“Mi hijo Jeiver murió por falta de insulina”

FOTOGRAFÍAS: RAYMOND FUENMAYOR

Se puede padecer diabetes crónica y morir a los 21 años de edad por no saberlo. Este es el caso de Jeiver Ollarve, quien se enteró de que tenía esa enfermedad cuando registró una subida de azúcar accidental y no encontró insulina para regularizarla. Su madre, Doralys Ollarve, relata la historia. Admite que aún le pregunta a Dios por qué le quitó a su hijo

Dalila Itriago

“Yo no lo acepto. A lo mejor todavía no estoy preparada. En la iglesia me dicen que no lo llore tanto, que ese era su destino. Pero, ¡eso no me llena! A veces pensé: “Cónchale, Diosito, si yo no soy mala con nadie, trabajo en la iglesia por ti, sigo todos tus mandamientos y hago todo, ¿por qué tú tienes que ser tan malo conmigo? ¿Por qué yo no puedo conseguirle la medicina a mi hijo? ¿Por qué me lo quitaste?” Pero ellos dicen que no me tengo que poner brava con Dios, que él sabe lo que hace, y que a lo mejor mi hijo iba a sufrir, porque él ya casi no veía, ni podía caminar bien por la diabetes. La enfermedad se lo estaba consumiendo poco a poco y él sufría callaíto. Solo”.

Esto no siempre fue así. Jeiver Ollarve nació el 6 de diciembre de 1995 en el Hospital de Río Chico, estado Miranda, con muy buena salud, llegando a pesar 4 kilogramos. Fue el hijo del medio, entre Darly Fuentes, que ahora tiene 25 años de edad y Héctor Luis Castro, su hermano menor de 18.

Doralys, una joven madre de 47 años, asegura que Jeiver nunca fue un niño enfermizo. Era pelotero, pertenecía a la escuela Halcones de Wilches, ubicada en Mamporal, y también trabajó como manager de softball de ese mismo grupo.

Desde que tuvo un mes de nacido fue criado por su abuela, porque Doralys tenía que trabajar para mantener a la familia, y así transcurrió su infancia y juventud. Sin mayores acontecimientos y ningún vestigio de enfermedad: “Yo empecé a trabajar en una empresa procesadora de pollos, desde las 7:00 de la mañana hasta las 12 de la noche, y entonces era mi mamá quien lo atendía. Él se fue acostumbrando a ella. Todo el tiempo vivieron juntos. Estudió su primaria y se graduó de bachiller a los 15 años, en el liceo almirante Luis Brión. Después, quiso estudiar en la brigada de los bomberos de Higuerote, pero era menor de edad, y el año pasado lo llamaron, pero ya él tenía la enfermedad. No pudo presentar”.

De joven, mientras estudiaba, se rebuscó con cualquier trabajo informal. De lo que fuese, siempre que fuera honesto. Dice Doralys que era “bien mandado” y con tal de que le pagaran bien, él lo hacía. Se incorporó en la pollera, pero allí se caía mucho, porque se mareaba. Recuerda su mamá que un día regresó a casa en una ambulancia, pues se había rajado la cabeza. También laboró en una fábrica de bloques, como promotor turístico en Aguasal y hasta limpiando casas y terrenos: “No le apenaba ningún trabajo”.

Pero la normalidad se resquebrajó al llegar la segunda década de vida. La rutina empezó a agotarlo físicamente. Las mañanas las dedicaba a estudiar y en las noches trabajaba como carretillero en la planta procesadora de pollos. Quería pertenecer a algún cuerpo de seguridad, pero ni en la Policía de Miranda ni en la Guardia Nacional lo aceptaron porque hizo el examen cuando era menor de edad. Después empezó a decirle a su abuela que se cansaba mucho, que le dolían las piernas y hubo un evento en su comunidad, con unos jóvenes mala conducta de la zona, que fue el detonante indirecto hacia su muerte.

