veían como bien, sino lo que él pensaba que era el bien de todos.

Llegó a convencerse de que el pueblo era él. Al fin el propio Chávez, en persona, fue proclamado oficialmente como el corazón del pueblo. El no era el Presidente, sino el Comandante, que mandaba siempre de arriba abajo, no deliberantemente. Por eso, a pesar de las elecciones, que fueron siempre plebiscitarias, no gobernó democráticamente, porque copó todos los poderes y el Gobierno se tragó al Estado.

Pero cuando demostró, sin ningún lugar a dudas, que el pueblo era el coro y no el protagonista fue después de perder el plebiscito sobre la reforma de la Constitución, porque la siguió implementando, a pesar del voto en contra. Como tirano que se respeta, murió imponiendo su sucesor.

Chávez no fue capaz de llevar adelante ninguna reforma estructural superadora porque gobernó solo con los suyos, no con los más idóneos, porque concibió derechos y no deberes y porque extremando esta tendencia concibió el socialismo del siglo XXI como rentista.

Un país de rentistas es un país de parásitos. Por eso, incluso cuando los precios del petróleo estaban altísimos, se endeudó escandalosamente, administró el dinero sin dar cuentas a nadie y, en contra de su intención inicial, tuvo que emplear cada vez más la represión y colectivos paramilitares.

Ahora, como cada vez se produce menos y la capacidad de importar es menor, cada vez hay menos cosas y como aumenta sin límite el dinero inorgánico sin sustento, cada día todo cuesta más y el ochenta por ciento del país no puede vivir y menos curarse de sus enfermedades.

Pero si el presente es invivible, el futuro es peor, porque la gente se siente presionadísima, sin fuerzas y sin esperanza. Por eso se van cada día más. Y la represión selectiva es cada día más cruel.

¿Significa, en ambos casos, que no hay que hacerse ilusiones, sino aceptar el capitalismo con democracia liberal? De ningún modo. Eso significaría que la única alternativa es elegir de qué palo ahorcarse.

Nosotros apostamos por un ser humano que no es mero individuo, sino un sujeto que entabla relaciones horizontales y mutuas para constituir cuerpos sociales y comunidades, que aspira a vivir de un trabajo productivo y no se cansa de luchar por una democracia real de cuerpos deliberantes en procura del bien común.

 

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