Mons. Alfonzo Vaz y sus recuerdos de Mons. Salvador Montes de Oca

“No busquen puestos, sino la salvación de las almas”

(Salvador Montes de Oca a los seminaristas del colegio Pío Latinoamericano)

Marielena Mestas

Quien tiene la oportunidad de participar en una conversación con el lúcido, agradabilísimo y centenario Monseñor Alfonso Alfonzo Vaz, experimenta una gratísima sensación y sabe, sin duda, reconocer que su amistad es un privilegio. De él se podría escribir muchísimo, pero hoy me limitaré a compartir con los lectores algunos fragmentos de las entrevistas realizadas para la causa de beatificación y canonización del Siervo de Dios Monseñor Montes de Oca [1].

Debo advertir que le hice 4 entrevistas en diversos momentos. Estos párrafos resultan de la transcripción de fragmentos de las grabaciones y apuntes obtenidos. En algunos efectué correcciones de estilo para facilitar la comprensión del texto, respetando siempre lo expuesto por el entrevistado. A continuación, el resultado.

Yo nací en esta ciudad privilegiada de Caracas el 1 de junio de 1917. Mis padres fuero César Alfonso, quien tenía un negocio de materiales de construcción y mi madre, llamada Mercedes, quien se dedicó a la peluquería. Ella aprendió mucho del oficio, hizo diversos cursos y administró la primera peluquería que hubo en Caracas. Hasta las hijas del general Gómez fueron clientas de la casa.

Hice mis estudios en el colegio San Ignacio y luego pasé al Seminario Interdiocesano de Caracas, en 1929.

El 12 de octubre de 1931 tuve mi primer encuentro con Monseñor Montes de Oca, cuando él apenas tenía un día de haber regresado del exilio. Yo tendría 14 años. En esa oportunidad no pude conversar con él, pero sí lo escuché atentamente ya que asistí a la misa de acción de gracias celebrada por él en el seminario. Durante la homilía recuerdo que afirmó que había que dar gracias a Dios en las buenas y en las malas. Expuso que todo se lo teníamos que agradecer, como Job, que le fue fiel a Dios y en las buenas y en las malas. Ese día y sus palabras los recuerdo claramente.

A continuación de la misa se organizó un desayuno.  Allí estaba Monseñor Enrique María Dubuc, obispo de la Diócesis de Barquisimeto y quien era su amigo, pues se había conocido en Roma. Dubuc definió a Montes de Oca de esta manera: “Es chiquitico su cuerpo, pero su alma grande. Si fuera de proporción su cuerpo con su alma sería como el Ávila”: Así se expresó Monseñor Dubuc de Montes de Oca.

Tiempo después me fui a Roma a continuar mis estudios de formación. Llegué el 29 de octubre de 1937 al colegio Pío Latinoamericano. Por cierto, que conmigo iban 4 salvadoreños entre los cuales se hallaba quien con el correr de los años sería un mártir: Óscar Arnulfo Romero.

Debo decir que cuando le comuniqué a Monseñor Felipe Rincón González, entonces Arzobispo de Caracas, que me iba para Italia me dijo: “Tenga mucho cuidado. Los que estudian allá vienen enfermos de los pulmones o enfermos del alma. O vuelven tísicos o enfermos del alma, queriendo ser obispos”. Menos mal que yo no me enfermé y así le cumplí lo segundo.

De manera tal que estando en Roma volví a encontrarme con Monseñor Montes de Oca, quien visitaba con frecuencia a los seminaristas venezolanos que estudiábamos en el Colegio Pío Latinoamericano. Allí lo traté como “el padre Montes”, pues ya había renunciado a la diócesis de Valencia y pertenecía a la congregación de los Padres del Santísimo Sacramento, carisma con el que Montes de Oca se identificaba mucho ya que era un gran adorador. Fue sumamente querido por los seminaristas porque siempre nos animaba, nos daba muy buenos consejos y también nos contaba anécdotas.

Algunos de los seminaristas de aquel tiempo terminaron siendo obispos: Humberto Paparoni, futuro obispo de Barcelona. También Constantino Maradei. Crisanto Mata, luego obispo de Guayana y de Margarita. Rincón Bonilla, obispo auxiliar de Caracas. Monseñor Rojas Chaparro, después segundo obispo de Trujillo. Roa Pérez, obispo de Maracaibo

Monseñor Montes de Oca sentía predilección por el seminario. Por eso nos visitaba tanto. Como segundo obispo de la diócesis de Valencia también fue así, pendiente del seminario. Toda la vida se desvivió por los seminaristas e iba con frecuencia a visitar a los venezolanos. Era de carácter muy jovial y paternal, preocupado porque tuviéramos una buena formación. Esa era su manera de ser y él sentía que estaba en su casa, porque él salió de allí, de ese mismo colegio.

