Migrar: Huir para Vivir y Soñar

Desde siempre la humanidad ha estado en camino, en movimiento.  El ser humano siempre ha buscado y busca salir al encuentro de mejores días.

Hoy en día, millones de personas alrededor del mundo migran por múltiples razones, unos porque salen a estudiar, otros porque buscan mejores días para sus familias y para ellos, pero otros salen forzados por la violencia, el hambre, la pobreza; otros huyen de «una interminable y horrenda serie de guerras, conflictos, genocidios, ‘limpiezas étnicas’», que habían marcado el siglo XX.  En el nuevo siglo no se ha producido aún un cambio profundo de sentido: los conflictos armados y otras formas de violencia organizada siguen provocando el desplazamiento de la población dentro y fuera de las fronteras nacionales -señala el Papa Francisco-.  También huyen de la desesperación de un futuro imposible de construir, «es trágico el aumento de los migrantes huyendo de la miseria empeorada por la degradación ambiental» expresa el Papa Francisco en el Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz 2018.

La gran mayoría de migrantes salen en estado de desesperación y llegan en el mismo estado a una tierra en la que están solos, sin saber por dónde apuntar, en total incertidumbre y sometidos al vaivén de la sorpresa.  Francisco, ante esta realidad propone que “para ofrecer a los solicitantes de asilo, a los refugiados, a los inmigrantes y a las víctimas de la trata de seres humanos una posibilidad de encontrar la paz que buscan, se requiere una estrategia que conjugue cuatro acciones: acoger, proteger, promover e integrar”.

La Biblia cuenta que el mismo Abraham, el padre de la fe, fue un extranjero perpetuo, carente de tierra propia y establecido de por vida en una sociedad a la que no pertenecía (Gn 23,4). Su historia es la de alguien en apariencia desposeído de sus derechos, pero en la realidad portador de una bendición.

El pueblo de Israel descubrió, a su vez, que la tierra es un don de Dios, que no tiene domino exclusivo sobre ella sino que debe compartirla con otras gentes hacia las que son prescritas unas actitudes éticas concretas, que bien debemos retomar y aplicar en la actualidad:

“No vejarás al migrante” Ex 23,9

“No lo oprimirás” Lev 19,34

“No lo explotaréis” Dt 23,16

“No defraudarás el derecho del migrante” Dt 24,17

“Maldito quien defrauda de sus derechos al migrante” Dt 27,19

Los evangelios relatan como Jesús fue sometido a una situación de migración forzosa.  El Evangelio de Mateo presenta la infancia de Jesús bajo la experiencia dramática de una emigración forzosa (Mt 2,14-15) y el de Lucas narra su nacimiento fuera de la ciudad “porque no había sitio para ellos en la posada” (Lc 2,7).  Su vida estará marcada por el rechazo de los suyos que “no le recibieron” (Jn 1,12), pasó su vida pública como itinerante, recorriendo “pueblos y aldeas” (cfr. Lc 13,22; Mt 9,35), su muerte “fuera de los muros de la ciudad” (Heb 13,12).  Jesús estuvo siempre en camino, su vida es testimonio de amor hasta el fin e identificación solidaria con los excluidos y rechazados de este mundo. Los cristianos debemos seguir, pues, las huellas de Jesús, el viandante que “no tiene donde reclinar la cabeza” (Mt 8,20; Lc 9,58).

Jesús concentró su actividad pública alrededor de las ciudades del lago de Galilea y sobre todo en torno a Cafarnaúm. Pero Jesús se desplaza por el Norte y Oeste a Tiro y Sidón (Mt 15, 21; Mc 7, 24-31), por el Este a las ciudades confederadas, la Decápolis (Mt 4, 25), por el Sur de Palestina a Samaría (Mc 10, 32; 11, 1; Lc 9, 51-53) y más allá del Jordán a la zona de Perea (Mc 10, 1; Mt 19, 1; Jn 10, 40).

Así como Jesús, el Papa Francisco señala que “la mayoría emigra siguiendo un procedimiento regulado, mientras que otros se ven forzados a tomar otras vías, sobre todo a causa de la desesperación, cuando su patria no les ofrece seguridad y oportunidades, y toda vía legal parece imposible, bloqueada o demasiado lenta”, por lo que bien vale la pena recoger, entender y aplicar cada uno de los verbos:

El «Acoger» recuerda la exigencia de ampliar las posibilidades de entrada legal, no expulsar a los desplazados y a los inmigrantes a lugares donde les espera la persecución y la violencia, y equilibrar la preocupación por la seguridad nacional con la protección de los derechos humanos fundamentales. La Escritura nos recuerda: «No olviden la hospitalidad; por ella algunos, sin saberlo, hospedaron a ángeles» (Hb 13,2).

El «Proteger» nos recuerda el deber de reconocer y de garantizar la dignidad inviolable de los que huyen de un peligro real en busca de asilo y seguridad, evitando su explotación.  En particular, pienso en las mujeres y en los niños expuestos a situaciones de riesgo y de abusos que llegan a convertirles en esclavos.  Dios no hace discriminación: «El Señor guarda a los peregrinos, sustenta al huérfano y a la viuda» (Sal 146,9).

«Promover» tiene que ver con apoyar el desarrollo humano integral de los migrantes y refugiados.  Entre los muchos instrumentos que pueden ayudar a esta tarea, deseo subrayar la importancia que tiene el garantizar a los niños y a los jóvenes el acceso a todos los niveles de educación: de esta manera, no sólo podrán cultivar y sacar el máximo provecho de sus capacidades, sino que también estarán más preparados para salir al encuentro del otro, cultivando un espíritu de diálogo en vez de clausura y enfrentamiento.  La Biblia nos enseña que Dios «ama al emigrante, dándole pan y vestido»; por eso nos exhorta: «Amarás al emigrante, porque emigrantes fueron en Egipto» (Dt 10,18-19).

Y por último, «Integrar» significa trabajar para que los refugiados y los migrantes participen plenamente en la vida de la sociedad que les acoge, en una dinámica de enriquecimiento mutuo y de colaboración fecunda, promoviendo el desarrollo humano integral de las comunidades locales. Como escribe san Pablo: «Así pues, ya no son extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios» (Ef 2,19)”, completa el Papa Francisco.

Fuente: http://www.justiciaypaz.org.ec/2018/03/carta-no10-migrar-huir-para-vivir-y.html

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