“El año pasado hubo un problema con los malandros del sector La Troja, en el municipio Buroz de Mamporal. Salió una bandita que quería gobernar al pueblo y él no se les quedó callado. Entonces los malandros lo querían someter. Ellos tienen una guerra con otro sector que llaman La Madre Vieja y mi hijo tenía un amigo allá, que trataba como a un primo. Hasta que vino un amigo y me advirtió que sacara a mi hijo del barrio porque me lo iban a matar. Creyeron que él le informaba a la banda contraria sobre lo que pasaba en el barrio. Por eso fue que nosotros lo mandamos para San Cristóbal, para protegerlo”, relata.

FOTOGRAFÍAS: RAYMOND FUENMAYOR

La mudanza le afectó su salud e hizo aflorar la enfermedad, hasta entonces desconocida. Estaba acostumbrado a vivir en una zona cálida y al parecer la altura de las montañas le provocó hipoglicemia, según explica su mamá.

El médico le recomendó que se tomara dos refrescos, pero él no estaba al tanto de padecer diabetes. Siguió la prescripción, e inclusive se comió un caramelo, y esto lo agravó. El hermano de Doralys, que en ese momento había ido a visitarlo, lo llevó al Centro de Diagnóstico Integral más cercano y en ese CDI un médico cubano le dijo que era diabético: “Mi hermano me llamó para contarme que le habían hecho una serie de exámenes al niño, entre ellos el de la glicemia, y que había salido positivo. Me dijo que tenía que entregármelo porque si no se iba a morir allá. Entonces se lo trajo”.

En solo un mes por los Andes, Jeiver regresó con el azúcar en 700, lo que provocó que su mamá estuviera llevándolo toda la semana al hospital de Río Chico, a los bomberos del mismo sector y hasta un internista privado. En ninguno de estos sitios lograron controlarle el azúcar porque no tenían la insulina.

Según Doralys, solo el especialista fue claro respecto a la salud del joven. Les explicó que él tenía diabetes tipo 1 pero crónica, que su páncreas estaba dañado y que podía vivir todo el tiempo que deseara siempre y cuando se cuidara. Allí le puso un tratamiento de insulina llamado 70/30: “El doctor le dijo que había nacido con la diabetes pero que nunca le había avanzado y además nosotros tampoco nos habíamos dado cuenta; pero para tener todo el organismo como lo tenía era porque había nacido con ella”.

Para ese entonces todavía quedaba un poco de insulina en Río Chico y Jeiver mejoró un poco con el tratamiento que le compró su mamá. Hasta recuperó peso, según ella recuerda. Pero al tiempo los jóvenes mala conducta de la zona volvieron a meterse con él y lo amenazaron directamente de muerte, al apuntarlo con un arma mientras él intentaba comprar en la bodega.

“Me volví como loca. Bajé hasta donde estaban ellos y los insulté. No me importó que estuvieran armados. Les dije que si ellos sabían quién les había matado a su hermano o su primo fueran hasta el otro barrio y se enfrentaran con los responsables. Que lo hicieran si verdaderamente ellos eran guapos, pero que dejaran a mi hijo en paz. Ya no me interesaba que me dieran un tiro, pero tampoco las cosas podían ser así. O sea, mi hijo no podía vivir allí porque ellos se creían los dueños del caserío. No. Ese día los enfrenté porque tenía mucha rabia e impotencia, pero después llamé a mi hermano, que vive aquí en Petare, y le pedí que sacáramos a Jeiver de La Troja, pues ya estaban rodeando la casa de mi mamá”, cuenta Doralys.

Vivir lejos de sus afectos, lejos de su abuela, su madre, sus hermanos y sus amigos peloteros entristeció a Jeiver profundamente. Se cansaba con solo subir las escaleras del barrio y la insulina prescrita le alcanzó hasta diciembre del año 2016. Su mamá le consiguió una llamada Insulina N pero esta no le prestaba: “Nosotros caminamos toda Caracas, Guarenas, Guatire y Barlovento preguntando por todas las farmacias, los ambulatorios y los hospitales pero la insulina que le mandaron no se conseguía”.