Una vez, visitando el Pío Latinoamericano, compartió con los seminaristas una importante anécdota del tiempo de su exilio en la isla de Trinidad. Su padre y un sacerdote de la diócesis de Valencia (se refiere al padre Cubas), viajaron a Puerto España. Llevaban una encomienda: entregarle una carta para que la firmara. Allí se exponía que Montes de Oca se retractaba de la instrucción pastoral que había escrito. Su padre le indicó: “Salvador, yo como tú no lo acepto”. Y Monseñor sin abrir la carta respondió: “Yo no la firmo”. Hasta allí llegó el asunto. Era un hombre muy humilde, pero muy claro y muy recto. Un día se presentó con un señor mayor y nos sorprendió cuando dijo: “Les traigo a mi papá para que lo conozcan”. Un viejito muy simpático.

Fíjese usted: pese al sufrimiento que tuvo y las humillaciones que soportó nunca habló mal de nadie. Su problema fue político. Cuando la expulsión, la nunciatura se quedó en silencio hasta que los obispos comenzaron a moverse. De un carácter muy fácil y un alma transparente. Decía todo sin ninguna dificultad. Muy propio del caroreño. Era simpático, muy dado, como buen caroreño, pero a la vez muy recto y siempre firme en las cosas de los sacerdotes. De una gran moral, intachable. Siempre daba muy buenos consejos.

Profundamente eucarístico y gran adorador. Por eso ingresó a los sacramentinos y como tal daba retiros espirituales y acompañaba a grupos de religiosos. Por cierto, que recuerdo una anécdota muy buena que nos contó: En una oportunidad Monseñor Salvador fue a predicar a una comunidad de religiosas.  Las monjitas estaban encantadas con el padre Montes, pero ellas ignoraban quién era en realidad el predicador. Una hermanita superiora le pidió que le diera la bendición y por sus gestos al bendecirlas descubrieron su dignidad episcopal. Le dijeron: ¡lo sappiamo tutto”, es decir: ¡Lo sabemos todo! Lo habían descubierto como obispo.

Su trato era familiar y amistoso con los seminaristas. Era muy humilde, como obispo fue muy humilde, pues la sotana negra de obispo la arregló para que le sirviera de sacerdote. Esto es una importante muestra: adaptar la sotana que utilizó ostentando la dignidad de obispo para que le sirviera como parte de la congregación de sacramentinos. Esto fue una gran práctica de pobreza.

También era un gran intelectual, de muchos conocimientos. Un hombre estudiado. Nos habló de prepararnos para vivir siempre cosas desagradables como sacerdotes que íbamos a ser, pero nunca especificó por qué.

Permanecí en Roma hasta el 10 de agosto del año 1942 porque recrudeció la Segunda Guerra Mundial. De 140 seminaristas quedaron únicamente 11.

Con el paso de los años, analizando su vida, veo que Montes de Oca murió mártir de la Iglesia. Mártir es quien muere por la fe. A Montes de Oca lo matan por eso: por la fe y la caridad. Su carácter era indeleble, él es mártir de la fe como los mártires de los primeros tiempos de la Iglesia cristiana. Pudo devolverse a Venezuela y prefirió quedarse. Era un santo. Su fe también fue profunda. A Monseñor le costó muy poco la vida que llevó porque fue desprendido y todo lo que en vida sufrió y también el martirio lo asumió con una gran jovialidad, aspecto característico de él. Un hombre de fe, fuerte, fortalecido para las contrariedades. Incluso padecía de malestares y no lo demostraba. En él era enorme la virtud de la caridad. La vivió en grado heroico toda su vida. Extraordinario hombre de fe profundísima y de una serenidad de espíritu única. En todo momento confiaba ilimitadamente en Dios y lo transmitía.

Nunca olvido que en el seminario nos dio este consejo: no busquen puestos sino la salvación de las almas.

Podríamos seguir ahondando en la memoria, pues monseñor Alfonzo Vaz conserva un sinnúmero de recuerdos, pero lo dejamos para una nueva oportunidad.

Fuente: 

http://reportecatolicolaico.com/2018/02/mons-alfonzo-vaz-y-sus-recuerdos-de-mons-salvador-montes-de-oca/

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