Después probaron darle hierbas: “Me decían que le diera agua de esto o de aquello para bajarle el azúcar; que si le hiciera un té de concha de auyama o de la flor que llaman “mata ratón”, pero eso tampoco le hizo nada.

Jeiver nunca le contó a su mamá cómo se sentía en realidad. Cómo se iba apagando. A su pareja sí le dio detalles: “Sandra, ya no veo y voy al baño y no hago pupú normal. Hago como un moco”.

Ella no lo contó en el momento, solo ahora le revela a Doralys el deseo de Jeiver de regresar con su familia a La Troja y sanar: “Lo que más me duele es que en sus últimos días él no estuvo con nosotros. Murió solo. Sufriendo solo y callado. Hasta un día que me dijo que se iría con una tía a Cumaná porque le habían dicho que allí estaba la medicina”.

Esa fue la última vez que Doralys vio a su hijo. Él pasó a despedirse, pero tan desmejorado estaba, que ni siquiera se bajó del carro: “Cuando llegó a Cumaná me llamó pero me dijo que se sentía muy mal. Que esa tarde descansaría un poco y al día siguiente saldrían a buscarle la medicina”.

Al otro día su mamá lo llamó temprano. La cuñada le comentó que Jeiver ya no hablaba. Se había caído la noche anterior de la cama y se había golpeado. Ella misma había mandado a su marido a buscar la insulina, pero la realidad de la capital se intensificaba en el interior del país. No la consiguieron.

Después, como a las nueve de la mañana, Doralys volvió a llamar a la tía de Jeiver porque tenía un mal presentimiento. Aleida le reiteró que él no podía hablar.

“Eso fue lo peor. Yo le dije ¡ponle el teléfono, vale, yo quiero saber de él!” Ella lo hizo y él me dijo:

“Bendición, mami”. Eso fue lo último que le escuché. Como a las doce del día nos llamaron para decirnos que había muerto. Eso fue el 24 de marzo de 2017. Se le subió demasiado el azúcar, como a 900, y en el hospital no había nada con qué bajársela. Le dio un paro, un coma diabético y un infarto”, recuerda Doralys.

FOTOGRAFÍAS: ARCHIVO

A ratos piensa que su hijo pudo haberse salvado si ella le hubiera comprado más insulina. Solo adquirió medicinas para cinco meses, desde que le diagnosticaron la enfermedad, en agosto, hasta diciembre. Pero ya cualquier cálculo es inútil. Doralys vive apesadumbrada y admite que hace un gran esfuerzo para sobreponerse a la tristeza y a la pérdida. Piensa que las autoridades deben invertir en el área de salud urgentemente y dedicarse a abastecer los ambulatorios y hospitales, en vez de perder el tiempo en discusiones políticas.

“El Hospital de Río Chico era el único que estaba funcionando por aquella zona y antier lo cerraron. ¿Por qué lo cerraron? Porque los médicos, las enfermeras y todo el personal no tienen ni guantes para atender un parto. Ellos mismos decidieron cerrarlo porque no hay ni siquiera una jeringa”, asegura.

La falta de medicinas e insumos médicos no solo provocó la muerte de su hijo Jeiver. Una de sus primas, Clara Muñoz, de 47 años de edad, murió en el 2016 de un paro respiratorio producto de una asfixia no atendida.

“Eso pasó hace un año. Sus hijas cuentan que a ella le dio una asfixia. La llevaron a Mamporal y a Tacarigua y no consiguieron oxígeno. No había ni nebulizador para descongestionarla. Así que se murió ahí. Muerta, muerta, pues el médico que estaba de guardia no supo qué hacerle”, relata Doralys al revelar que ella tampoco sabe muy bien qué hará con su vida: “¡Será seguir!”.

Fuente: http://elestimulo.com/blog/mi-hijo-jeiver-murio-por-falta-de-insulina/

 

 

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